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Había una vez, en la cima de una montaña cubierta de flores de colores brillantes y árboles retorcidos por el viento, un dragón pequeño llamado Draco. Draco no era como los demás dragones. No era malvado, ni codicioso, ni le gustaba aterrorizar a los caballeros. De hecho, Draco era bastante amigable, aunque tenía un problemita… un problemita de fuego.
Cuando Draco se enojaba, y a veces se enojaba bastante, ¡BUM! Fuego por la nariz. No un fueguito pequeño y controlado, no señor. Un fuego enorme, rugiente, que quemaba las flores, chamuscaba los árboles y asustaba a todos los animalitos del bosque. Los conejos corrían a esconderse en sus madrigueras, los pajaritos volaban despavoridos y hasta el oso gruñón, Boris, se escondía detrás de las rocas.
Un día soleado, mientras Draco estaba sentado en una roca, frunciendo el ceño porque un travieso escarabajo le había mordido la cola, sintió una suave cosquilla en la nariz. Era una mariposa, una mariposa de alas color arcoíris llamada Lila.
"Hola, Draco," saludó Lila, agitando sus alas suavemente. "Te veo un poco enfadado."
"¡Claro que estoy enfadado!" gruñó Draco. "Ese escarabajo me mordió la cola. ¡Voy a quemar el bosque entero!"
Lila aterrizó en la nariz de Draco, equilibrándose con gracia. "Dragón, no necesitas quemar todo," dijo con una voz dulce como el néctar de las flores. "Prueba a soplar despacio… como si apagaras una vela. ¿Alguna vez has apagado una vela?"
Draco parpadeó, confundido. Nunca había apagado una vela. Siempre las encendía, ¡accidentalmente, claro!
"No… no lo he hecho," admitió Draco, un poco avergonzado.
"Inténtalo," insistió Lila. "Imagina que tienes una pequeña vela encendida frente a ti. Sopla suavemente, con cuidado, hasta que la llama se apague."
Draco cerró los ojos e imaginó una pequeña vela parpadeante. Respiró hondo y sopló… un soplo suave, delicado, casi imperceptible. Nada pasó. Luego sopló un poco más fuerte, pero aún con cuidado. Nada.
"Soplo despacio… soplo otra vez…" murmuró Draco, concentrándose. Finalmente, en su tercer intento, sintió algo diferente. No era el calor furioso del fuego, sino una brisa suave y fresca saliendo de su nariz.
Abrí los ojos y vio que Lila todavía estaba en su nariz, ilesa. Sonrió. Draco, por primera vez, sopló sin causar un incendio.
"¡Lo hice!" exclamó Draco, sorprendido. "Pero… ¿qué tiene que ver esto con mi enojo?"
"Cuando te enojas," explicó Lila, "la rabia es como un fuego dentro de ti. Si lo alimentas con más rabia, se hará más grande y más destructivo. Pero si soplas despacio, como si apagaras una vela, estás calmando ese fuego. Estás eligiendo no dejar que te controle."
Draco pensó en lo que Lila había dicho. Tenía sentido. Cada vez que se enojaba, solo alimentaba su furia con más furia, lo que resultaba en explosiones de fuego descontroladas.
"Voy a intentarlo," dijo Draco, decidido.
Al día siguiente, mientras Draco jugaba con una ardilla, ésta, sin querer, le arañó la nariz. Draco sintió que la rabia comenzaba a hervir dentro de él. Cerró los ojos, respiró hondo y recordó las palabras de Lila: *Sopla despacio… como si apagaras una vela.*
Sopló suavemente, imaginando que apagaba una pequeña vela roja que ardía en su pecho. Sopló otra vez, y otra, hasta que sintió que la rabia comenzaba a disminuir. Abrió los ojos. En lugar de un torrente de fuego, solo salió un pequeño suspiro de aire cálido.
La ardilla lo miró con sorpresa. "¿Estás bien, Draco?" preguntó, con la voz temblorosa.
"Estoy bien," respondió Draco, sonriendo. "Solo estaba… practicando."
Desde entonces, cada vez que Draco sentía que el enojo comenzaba a crecer, soplaba suavemente. A veces, necesitaba soplar muchas veces, pero siempre funcionaba. Descubrió que su enojo se hacía más pequeño, tan pequeño como una chispa que se apaga. Y ya no asustaba a nadie. En lugar de fuego, a veces soplaba pequeñas burbujas brillantes que flotaban en el aire, o hacía que las hojas de los árboles bailaran con una suave brisa.
Draco se convirtió en el dragón más amable y gentil de toda la montaña. Los animales del bosque ya no le temían. Jugaban con él, le contaban sus secretos y se acurrucaban a su lado para calentarse en las noches frías. Y en su corazón, en lugar de un fuego furioso, solo encendía una lucecita de calma y alegría.
Moraleja: Cuando te enojas, respira o sopla suave. El enojo se hace pequeño. Y recuerda, incluso un dragón puede aprender a controlar su fuego interior.
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