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Había una vez, en un pequeño pueblo costero donde las olas siempre cantaban una melodía de sal, un niño llamado Juan. Juan era conocido por tener la risa más sonora de la bahía, pero un martes de cielo gris, algo cambió. Al despertar, Juan sintió que una nube pequeña y densa se había instalado justo encima de su cabeza. No llovía sobre los demás, solo sobre él. Intentó sacudirse el agua invisible, pero la sensación de pesadez en su pecho no desaparecía. Era la tristeza, una visitante que Juan no sabía cómo recibir.
Esa mañana, el desayuno no sabía a nada. Sus cereales favoritos parecían trozos de cartón flotando en leche fría. Su madre, al verlo tan callado, le preguntó qué le pasaba. Juan abrió la boca para explicar que sentía como si un elefante invisible se hubiera sentado en sus hombros, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Simplemente bajó la mirada y dibujó círculos en la mesa con el dedo. Es normal sentirse así a veces, Juanito, dijo su madre con ternura, pero Juan no estaba tan seguro. Él quería recuperar su brillo de inmediato.
Decidió caminar hacia la playa, su lugar favorito. El mar siempre tenía respuestas, o al menos eso decía su abuelo. Mientras caminaba por la arena, sus pies se sentían más pesados que de costumbre. Cada paso era un esfuerzo, como si caminara a través de melaza. Se sentó cerca de unas rocas y observó el horizonte. El azul del mar, que solía parecerle vibrante, hoy se veía de un tono plomizo y apagado. Fue entonces cuando vio a un pequeño cangrejo que intentaba subir a una roca, pero una ola tras otra lo empujaba hacia atrás. Juan se sintió identificado con el cangrejo; él también sentía que algo lo empujaba hacia abajo cada vez que intentaba sonreír.
De repente, una voz suave surgió de entre las rocas. Era el Viejo Mateo, el farero del pueblo. Mateo tenía la piel curtida por el sol y los ojos llenos de historias. Parece que hoy llevas un ancla en el corazón, pequeño Juan, dijo el anciano sentándose a su lado. Juan finalmente pudo hablar: No sé por qué estoy así, Mateo. No ha pasado nada malo, pero me siento gris. Siento que nunca volveré a ser feliz. El farero asintió lentamente, mirando el vaivén de las olas.
La tristeza no es una enemiga, Juan, explicó Mateo. Es como la marea. A veces sube y cubre toda la arena, ocultando los tesoros y las caracolas. Pero la marea no se queda arriba para siempre. Tiene que bajar para que podamos encontrar lo que el mar nos ha traído. Juan escuchaba con atención. El farero le entregó una pequeña piedra lisa y oscura. Esta es la piedra de la calma. Cuando la tristeza venga a visitarte, no intentes echarla a patadas. Siéntate con ella. Escucha qué tiene que decirte. A veces, la tristeza solo nos pide que descansemos un poco.
Juan sostuvo la piedra en su mano. Estaba fría, pero poco a poco se calentó con el calor de su palma. Se dio cuenta de que estaba bien no tener ganas de jugar al fútbol o de correr por las dunas. Se permitió soltar un suspiro largo, un suspiro que llevaba guardando desde que despertó. Al hacerlo, sintió que la nube sobre su cabeza se volvía un poco más clara, casi transparente. No se fue del todo, pero ya no pesaba tanto.
Pasaron las horas y Juan y Mateo hablaron de muchas cosas: de los barcos que se pierden en la niebla y de cómo los faros no apagan la niebla, sino que simplemente ayudan a ver a través de ella. Juan entendió que su alegría no se había ido para siempre, solo estaba detrás de un banco de niebla emocional. La tristeza nos enseña a valorar la luz, dijo Mateo antes de levantarse para ir a encender el faro. Sin los días grises, no sabríamos lo hermoso que es el sol.
Al regresar a casa, el cielo seguía nublado, pero Juan ya no sentía que el mundo se acababa. Entró en su habitación y sacó su caja de acuarelas. En lugar de pintar un sol radiante, pintó el mar en calma bajo un cielo de mil tonos de gris y violeta. Descubrió que había belleza en esos colores también. Mientras pintaba, una lágrima pequeña rodó por su mejilla y cayó sobre el papel, creando un efecto de brillo en el agua pintada. Juan sonrió levemente. No era una risa estruendosa, pero era una sonrisa de paz.
Esa noche, mientras su madre lo arropaba, Juan le contó sobre el cangrejo, el Viejo Mateo y la marea. Mañana quizás la marea baje, dijo Juan con voz soñolienta. Y si no baja, ya sé que tengo mis botas de agua para caminar por la orilla. Su madre le dio un beso en la frente y le aseguró que ella siempre estaría allí, con un paraguas o con un abrazo, para lo que él necesitara. Juan cerró los ojos y, por primera vez en todo el día, el elefante invisible se fue a dormir a otro lado.
Al día siguiente, Juan se despertó y lo primero que hizo fue mirar por la ventana. El sol estaba empezando a asomar, pero todavía había algunas nubes. Juan no se desesperó. Se puso su camiseta favorita y guardó la piedra de Mateo en su bolsillo. Salió al jardín y respiró hondo el aire fresco después de la humedad. La tristeza le había dejado un regalo: ahora sabía que era lo suficientemente fuerte para navegar en días de tormenta y que sus emociones, todas ellas, eran parte del gran océano que era su vida. Y así, con paso tranquilo y el corazón ligero, Juan caminó hacia un nuevo día, sabiendo que después de cualquier sombra, la luz siempre encuentra el camino de regreso.
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