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Juan Jesús era un niño de seis años al que le encantaba dibujar. Le gustaba mezclar colores y hacer soles y árboles grandes, ¡unos árboles tan grandes que casi tocaban las nubes! Sus dibujos eran alegres y llenos de vida. Pero había algo que no le gustaba tanto: las palabras. Las palabras se le enredaban en la boca como si fueran un ovillo de lana complicado. Cuando intentaba hablar, algunas salían torcidas como un calcetín mal puesto, o simplemente desaparecían, ¡puf!, como por arte de magia.
Cuando Juan Jesús entró a la escuela, las cosas fueron difíciles. Le costaba seguir las instrucciones de la maestra Sofía. Ella hablaba rápido y usaba palabras largas que Juan Jesús no siempre entendía. Y cuando intentaba hablar, algunos niños se reían porque no podían entenderlo bien. No lo hacían con mala intención, pero a Juan Jesús le daba mucha pena. También le costaba sostener el lápiz para escribir; sus dedos temblaban como hojitas en el viento y el lápiz siempre terminaba cayendo al suelo con un *clac* que hacía que Juan Jesús se sintiera aún más pequeño.
Juan Jesús se sentía frustrado y a veces pensaba que nunca podría hacerlo bien. Que las palabras y él nunca serían amigos. Prefería mil veces dibujar un dragón escupefuego que decir su nombre en voz alta.
Un día, mientras estaba dibujando en casa, vio una luz brillante en el suelo. Era como un rayo de sol atrapado en una burbuja. La luz creció y creció hasta convertirse en un portal brillante y colorido que lo envolvió por completo. Juan Jesús cerró los ojos con fuerza, esperando lo peor. Pero cuando los abrió, estaba en un lugar completamente diferente. Estaba en un bosque lleno de letras flotantes de todos los tamaños y colores. ¡Era como un alfabeto gigante que había cobrado vida! Los árboles no eran de madera, sino de crayones de colores gigantes. El suelo estaba cubierto de goma de borrar en lugar de hojas.
—”¡Hola! Soy Tintín, el guardián de las palabras” —dijo una criatura pequeña y peluda. Parecía un cruce entre un conejo y un búho, con grandes ojos brillantes y un chaleco lleno de bolsillos llenos de letras sueltas.
—”¿Las palabras?” —preguntó Juan Jesús, un poco asustado.
—”Sí, las palabras están perdidas y necesitamos que las encuentres. Se han escapado de los libros y ahora andan perdidas por este bosque. ¡Y tú eres el único que puede ayudarnos!”
Juan Jesús no entendía por qué él era el único que podía ayudar, pero la idea de buscar palabras perdidas sonaba como una aventura emocionante. Tintín le ofreció un lápiz gigante, ¡era más grande que el propio Juan Jesús! Pero cuando Juan Jesús intentó tomarlo, sus manos temblaban y el lápiz cayó al suelo con un *pum*.
—”¡No puedo!” —dijo Juan Jesús, sintiéndose otra vez frustrado. —”Mis manos tiemblan y las palabras no me quieren.”
—”¡Sí puedes, Juan Jesús! Solo necesitas practicar” —dijo Tintín con una sonrisa amable. —”Cada uno tiene su propio ritmo. Y tú tienes un don especial para los colores y las formas. ¡Eso te ayudará!”
Tintín le dio una pequeña pelota de goma. —”Apreta esta pelota con fuerza, muchas veces, para que tus manos se hagan más fuertes. Es como hacer magia, ¡pero con los músculos!”
Juan Jesús empezó a apretar la pelota con todas sus fuerzas. Al principio le costó mucho, pero poco a poco, sus manos dejaron de temblar tanto. Sintió como la fuerza volvía a sus dedos. Entonces, tomó el lápiz gigante y, con mucho cuidado, dibujó un sol radiante y un árbol frondoso. Los colores brillaban como nunca antes. De repente, las letras flotantes empezaron a acercarse a él, atraídas por los dibujos.
—”Sol… árbol…” —dijo Juan Jesús, intentando pronunciar las palabras con claridad. Al principio le costó un poco, pero luego las palabras salieron claras y fuertes, como campanitas sonando al viento.
Tintín sonrió de oreja a oreja. —”¡Lo lograste, Juan Jesús! Has encontrado las palabras escondidas en tus dibujos.”
Juan Jesús siguió dibujando y nombrando las cosas que dibujaba. Casa, flor, nube, pájaro… Cada palabra que decía hacía que más letras se acercaran a él. Al final del día, había reunido un montón de palabras perdidas. Estaba cansado, pero muy contento.
Cuando Juan Jesús despertó, estaba en su cama. El bosque de las palabras perdidas había desaparecido, pero junto a él, sobre la mesita de noche, había un dibujo del sol y el árbol que había dibujado en el bosque mágico. Era como un recuerdo de su aventura.
Esa mañana, en la escuela, la maestra Sofía le pidió que dijera su nombre en voz alta. Juan Jesús sintió un poco de miedo, pero recordó la pelota de goma y el lápiz gigante. Respiró hondo, apretó los puños y dijo con voz clara y fuerte:
—”Juan Jesús.”
Los otros niños aplaudieron y la maestra Sofía le sonrió. Juan Jesús se sintió muy feliz. Sabía que aún le costaría trabajo hablar y escribir, pero ahora entendía que, con paciencia, práctica y un poco de magia, las palabras siempre encontrarían el camino hacia él. Y que sus dibujos, sus colores y su imaginación eran sus mejores amigos para lograrlo. Desde ese día, Juan Jesús siguió dibujando y hablando, un poco cada día. Y las palabras, poco a poco, dejaron de enredarse en su boca y empezaron a fluir como un río alegre y cantarín.
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