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Gratis · elegí una vozEn el lejano y hermoso distrito de Coracora, en Ayacucho, se encontraba el Colegio Santa Rosa de Lima. Dentro, en el Aula Amarilla, jugaban y aprendían unos niños muy especiales. Estaban Mateo, Sofía, Ana, y Daniel, todos con tres años llenos de energía y curiosidad. Un día, la maestra Rosita les contó una historia maravillosa sobre un héroe llamado Hierro Valiente.
"Niños," comenzó la maestra Rosita, "Hierro Valiente no es como los héroes que ven en los cuentos. Él no vuela ni tiene superpoderes mágicos. Hierro Valiente vive dentro de nosotros, en nuestra sangre, y nos ayuda a ser fuertes y a pensar muy bien."
Mateo, con sus ojos grandes y brillantes, preguntó: "¿Hierro Valiente vive en mí? ¿Cómo lo veo?"
La maestra Rosita sonrió. "No lo puedes ver con tus ojos, Mateo, pero lo puedes sentir. Hierro Valiente es como un motorcito que le da fuerza a tu cerebro para aprender cosas nuevas y a tu cuerpo para correr y jugar. Si Hierro Valiente está contento, ¡tú estás contento y listo para todo!"
Sofía, que siempre estaba atenta, levantó su manito. "¿Y cómo hacemos para que Hierro Valiente esté contento?"
"¡Esa es una excelente pregunta, Sofía!" respondió la maestra Rosita. "Hierro Valiente se pone muy feliz cuando comemos ciertos alimentos. Alimentos que lo ayudan a crecer y a darnos toda su energía."
Ana, que era un poco tímida, susurró: "¿Qué alimentos, maestra?"
La maestra Rosita, con entusiasmo, dijo: "Uno de los alimentos favoritos de Hierro Valiente es el hígado. ¿Han comido hígado alguna vez? Es como una carnecita especial que le da mucha fuerza a nuestro cerebro. Imaginen que el hígado es como una batería para nuestro cerebro, ¡lo mantiene encendido todo el día!"
Daniel, que a veces era un poco distraído, se enderezó en su sillita. "¿Hígado? ¡Mi mamá a veces me da eso! No me gusta mucho…"
La maestra Rosita se acercó a Daniel y le dijo suavemente: "Lo sé, Daniel, a veces no es el sabor más rico del mundo, pero Hierro Valiente te lo agradecerá muchísimo. Puedes pedirle a tu mamá que lo prepare de una manera que te guste, quizás con un poquito de limón o en trocitos pequeños."
Luego, la maestra Rosita continuó: "Otro alimento que Hierro Valiente ama con todo su corazón son las espinacas. ¿Las conocen? Son unas hojitas verdes muy, muy nutritivas. ¡Son como un escudo para nuestro cuerpo, nos protegen de enfermarnos!"
Mateo hizo una mueca. "¡Espinacas! No me gustan…"
La maestra Rosita rió. "¡A muchos niños no les gustan al principio! Pero si las pruebas una y otra vez, quizás te empiecen a gustar. Además, puedes comerlas de muchas maneras: en una tortilla, en una sopa, o incluso escondidas en una rica lasaña."
Sofía, siempre práctica, sugirió: "Mi mamá hace espinacas con queso, ¡y quedan deliciosas!"
"¡Excelente idea, Sofía!" exclamó la maestra Rosita. "Lo importante es darle a Hierro Valiente lo que necesita para ser fuerte. También las menestras, como los frijoles y las lentejas, son muy buenas para él. ¡Son como pequeños ladrillos que construyen un cuerpo fuerte y una mente ágil!"
La maestra Rosita les explicó que frutas como la granadilla y verduras como la beterraga también ayudaban a Hierro Valiente. Les mostró imágenes de cada alimento y les explicó cómo cada uno contribuía a su salud y aprendizaje.
Después de la historia, los niños del Aula Amarilla estaban muy emocionados. Decidieron que cada día intentarían comer al menos un alimento que hiciera feliz a Hierro Valiente. Mateo prometió probar las espinacas, Sofía se ofreció a compartir sus espinacas con queso, Ana se animó a comer un poquito más de hígado, y Daniel prometió no hacer más caras cuando le dieran lentejas.
Al día siguiente, en el recreo, Mateo corrió más rápido que nunca. "¡Siento a Hierro Valiente muy fuerte hoy!" gritó, riendo.
Sofía resolvió un rompecabezas difícil con mucha facilidad. "¡Creo que Hierro Valiente me está ayudando a pensar!" exclamó.
Ana, que antes era tímida para participar en clase, levantó la mano y respondió una pregunta correctamente. "¡Hierro Valiente me dio valentía!" dijo, sonriendo.
Y Daniel, que antes se distraía con facilidad, se concentró en dibujar un hermoso sol. "¡Hierro Valiente me está ayudando a concentrarme!" afirmó.
Desde ese día, los niños del Aula Amarilla entendieron la importancia de comer alimentos que los hicieran fuertes y listos. Sabían que Hierro Valiente, su héroe invisible, siempre estaba ahí para ayudarlos a aprender, jugar, y crecer sanos y felices en el hermoso distrito de Coracora, en Ayacucho.
La maestra Rosita, al verlos tan motivados, sonrió con orgullo. Sabía que había sembrado una semilla importante en sus corazones: la semilla del cuidado de su salud y el amor por el aprendizaje. Y así, en el Aula Amarilla, Hierro Valiente seguía rescatando a los niños, un bocado saludable a la vez.
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