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Gratis · elegí una vozIan era un niño pequeño con ojos grandes y curiosos. Estaba a punto de empezar el preescolar, ¡una gran aventura! Pero en su barriguita sentía cosquillas raras. No cosquillas de risa, sino cosquillas de preocupación. ¿Le gustaría el preescolar? ¿Habría otros niños que quisieran jugar con él? ¿Y si la maestra era muy seria?
El primer día, Ian se aferró a la mano de su mamá con fuerza. Frente a la puerta del preescolar, se detuvo. Era una puerta grande y colorida, con dibujos de animales y letras grandes. “No quiero entrar, mami,” susurró Ian con voz temblorosa.
Su mamá se agachó y le abrazó fuerte. “Ian, cariño, sé que te da un poquito de miedo. Pero el preescolar es un lugar maravilloso. Vas a hacer amigos, a jugar mucho y a aprender cosas nuevas. ¡Va a ser divertido!”
Con un último abrazo, la mamá de Ian le soltó la mano y le animó a entrar. La maestra, una señora con una sonrisa cálida y un delantal lleno de pinturas, le recibió con un abrazo. “¡Bienvenido, Ian! Soy la maestra Sofía. Estamos muy contentos de tenerte aquí.”
La maestra Sofía le presentó a los otros niños. Había una niña con coletas rojas llamada Ana, un niño con un gorro de bombero llamado Mateo, y una niña que estaba pintando un arcoíris llamada Sofía. Ian se sintió un poco menos nervioso.
Al principio, Ian se quedó pegado a la maestra Sofía. Observaba a los demás niños jugar con los bloques, pintar con los dedos y cantar canciones. Tenía ganas de unirse, pero el miedo todavía le paralizaba un poco.
Pero poco a poco, la curiosidad de Ian empezó a ganar al miedo. Vio a Mateo construir una torre gigante con los bloques y se acercó a mirar. Mateo le ofreció un bloque y le invitó a ayudar. Ian sonrió y aceptó. ¡Juntos construyeron una torre altísima que casi tocaba el techo!
Después, Ana le invitó a pintar con los dedos. Ian nunca había pintado con los dedos antes. Al principio, le daba un poco de asco la textura de la pintura, pero pronto se olvidó de todo y empezó a crear un cuadro lleno de colores. ¡Se sentía como un verdadero artista!
Durante el círculo de la mañana, la maestra Sofía leyó un cuento sobre un oso que aprendía a compartir. Ian escuchó atentamente y se dio cuenta de que compartir era muy divertido. Después, cantaron canciones y aprendieron los colores en inglés. ¡Ian se sintió muy inteligente!
En el recreo, jugaron al escondite. Ian corrió y rió con los demás niños. Se escondió detrás de un árbol y esperó a que le encontraran. ¡Se sentía feliz y libre!
Con el paso de los días, Ian se fue sintiendo cada vez más cómodo en el preescolar. Hizo muchos amigos, aprendió un montón de cosas nuevas y se divirtió muchísimo. Le encantaba jugar con los bloques, pintar con los dedos, escuchar cuentos y cantar canciones. También le gustaba mucho la maestra Sofía, que siempre tenía una sonrisa y un abrazo para él.
Un día, cuando su mamá fue a recogerle, Ian corrió hacia ella con una sonrisa enorme. “¡Mami, el preescolar es genial! He hecho muchos amigos, he pintado un cuadro precioso y he aprendido a cantar en inglés.”
Su mamá le abrazó fuerte. “Ya lo sabía, cariño. Sabía que te iba a gustar.”
Ian sonrió. Ya no tenía miedo del preescolar. Al contrario, ¡le encantaba! Iba al preescolar todos los días con una sonrisa y un montón de ganas de aprender y jugar. Se había dado cuenta de que el preescolar no era un lugar para tener miedo, sino un lugar para vivir aventuras y hacer amigos.
Un día, Ian vio a un niño nuevo que estaba muy callado y parecía asustado. Ian se acordó de cómo se había sentido él el primer día y se acercó al niño. “Hola,” le dijo con una sonrisa. “Soy Ian. ¿Quieres jugar conmigo?”
El niño sonrió tímidamente y asintió con la cabeza. Ian le cogió de la mano y le llevó a jugar con los bloques. Ahora Ian sabía que ayudar a otros niños a superar sus miedos también era una aventura muy divertida.
Al final del año escolar, Ian estaba muy triste porque se acababa el preescolar. Pero también estaba muy emocionado por empezar el colegio. Sabía que iba a hacer muchos amigos nuevos y a aprender un montón de cosas interesantes. Y sabía que, aunque a veces diera un poco de miedo, ¡las nuevas aventuras siempre valen la pena!
Ian aprendió que el preescolar era un lugar mágico donde los miedos se convertían en sonrisas, las lágrimas en risas y la timidez en amistad. Y eso, ¡era la mejor aventura de todas!
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