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Gratis · elegí una vozEra una mañana radiante en el Valle de los Girasoles. Iosi, un niño de siete años con el cabello alborotado y una energía inagotable, salió de su casa con muchas ganas de jugar. Sin embargo, Iosi tenía un pequeño problema que aún no conocía: a veces, sus palabras salían de su boca como pequeñas piedras puntiagudas en lugar de suaves burbujas.
Cerca de la fuente del parque, Iosi se encontró con su amigo Mateo. Mateo estaba sentado en el césped, concentrado en un dibujo que acababa de terminar con sus nuevas ceras de colores. Con una gran sonrisa, Mateo le mostró el papel.
—¡Mira, Iosi! He dibujado un dragón espacial —dijo Mateo con orgullo.
Iosi frunció el ceño y soltó una carcajada burlona.
—¡Qué dibujo tan feo! —exclamó Iosi sin pensar—. Ese dragón parece una mancha de puré de guisantes. No sabes usar los colores, Mateo.
La sonrisa de Mateo se desvaneció al instante. Sus hombros se hundieron y, sin decir una palabra, guardó su dibujo en la mochila y se alejó con la mirada gacha. Iosi se encogió de hombros, pensando que Mateo simplemente estaba de mal humor.
Poco después, Iosi se dirigió a los columpios. Allí estaba Sofía, que practicaba un pequeño baile que había aprendido en su clase de gimnasia. Se movía con cuidado, tratando de mantener el equilibrio.
—¡Quítate de ahí, Sofía! —gritó Iosi mientras corría hacia el columpio—. ¡Eres más lenta que una tortuga con sueño y me estás quitando el sitio! Además, ese baile parece que te estás tropezando sola.
Sofía se detuvo en seco. Sus ojos se llenaron de lágrimas. No respondió, pero bajó del columpio y se fue caminando hacia el otro lado del parque. Iosi se sentó a columpiarse, pero de repente el parque se sentía más silencioso y menos divertido de lo que esperaba.
Sentada en un banco cercano estaba Elena, una niña un poco mayor que siempre llevaba un libro bajo el brazo y tenía una mirada serena. Elena había observado ambas escenas. Cuando Iosi se bajó del columpio, ella lo llamó con un gesto suave.
—Iosi, ¿tienes un momento? —preguntó Elena.
—Claro, Elena. ¿Qué pasa? —respondió él, acercándose.
—He visto lo que pasó con Mateo y Sofía —dijo ella con voz tranquila—. ¿Sabías que las palabras pueden ser como muros o como puentes? Cuando hablas de forma grosera, construyes un muro entre tú y tus amigos. Tus palabras les han pinchado como espinas.
Iosi se sintió incómodo. —Pero... yo solo decía la verdad. El dibujo de Mateo era raro y Sofía iba muy despacio.
—Puedes ser sincero sin ser hiriente, Iosi —explicó Elena—. Ser grosero es decir las cosas de una manera que hace sentir pequeña a la otra persona. Si no te gusta el dibujo, puedes decir: 'Es un estilo muy original, aunque a mí me gustan los colores más brillantes'. Y si quieres usar el columpio, puedes decir: 'Sofía, ¿me avisas cuando termines para que pueda usarlo yo?'. ¿Ves la diferencia? Las palabras amables ayudan a que los demás entiendan lo que quieres sin que se sientan mal.
Iosi se quedó callado, recordando las caras de tristeza de sus amigos. Por primera vez, entendió que sus palabras tenían peso. Sintió un nudo en el estómago, esa sensación que te avisa cuando has hecho algo mal.
—No quería ponerlos tristes —susurró Iosi—, solo quería jugar.
—Entonces ve y busca las palabras adecuadas —le animó Elena con una sonrisa.
Iosi corrió primero hacia el rincón donde Mateo seguía sentado solo. Se acercó despacio.
—Mateo, perdona por lo que dije —comenzó Iosi con voz suave—. Fui grosero. Lo que quería decir es que el verde que usaste es muy diferente a los que yo conozco, pero el diseño del dragón es muy creativo. ¿Me enseñas cómo hiciste las alas?
Mateo levantó la cabeza, sorprendido. Una pequeña chispa volvió a sus ojos y sacó el dibujo de nuevo. Después, Iosi buscó a Sofía, que estaba sentada cerca de las flores.
—Sofía, siento mucho haberte gritado antes —dijo Iosi de corazón—. Estaba impaciente por columpiarme, pero no debí llamarte lenta. Tu baile requiere mucho equilibrio y me gustaría verlo completo si quieres enseñármelo.
Sofía sonrió tímidamente y aceptó las disculpas. Aquella tarde, Iosi aprendió que las palabras son herramientas poderosas. Descubrió que cuando elegía sus palabras con cuidado, no solo expresaba lo que sentía, sino que también mantenía abiertos los puentes hacia sus amigos. El Valle de los Girasoles volvió a llenarse de risas, y esta vez, las palabras de Iosi sonaban como la música más dulce del parque.
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