Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozMateo tenía ocho años y una energía que parecía no agotarse nunca. Hoy era un día especial, o quizás no tan especial según cómo se mirara. Hoy tocaba visita al doctor.
"¡Mateo, despierta, dormilón! ¡Hoy vamos al doctor!" La voz de su papá resonó en la habitación, mezclándose con los rayos de sol que se colaban por la ventana.
Mateo, a pesar de su espíritu aventurero, no era muy fan de las visitas médicas. Pensaba en las inyecciones (¡brrr!) y en el sabor amargo de las medicinas. Con un suspiro, se levantó.
"¡Vamos, campeón! El Doctor Sonrisas te está esperando," dijo su papá, con una sonrisa alentadora. "Ponte tu camiseta de superhéroe, ¡te dará poderes contra los gérmenes!"
Mateo obedeció. Se puso su camiseta favorita, la de un valiente astronauta explorando el espacio. Al menos, así se sentiría un poco más fuerte. Después de desayunar un tazón de cereal con leche, se lavó los dientes con mucho esmero, recordando las palabras del dentista sobre los bichitos del azúcar.
"¡Listo, papá!" exclamó, sintiéndose un poco más preparado para la gran aventura (o la no tan gran aventura, según su opinión).
Salieron de casa y caminaron hasta la parada del autobús. El sol brillaba y los pájaros cantaban, pero Mateo seguía sintiendo un pequeño cosquilleo en el estómago. Subieron al autobús, que iba lleno de gente. Mateo miraba por la ventana, observando cómo la ciudad pasaba a toda velocidad. Edificios altos, árboles verdes y personas apuradas formaban un paisaje fascinante, casi lo suficiente para distraerlo de su preocupación.
Finalmente, llegaron a la parada cerca del consultorio del Doctor Sonrisas. Mateo reconoció el edificio por su fachada colorida y el letrero con un simpático osito de peluche.
Entraron al consultorio y la sala de espera estaba llena de niños. Algunos jugaban con bloques de construcción, otros leían cuentos y algunos, como Mateo, parecían un poco nerviosos. Una niña pequeña, con trenzas y un vestido de flores, abrazaba fuertemente a su muñeca. Un niño un poco mayor, con una rodilla vendada, jugaba a las carreras de coches en una tablet.
Mateo se sentó junto a su papá y tomó una revista de historietas. Intentó concentrarse en las aventuras del Capitán Estelar, pero sus ojos no dejaban de mirar hacia la puerta del consultorio. Escuchaba atentamente cada vez que la enfermera llamaba a un paciente.
De repente, escuchó su nombre: "¡Mateo Rodríguez!" La voz de la enfermera era amable y suave. Su papá le dio un apretón de manos y una sonrisa de ánimo. Mateo se levantó, sintiendo un nudo en la garganta.
Entró al consultorio y allí estaba el Doctor Sonrisas, con su bata blanca y su sonrisa aún más blanca. El doctor tenía un rostro amigable y unos ojos que transmitían mucha tranquilidad.
"¡Hola, Mateo! ¿Cómo estás hoy?" preguntó el doctor, con una voz suave y melodiosa.
Mateo tragó saliva y respondió: "Bien, doctor."
El Doctor Sonrisas lo invitó a sentarse en la camilla. Empezó a hacerle preguntas: ¿Cómo dormía? ¿Qué comía? ¿Si le dolía algo? Mateo respondió con sinceridad, tratando de no olvidar ningún detalle.
Luego, el doctor comenzó a examinarlo. Le revisó los oídos con un otoscopio, le escuchó el corazón y los pulmones con un estetoscopio, le palpó el abdomen y le miró la garganta. Mateo sintió un poco de cosquillas cuando el doctor le presionó el abdomen, pero no dijo nada.
"Todo parece estar bien, Mateo," dijo el Doctor Sonrisas, después de terminar el examen. "Tienes un pequeño resfriado, pero nada grave. Necesitas descansar mucho, beber mucho líquido y tomar un jarabe para la tos."
El doctor se dirigió al papá de Mateo y le explicó con detalle los cuidados que debía seguir en los próximos días. Le recomendó evitar lugares concurridos y asegurarse de que Mateo descansara lo suficiente. También le recetó un jarabe con sabor a fresa, que no sonaba tan mal después de todo.
Antes de irse, el Doctor Sonrisas le dio a Mateo una pegatina de un superhéroe. "Para que te proteja de los gérmenes," le dijo, con una sonrisa.
Mateo salió del consultorio sintiéndose mucho mejor de lo que había entrado. Ya no tenía tanto miedo. Había descubierto que el Doctor Sonrisas no era tan malo como pensaba. Incluso, ¡era bastante simpático!
De camino a casa, en el autobús, Mateo pegó la pegatina del superhéroe en su camiseta. Se sentía como un verdadero campeón, habiendo superado su miedo y enfrentado su visita al doctor con valentía. La próxima vez, pensó, quizás no estaría tan nervioso. Quizás, incluso, ¡podría disfrutar de la aventura!
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