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El sol se filtraba tímidamente entre las cortinas de la habitación de Sofía, pintando de dorado su suave cabello castaño. Despertó con un bostezo largo y un estiramiento que pareció alcanzar hasta la punta de sus dedos. Con los ojos aún entrecerrados, se levantó de la cama y caminó, tambaleándose un poco, hacia el espejo grande que colgaba en la pared de su cuarto.
“¡Hola, cuerpo mío!” saludó Sofía a su reflejo, sonriendo ampliamente. “¡Hoy vamos a conocernos mejor!”
Se acercó un poco más y comenzó su exploración. “¡Estos son mis ojos!” exclamó, señalando sus dos ojos marrones brillantes. “Con ellos veo el mundo, los colores, los animales, ¡todo lo que me rodea! Son como dos ventanas que me muestran lo hermoso que es el mundo.” La imagen de Sofía en el espejo le devolvió la mirada, como si estuviera de acuerdo.
Luego, tocó su nariz pequeña y respingona. “¡Y esta es mi nariz! Me ayuda a oler las flores, la comida deliciosa que prepara mi abuela, y… ¡a veces también las cosas que no huelen tan bien!” Hizo una mueca divertida, arrugando la nariz.
“¡Mis mejillas!” dijo, pellizcando suavemente sus cachetes sonrosados. “Son suaves y esponjosas. ¡Me encanta cuando mi mamá me da besos en las mejillas!”
Sofía abrió la boca y mostró sus dientes blancos. “¡Mis dientes me ayudan a masticar la comida para que pueda crecer fuerte y sana! ¡Siempre debo cepillarlos después de cada comida!”
Bajó la mirada a su cuello. “Este es mi cuello, sostiene mi cabeza para que pueda mirar a todos lados. ¡Debo cuidarlo y no dejar que se lastime!”
Luego, tocó sus hombros. “¡Estos son mis hombros! Me ayudan a cargar mi mochila cuando voy a la escuela y a abrazar a mis amigos.”
Siguió bajando la mirada hasta llegar a sus brazos. “¡Mis brazos! Con ellos puedo dibujar, pintar, jugar a la pelota y darle un abrazo enorme a mi papá.” Levantó los brazos y los movió como si estuviera volando.
“¡Mis manos!” exclamó, abriendo y cerrando los puños. “¡Mis manos son increíbles! Puedo construir castillos de arena, hacer manualidades y escribir mi nombre.” Observó con atención sus dedos pequeños y delicados.
Llegó entonces a su pecho. “Este es mi pecho,” dijo Sofía con una voz un poco más suave. “Es una parte especial de mi cuerpo. Y… aquí abajo,” continuó, señalando su vientre, “está mi ombligo. ¡Es el recuerdo de cuando estaba unida a mi mamá!”
Bajó aún más la mirada. “Y aquí abajo,” dijo, señalando el área entre sus piernas, “están mis partes privadas. Son especiales y solo yo las puedo tocar. Nadie más puede tocarlas a menos que yo le diga que sí. Y si alguien me hace sentir incómoda tocándolas, debo decirle a un adulto de confianza, como mi mamá, mi papá o mi abuela.” Sofía respiró hondo, sintiéndose importante y responsable.
Continuó con su recorrido. “¡Mis piernas!” exclamó, dando un pequeño salto. “¡Con mis piernas puedo correr, saltar, bailar y jugar al fútbol! ¡Son muy fuertes!”
Finalmente, llegó a sus pies. “¡Y estos son mis pies! Me ayudan a caminar por el mundo y a explorar nuevos lugares. ¡Siempre debo usar zapatos para protegerlos!” Movió los dedos de sus pies, sintiendo el suave contacto con la alfombra.
Sofía se alejó un poco del espejo y se observó de pies a cabeza. “¡Wow! ¡Tengo un cuerpo increíble!” exclamó. “Es fuerte, sano y me permite hacer tantas cosas maravillosas. ¡Debo cuidarlo y protegerlo siempre!”
Sonrió a su reflejo, sintiéndose orgullosa de ser ella misma. Sabía que su cuerpo era su templo y que debía tratarlo con amor y respeto. Con una nueva energía, Sofía salió de su habitación, lista para comenzar un nuevo día lleno de aventuras y descubrimientos, siempre cuidando de sí misma y de su maravilloso cuerpo.
Sofía corrió a la cocina y le dio un abrazo a su mamá, contándole todo sobre su descubrimiento en el espejo. Su mamá sonrió y la abrazó con fuerza. "¡Estoy muy orgullosa de ti, mi amor!" dijo su mamá. "Es muy importante conocer tu cuerpo y cuidarlo siempre."
Ese día, Sofía aprendió algo muy importante sobre sí misma. Aprendió que su cuerpo era único, especial y que merecía todo su amor y cuidado. Y desde ese día, cada vez que se miraba en el espejo, ya no solo veía una niña, sino a una persona fuerte, valiente y capaz de protegerse a sí misma.
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