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Gratis · elegí una vozEra una tarde de esas en las que el cielo parecía hecho de tinta, justo el tipo de día que le encantaba a Satoru Gojo. “¡Suguru, mira! ¡Qué día tan perfecto para una aventura espeluznante!” exclamó Satoru, con su pelo blanco alborotado bailando con el viento. Suguru Geto, alto y corpulento, con su moño negro impecable, suspiró con cariño. “Satoru, no me digas que estás pensando en…”.
Antes de que Suguru pudiera terminar la frase, Satoru ya corría hacia un viejo edificio que parecía a punto de desmoronarse. “¡Vamos, Suguru! ¡No seas gallina! ¡El gran Satoru Gojo no le tiene miedo a nada, y tú tampoco deberías!” Satoru, con su egocentrismo habitual, se pavoneaba como un pavo real.
Suguru, siempre el más sensato de los dos, lo siguió de cerca. A pesar de la bravuconería de Satoru, él sabía que, en el fondo, Satoru se sentía más seguro con él cerca. Y Suguru… bueno, Suguru haría cualquier cosa por Satoru. Le compraba sus dulces favoritos, lo escuchaba cuando Satoru se jactaba de sus habilidades, e incluso lo protegía de sí mismo. Parecían una pareja de casados, con Satoru siendo el niño consentido y Suguru el padre paciente.
Entraron al edificio con un crujido. El aire olía a polvo y a algo… rancio. “¡Uf! ¡Qué asco!” dijo Satoru, arrugando la nariz. “¡Pero no importa! ¡Seguro que hay fantasmas geniales aquí!”
Caminaron por un pasillo oscuro, lleno de telarañas. “Satoru, ten cuidado,” advirtió Suguru. “No sabemos qué hay aquí.”
“¡Bah! ¿Qué podría haber?” respondió Satoru, con una sonrisa temeraria. De repente, una puerta se cerró de golpe detrás de ellos. ¡PLAF! Saltaron del susto.
“¡Satoru!” regañó Suguru. “¡Te dije que tuvieras cuidado!”
“¡Lo siento, lo siento!” dijo Satoru, aunque no parecía muy arrepentido. Intentaron abrir la puerta por la que habían entrado, pero estaba cerrada con llave. “¡Rayos! Parece que estamos atrapados,” dijo Satoru. “¡Pero no importa! ¡Será una aventura aún más emocionante!”
Comenzaron a subir las escaleras, piso por piso. Cada piso era más espeluznante que el anterior. En el primer piso, escucharon susurros extraños. En el segundo piso, vieron sombras que se movían. En el tercer piso, ¡una armadura antigua intentó atacar a Satoru! Suguru, con sus habilidades de artes marciales, la derribó de un solo golpe.
“¡Gracias, Suguru!” dijo Satoru, con los ojos muy abiertos. “¡Eso fue increíble!”
“De nada, Satoru,” respondió Suguru, con una sonrisa amable. Sacó una bolsa de gomitas de su bolsillo. “¿Quieres una? Te las compré esta mañana.”
Satoru sonrió de oreja a oreja. “¡Sí! ¡Eres el mejor, Suguru!” Satoru amaba los dulces que Suguru le compraba, era como una muestra de su cariño. Después de comer algunas gomitas, continuaron su camino.
En el cuarto piso, encontraron un piano viejo y polvoriento. De repente, comenzó a tocar solo. ¡Doooon, doooon, doooon! Una melodía triste y fantasmal llenó el aire. Satoru se tapó los oídos.
“¡Esto es demasiado! ¡Haz que pare, Suguru!” gritó Satoru.
Suguru se acercó al piano y colocó su mano sobre las teclas. El piano se detuvo al instante. “Tranquilo, Satoru,” dijo Suguru. “Ya está.”
Finalmente, llegaron al último piso. Allí, encontraron una habitación llena de espejos. Cada espejo mostraba una imagen diferente de ellos mismos. Algunos los mostraban felices, otros tristes, otros incluso aterradores.
Satoru se miró en un espejo que lo mostraba como un anciano solitario. Se estremeció. “No me gusta esto,” dijo Satoru. “Quiero irme a casa.”
Suguru puso su brazo alrededor de Satoru. “Ya casi llegamos, Satoru,” dijo Suguru. “Sólo tenemos que encontrar la salida.”
De repente, Satoru vio algo en uno de los espejos. Un pequeño destello de luz. “¡Suguru, mira!” gritó Satoru, señalando el espejo. “¡Creo que es la puerta!”
Se acercaron al espejo y lo tocaron. ¡PUF! El espejo se desvaneció, revelando la puerta por la que habían entrado. Corrieron hacia la puerta y salieron del edificio embrujado.
Una vez afuera, Satoru abrazó a Suguru con fuerza. “¡Gracias, Suguru! ¡No podría haberlo hecho sin ti!” dijo Satoru.
Suguru sonrió y le revolvió el pelo blanco. “Lo sé, Satoru,” dijo Suguru. “Lo sé.”
Mientras caminaban de regreso a casa, Satoru tomó la mano de Suguru. “Suguru,” dijo Satoru. “¿Prometes que siempre me protegerás de los fantasmas?”
Suguru apretó la mano de Satoru. “Siempre, Satoru,” dijo Suguru. “Siempre.” Y mientras el sol comenzaba a salir, Satoru y Suguru, como una pareja de casados, caminaron juntos hacia el futuro, listos para enfrentar cualquier aventura, espeluznante o no, siempre y cuando estuvieran juntos.
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