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Había una vez, en una casita de madera con olor a canela y leña, una abuela llamada Doña Clara. Era famosa en todo el valle por sus dulces, pero aquel día decidió preparar algo especial: un hombrecito de jengibre. Con mucho cuidado, le puso ojos de grosella, una sonrisa de glaseado blanco y tres botones de chocolate sobre su pecho dorado. Sin embargo, algo mágico ocurrió. Cuando el calor del horno comenzó a dorar sus bordes, el hombrecito, a quien llamaremos Gengibrín, sintió un cosquilleo en los pies. No era solo el calor; era la chispa de la vida. En cuanto Doña Clara abrió la puerta del horno para sacarlo, Gengibrín dio un salto acrobático. Al ver que la abuela sostenía un vaso de leche y una servilleta, el pequeño entendió su destino: ¡iba a ser la merienda! Sin dudarlo, corrió por la encimera, esquivó un azucarero y saltó por la ventana abierta hacia el jardín.
—¡Detente, pequeño amigo! —gritó Doña Clara, pero Gengibrín ya estaba rodando por el césped—. ¡Corre, corre, tanto como puedas! ¡No me alcanzarás, soy de jengibre y me sobran fuerzas! —canturreaba el hombrecito mientras sus piernas de galleta se movían a toda velocidad. En su huida, se adentró en el bosque. El primer animal que encontró fue un conejo de orejas largas. El conejo, al ver una galleta tan veloz, pensó que sería un postre excelente tras su ración de zanahorias. —¡Espera! —dijo el conejo—. Te ayudaré a esconderte en mi madriguera. Pero Gengibrín vio el brillo de hambre en sus ojos y siguió corriendo. Más adelante, una ardilla saltarina intentó convencerlo de subir a un pino, pero Gengibrín presentía que solo quería roer sus botones de chocolate. La aventura se volvía peligrosa conforme el sol bajaba.
De pronto, el camino se detuvo ante un río caudaloso. Gengibrín estaba asustado; si se mojaba, su cuerpo de galleta se desharía como azúcar en el té. Fue entonces cuando una sombra alargada emergió del agua. Era un cocodrilo de escamas verdes y ojos amarillos. —Pequeña galleta, pareces cansada —dijo el cocodrilo con una voz que pretendía ser dulce, aunque mostraba una hilera de dientes afilados—. Súbete a mi nariz y te cruzaré al otro lado para que escapes de quienes te persiguen. Gengibrín, desesperado, estuvo a punto de aceptar. Ya tenía un pie sobre el agua cuando escuchó un grito estridente: «¡Kee-ow! ¡Kee-ow!». Un destello de colores azules y verdes bajó del cielo. Era un pavo real majestuoso, con una cola tan larga y brillante que parecía hecha de joyas.
—¡No lo hagas, Gengibrín! —exclamó el pavo real, interponiéndose entre la galleta y las fauces del reptil—. Ese cocodrilo solo busca un bocado crujiente. Sube a mi lomo, yo te llevaré a salvo. El cocodrilo cerró la boca con un chasquido mudo de molestia y se sumergió de nuevo en el lodo. Gengibrín, temblando, trepó por las plumas suaves y firmes del pavo real. Por primera vez, no sintió miedo. El ave no lo miraba como comida, sino con curiosidad y respeto. Cruzaron el río volando bajo, y una vez en la otra orilla, se adentraron en un jardín secreto lleno de flores exóticas donde no había abuelas hambrientas ni depredadores al acecho.
—¿Por qué me has salvado? —preguntó Gengibrín mientras se sentaba bajo una camelia—. Soy solo una galleta. El pavo real desplegó su cola en un abanico deslumbrante. —Yo también soy diferente —respondió el ave—. Muchos me persiguen por mis plumas, como a ti por tu sabor. Prefiero tener un amigo con quien hablar que una merienda que se acaba en un segundo. Desde ese día, Gengibrín y el pavo real se volvieron inseparables. El pavo real lo llevaba a todas partes, protegiéndolo de la lluvia bajo sus alas, y Gengibrín le contaba historias de la cocina y de estrellas de azúcar. El hombrecito de jengibre ya no tenía que correr más, pues había encontrado un hogar en el corazón de un amigo de verdad, demostrando que incluso una galleta y un ave real pueden escribir su propio destino lejos del horno.
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