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Gratis · elegí una vozEn un departamento de Montevideo, en el corazón del centro, vivía Gabriela. No era un departamento cualquiera; tenía balcones llenos de flores y una vista increíble al Palacio Salvo. Pero Gabriela tenía un secreto: ¡tenía mucho, mucho miedo! No le temía a los monstruos debajo de la cama, ni a las tormentas. A Gabriela le aterraban… ¡los ruidos! El ascensor que subía y bajaba, el camión de la basura que pasaba temprano por la mañana, incluso el tic-tac del reloj de la abuela Elena, que ahora adornaba su mesita de noche.
Cada ruido la hacía saltar. Se tapaba los oídos con las manos y cerraba los ojos con fuerza, esperando que el sonido desapareciera. Su mamá, Ana, siempre le decía: “Gabriela, los ruidos son parte de la vida. No hay nada que temer”. Pero para Gabriela, cada sonido era una amenaza misteriosa.
Un día, Gabriela notó algo extraño. ¡No había ruidos! El ascensor estaba silencioso, los autos no bocinaban, ni siquiera escuchaba el canto de los pajaritos en el balcón. El silencio era absoluto, y aunque normalmente eso sería un alivio, ahora Gabriela se sentía… rara. Un silencio tan grande era aún más aterrador que los ruidos que solía odiar.
“Mamá, ¿qué pasa? ¡No hay ningún ruido!”, exclamó Gabriela, con los ojos muy abiertos.
Ana, que estaba preparando la merienda, frunció el ceño. “¿Qué dices, Gabriela? Yo escucho el agua hirviendo”.
Gabriela se acercó a la cocina. ¡Era verdad! El agua hervía, pero el sonido era… apagado, como si estuviera envuelto en una manta.
Decidida a resolver el misterio, Gabriela se puso su chaleco de exploradora (un chaleco viejo de su papá con muchos bolsillos) y tomó su lupa de juguete. “¡Voy a investigar!”, anunció.
Primero, revisó el ascensor. Estaba parado en el primer piso, con la puerta abierta. Gabriela se acercó con cuidado. “Hola, ¿hay alguien ahí?”, preguntó tímidamente. Nadie respondió. Pero notó algo brillante en el suelo. Era una pequeña pluma, de un color azul vibrante.
“¡Una pista!”, exclamó Gabriela. Guardó la pluma en uno de sus bolsillos.
Luego, fue al balcón. Las flores estaban quietas, como si estuvieran esperando algo. No había ni una abeja zumbando. Gabriela examinó las macetas con su lupa. Encontró… ¡otra pluma! Esta era amarilla, como el sol.
“¡Otra pista!”, pensó Gabriela. Ahora tenía dos plumas.
Finalmente, se dirigió al reloj de la abuela Elena. ¡Estaba parado! Las manecillas no se movían, y el tic-tac que tanto le molestaba había desaparecido. Gabriela miró el reloj con atención. Vio algo pequeño, casi invisible, atrapado entre las manecillas: ¡una tercera pluma, esta vez roja!
Con las tres plumas en su poder, Gabriela corrió hacia su mamá. “¡Mamá, creo que sé por qué no hay ruidos!”, exclamó. Le mostró las plumas.
Ana las miró con curiosidad. “¿Y qué significan estas plumas, Gabriela?”.
Gabriela respiró hondo. “Creo que un… ¡un Silenciador de Ruidos! ha estado aquí. Es un pajarito mágico que se lleva los ruidos con sus plumas. Cada pluma silencia algo diferente”.
Ana sonrió. “Esa es una teoría muy interesante, Gabriela. ¿Y cómo vamos a atrapar a este Silenciador de Ruidos?”.
Gabriela pensó un momento. “Tenemos que devolverle las plumas a los lugares de donde las sacó. Así, los ruidos volverán”.
Juntas, Gabriela y Ana devolvieron las plumas. Gabriela puso la pluma azul en el ascensor, la pluma amarilla en el balcón y la pluma roja en el reloj.
¡Y de repente! El ascensor comenzó a subir y bajar con su característico zumbido. Los pajaritos volvieron a cantar en el balcón. Y el reloj de la abuela Elena comenzó a hacer tic-tac, tic-tac, tic-tac.
Gabriela sintió… ¡alivio! Los ruidos habían regresado, y ya no le daban miedo. Se dio cuenta de que los ruidos eran parte de la vida, y que incluso podían ser… ¡reconfortantes! El ruido del ascensor significaba que alguien estaba llegando a casa. El canto de los pajaritos anunciaba un nuevo día. Y el tic-tac del reloj le recordaba a su abuela Elena, que siempre la quería mucho.
Desde ese día, Gabriela ya no le tuvo miedo a los ruidos. Incluso aprendió a apreciarlos. Y cada vez que escuchaba un ruido fuerte, en lugar de taparse los oídos, cerraba los ojos y se imaginaba al Silenciador de Ruidos, un pequeño pajarito mágico que, en realidad, solo quería ayudarla a escuchar el mundo de una manera diferente. Y a veces, cuando el viento soplaba fuerte, juraba escuchar un suave… ¡piu, piu! del Silenciador de Ruidos, saludándola desde el cielo de Montevideo.
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