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Gratis · elegí una vozTomás era un niño muy curioso y aventurero. Le encantaba explorar el jardín de su abuela, construir castillos de arena gigantes en la playa y dibujar dinosaurios feroces con crayones de todos los colores. Pero Tomás tenía un pequeño, pequeñísimo problema: ¡no sabía cuál era su lado izquierdo y cuál era su lado derecho!
Cuando su mamá le decía: "Tomás, pon tu zapato derecho," él se quedaba mirando sus pies, confundido. ¿Cuál era el derecho? A veces acertaba, pero la mayoría de las veces se equivocaba, y terminaba poniéndose los zapatos al revés, lo que le hacía caminar de forma un poco graciosa.
En la escuela, era aún peor. En la clase de baile, la maestra siempre decía: "¡Un paso a la derecha!" y Tomás, sudando de nervios, miraba a sus compañeros para ver qué lado escogían. Imitaba sus movimientos, esperando no equivocarse y chocar con alguien.
Un día, la abuela de Tomás, una señora con el pelo blanco como la nieve y ojos brillantes como estrellas, le propuso una solución. "Tomás," le dijo con una sonrisa, "tengo un secreto para ti. Vamos a atarte una cinta roja en tu muñeca izquierda."
Tomás miró la cinta roja con curiosidad. "¿Y eso me ayudará a saber cuál es mi izquierda?" preguntó.
"¡Claro que sí!" respondió la abuela. "Cada vez que tengas dudas, mira la cinta roja. Esa es tu izquierda. Y el otro lado, ¡es tu derecha!"
Tomás estaba emocionado. ¡Por fin una solución! Se puso la cinta roja en la muñeca izquierda y corrió a mostrarle a su mamá. "¡Mira, mamá! ¡Ahora sé cuál es mi izquierda!"
Su mamá le sonrió y le dio un abrazo. "¡Qué bien, Tomás! Estoy muy orgullosa de ti."
Al día siguiente, en la escuela, Tomás estaba listo para la clase de baile. La maestra dijo: "¡Un paso a la derecha!" Tomás miró su muñeca izquierda, vio la cinta roja, y supo al instante cuál era su derecha. ¡Dio el paso correcto! Se sintió tan feliz y aliviado que casi se echó a reír.
Pero la cinta roja no era suficiente. A veces, Tomás se olvidaba de mirarla y volvía a confundirse. Así que, la abuela le enseñó otra cosa. Le dijo: "Tomás, piensa en tu corazón. Tu corazón está a la izquierda de tu cuerpo. Así que, ¡ese es tu lado izquierdo!"
Tomás se puso la mano en el pecho y sintió los latidos de su corazón. "¡Tienes razón, abuela!" exclamó. "Mi corazón está a la izquierda."
Ahora, Tomás tenía dos trucos: la cinta roja y su corazón. Los usaba juntos para no equivocarse. Pero, a veces, incluso con los trucos, se seguía confundiendo.
Un día, mientras jugaba en el jardín, Tomás encontró un pequeño pajarito que se había caído del nido. El pajarito estaba asustado y temblaba. Tomás, con mucho cuidado, lo recogió y lo puso en una cajita con hojas y ramitas.
"Necesito encontrar el nido," pensó Tomás. "Pero, ¿en qué dirección está?" Miró a su alrededor, pero no veía el nido por ninguna parte.
Entonces, recordó lo que su abuela le había dicho una vez: "Los árboles siempre crecen más fuertes hacia el sol." Tomás miró el sol y vio que la rama más fuerte del árbol apuntaba hacia el sol, pero no estaba seguro si era a su derecha o a su izquierda.
Cerró los ojos, respiró hondo y pensó: "La cinta roja está en mi izquierda, mi corazón está a la izquierda, y el sol está… ¡a mi derecha! ¡El nido debe estar a la derecha!"
Caminó hacia la derecha, con la cajita en sus manos, y después de unos minutos, ¡allí estaba! El nido, justo encima de él. Con mucho cuidado, subió el pajarito al nido y lo dejó con sus hermanos.
Ese día, Tomás se dio cuenta de algo muy importante. No importaba si se equivocaba de vez en cuando. Lo importante era intentarlo y nunca rendirse. Y, sobre todo, usar su corazón y su cabeza para resolver los problemas.
Desde entonces, Tomás siguió usando la cinta roja y pensando en su corazón, pero también confió más en su intuición. Y aunque a veces todavía se confundía, ya no le importaba tanto. Sabía que, al final, siempre encontraba el camino correcto. Porque lo más importante no era saber cuál era la izquierda o la derecha, sino tener un corazón valiente y una mente curiosa para explorar el mundo.
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