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Gus era un gusanito muy pequeño, verde brillante como una hoja nueva. Le encantaba jugar en el jardín con su mamá, trepando por los tallos de las flores y escondiéndose bajo las grandes hojas de lechuga. Pero hoy era un día especial: ¡era el primer día de Gus en el jardín de infantes para gusanitos!
Su mamá, Doña Gusanita, lo tomó de la mano (bueno, de la patita más cercana a su mano imaginaria) y caminaron juntos hasta la Escuela de las Orugas. El edificio era una enorme seta roja con ventanas redondas que parecían ojos sonrientes. Al acercarse, Gus sintió un nudo en su pequeña barriga de gusanito.
"¿Estás listo, mi amor?" preguntó Doña Gusanita, con una voz suave como el susurro del viento.
Gus negó con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas. "No quiero ir, mamá. Quiero quedarme contigo en el jardín."
Doña Gusanita se agachó y abrazó a Gus con mucho cariño. "Lo sé, mi pequeño. Es normal sentirse un poco asustado. Pero el jardín de infantes es un lugar maravilloso. ¡Harás muchos amigos y aprenderás cosas increíbles! Además, yo estaré aquí para recogerte cuando termine el día."
Pero las palabras de su mamá no parecieron consolarlo. Cuando llegaron a la puerta de la seta roja, Gus se aferró a la falda de Doña Gusanita como si fuera una enredadera. La maestra Oruga, una oruga anciana con gafas y una sonrisa amable, se acercó a ellos.
"¡Bienvenido, Gus!" dijo la Maestra Oruga. "Estamos muy contentos de tenerte con nosotros. ¿Por qué no pasas y conoces a tus nuevos amigos?"
Gus se escondió detrás de su mamá y negó con la cabeza. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Doña Gusanita se arrodilló y le secó las lágrimas con una hoja de trébol.
"Gus," dijo ella, "prometo que estaré aquí para recogerte. Intenta jugar un poquito. Si no te gusta, puedes decírselo a la Maestra Oruga y yo vendré de inmediato, ¿de acuerdo?"
Gus asintió con la cabeza, todavía un poco asustado. Doña Gusanita le dio un beso en la cabeza y lo acompañó hasta la Maestra Oruga. La maestra lo tomó de la mano y lo llevó al interior de la seta roja.
Al principio, Gus se sintió muy solo. Se sentó en una pequeña silla de madera y observó a los otros gusanitos y oruguitas jugar. Algunos pintaban con jugo de bayas, otros construían torres con bloques de hojas, y otros más cantaban canciones sobre el sol y las flores.
Una pequeña orugita con antenas moradas y una sonrisa brillante se acercó a Gus. "Hola," dijo ella. "Me llamo Lila. ¿Quieres jugar con nosotros a construir una casa de hojas?"
Gus la miró con timidez. "No sé..." murmuró.
"¡Es muy fácil!" dijo Lila. "Solo tienes que apilar las hojas y pegarlas con barro. ¡Mira!"
Lila tomó una hoja grande y la colocó sobre otra, presionando un poco de barro entre ellas. Luego, le dio una hoja a Gus. Gus la tomó y la colocó sobre las hojas de Lila. Juntos, comenzaron a construir una pequeña casa de hojas.
Pronto, otros gusanitos y oruguitas se unieron a ellos. Trabajaron juntos, riendo y compartiendo hojas y barro. Gus se olvidó de que estaba triste y asustado. Estaba demasiado ocupado divirtiéndose.
Construyeron una casa de hojas enorme, con ventanas de pétalos de flores y una puerta de ramita. Dentro de la casa, pusieron cojines de musgo y una mesa de bellota. ¡Era la casa de hojas más hermosa que jamás habían visto!
Después de construir la casa de hojas, jugaron a las escondidas entre las flores y cantaron canciones con la Maestra Oruga. Gus se rió y corrió con sus nuevos amigos. ¡Nunca se había divertido tanto!
Cuando el sol comenzó a ponerse, Doña Gusanita llegó a la Escuela de las Orugas para recoger a Gus. Lo encontró jugando felizmente con Lila y los demás.
"¡Mamá! ¡Mira!" gritó Gus, corriendo hacia ella. "¡Hicimos una casa de hojas enorme! ¡Y jugamos a las escondidas y cantamos canciones! ¡Me divertí mucho!"
Doña Gusanita sonrió. "Me alegro mucho, mi amor. ¿Ves? Te dije que el jardín de infantes sería divertido."
Gus abrazó a su mamá y se despidió de sus nuevos amigos. Prometió que volvería al día siguiente para jugar con ellos otra vez.
Mientras caminaban de regreso a casa, Gus le contó a su mamá todo sobre su día en el jardín de infantes. Le contó sobre la casa de hojas, sobre Lila, sobre la Maestra Oruga y sobre las canciones que cantaron. Estaba tan emocionado que casi no podía quedarse quieto.
Esa noche, Gus durmió profundamente, soñando con casas de hojas, antenas moradas y canciones sobre el sol. Sabía que el jardín de infantes no era tan aterrador como pensaba. De hecho, ¡era un lugar maravilloso lleno de amigos y diversión! Y Gus, el gusanito valiente, estaba ansioso por volver al día siguiente.
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