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Gratis · elegí una vozHabía una vez un niño llamado Mateo. Mateo amaba el fútbol más que a cualquier otra cosa en el mundo. Desde que aprendió a caminar, lo único que quería hacer era patear una pelota. No le interesaban los videojuegos, ni los rompecabezas, ni siquiera los helados de chocolate (bueno, quizás un poquito de helado). Para Mateo, la vida era fútbol, fútbol y más fútbol.
Un día, mientras jugaba un partido crucial en el parque, un rayo de luz extraña cayó del cielo. Mateo sintió un cosquilleo en todo el cuerpo, una sensación extraña que nunca antes había experimentado. De repente, todo se volvió borroso. Cuando recuperó la visión, se vio a sí mismo… ¡bueno, no a sí mismo exactamente! Se había transformado en un balón de fútbol. ¡Pero no un balón cualquiera! Este balón tenía una cara amigable dibujada con marcador permanente, dos pequeñas piernas articuladas y dos brazos articulados, también hechos con marcador y parches de cuero.
"¡¿Qué… qué me ha pasado?!", exclamó Balón-ín, como decidió llamarse a sí mismo. Intentó correr, pero solo podía rodar. Intentó hablar, y su voz sonaba extrañamente hueca, como si viniera del interior de una cueva. "¡Soy un balón! ¡Un balón con cara y extremidades!"
Al principio, Balón-ín estaba encantado. ¡Ahora era el mejor balón de fútbol del mundo! Podía rodar con una precisión asombrosa, dar pases perfectos y hasta marcar goles espectaculares con sus pequeñas piernas. Los otros niños del parque estaban asombrados. Lo pateaban, lo lanzaban al aire, lo abrazaban con entusiasmo. Balón-ín se sentía feliz y útil.
Pero con el tiempo, la novedad empezó a desaparecer. Balón-ín se dio cuenta de que solo sabía hacer una cosa: jugar al fútbol. No podía leer un libro, no podía dibujar un bonito paisaje, no podía comer su helado de chocolate favorito. Observaba a los otros niños reír, jugar a las damas, construir castillos de arena, y sentía una profunda tristeza. Él solo podía rodar y ser pateado.
Un día, una niña llamada Sofía se sentó junto a él en el césped. Sofía era una niña muy amable y observadora. Vio la tristeza en los ojos dibujados de Balón-ín. "¿Qué te pasa, Balón-ín?", le preguntó. "Pareces muy triste."
Balón-ín le contó su historia. Le explicó cómo era Mateo, el niño que amaba el fútbol, y cómo se había transformado en un balón y que ahora solo podía jugar futbol. Sofía escuchó atentamente, con los ojos llenos de comprensión.
Cuando Balón-ín terminó su relato, Sofía sonrió. "Balón-ín", dijo, "quizás solo sepas jugar al fútbol, pero lo haces increíblemente bien. ¡Eres el mejor balón que he conocido! Pero eso no significa que no puedas aprender otras cosas. Podemos jugar al fútbol juntos, ¡y luego te puedo enseñar a dibujar! O a leer cuentos. O a construir castillos de arena. ¡Hay muchas cosas divertidas que podemos hacer!"
Balón-ín se sintió esperanzado. Sofía tenía razón. Aunque era un balón, no tenía por qué limitarse solo al fútbol. Con la ayuda de Sofía, empezó a explorar otras actividades. Aprendió a dibujar flores con crayones (aunque al principio le costaba sujetar el crayón con sus pequeños brazos de parche), escuchó cuentos fascinantes que Sofía le leía en voz alta, y hasta intentó construir un castillo de arena (que, por supuesto, terminó siendo una extraña forma de balón de arena).
Con el tiempo, Balón-ín se dio cuenta de que ser un balón no era tan malo después de todo. Seguía amando el fútbol, pero también había descubierto un mundo lleno de otras posibilidades. Aprendió que ser bueno en algo no significa que sea lo único que puedes hacer. Descubrió que la amistad y la curiosidad son tan importantes como el talento.
Y así, Balón-ín, el balón de fútbol con cara y articulaciones, vivió felizmente en el parque, jugando al fútbol con sus amigos, aprendiendo cosas nuevas cada día y demostrando que incluso un balón de fútbol puede tener una vida llena de aventuras y sorpresas.
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