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Gratis · elegí una vozEra un día de lluvia. Por la tarde, a las 7, el viento aullaba y la tormenta no cesaba de golpear las ventanas. Adrei, Carlos y Mario, tres hermanos inseparables, se quedaron en casa. Sus padres, Ana y Javier, estaban en el hospital cuidando de la abuela enferma y no regresarían hasta la mañana siguiente. Para pasar el rato y olvidar el ruido ensordecedor de la lluvia, decidieron ver una película de terror. ¡Les encantaban las historias de fantasmas y monstruos, aunque a veces les daban un poquito de miedo!
Llevaban la mitad de la película, justo en la parte más emocionante cuando… ¡Puf! La televisión se apagó de repente. Nadie la había tocado. Al principio, se asustaron un poco, pero pronto Adrei, el mayor y más valiente de los tres, dijo: "Tranquilos, seguro que ha sido un apagón por la tormenta. ¡Vamos a buscar las luces de emergencia!".
Carlos, el mediano, que era muy organizado, recordó que las luces de emergencia estaban guardadas en el ático. Mario, el pequeño, aunque un poco miedoso, no quería quedarse solo abajo, así que se unió a sus hermanos. Cada uno cogió una linterna y, con pasos cautelosos, subieron las escaleras que conducían al ático. El ático era un lugar polvoriento y oscuro, lleno de cajas viejas, muebles cubiertos con sábanas y un olor a madera antigua. A Mario le dio un escalofrío.
"¡Qué silencio!", susurró Mario, pegándose a Carlos. "¿Estáis seguros de que las luces están aquí?".
"Claro que sí", respondió Carlos con seguridad, aunque por dentro también sentía un poco de nerviosismo. "Papá las guardó aquí la última vez que hubo una tormenta".
Adrei, con la linterna en alto, iluminó el ático. El haz de luz danzaba entre las sombras, revelando objetos extraños y formas fantasmales. De repente, la luz de su linterna iluminó algo que los hizo detenerse en seco. ¡Había una sombra! Una sombra grande y oscura que se movía lentamente en una esquina del ático.
Los tres hermanos se quedaron paralizados por el miedo. La sombra parecía alargarse y encogerse, como si tuviera vida propia. Mario se escondió detrás de Carlos, temblando como una hoja. Adrei, aunque asustado, intentó mantener la calma. "¿Qué… qué es eso?", tartamudeó Carlos.
Adrei respiró hondo y apuntó la linterna directamente hacia la sombra. A medida que la luz se acercaba, la sombra se hizo más clara… ¡Y descubrieron que era solo un viejo abrigo colgado de una percha! El viento que se colaba por una rendija en la ventana lo movía, creando la ilusión de una sombra misteriosa.
Los tres hermanos soltaron una carcajada de alivio. ¡Qué susto se habían llevado por nada! "¡Menos mal!", exclamó Mario, saliendo de detrás de Carlos. "Casi me da un ataque al corazón".
Después de la risa nerviosa, Adrei recordó por qué habían subido al ático. Empezaron a buscar las luces de emergencia entre las cajas. Después de un rato de búsqueda, Carlos las encontró en una caja debajo de una vieja mecedora. ¡Por fin! Encendieron las luces de emergencia y el ático se iluminó con una luz tenue pero reconfortante.
Con las luces encendidas, el ático ya no parecía tan aterrador. Los chicos decidieron explorar un poco más. Encontraron una caja llena de juguetes antiguos: un tren de madera, una muñeca de porcelana y un oso de peluche con un ojo perdido. Se pusieron a jugar con los juguetes, olvidándose por completo de la tormenta y del apagón.
Mientras jugaban, escucharon un ruido extraño que venía del exterior. Era un sonido como un maullido suave. Se acercaron a la ventana y vieron a un pequeño gatito empapado y temblando de frío en el alféizar. El gatito estaba completamente solo y parecía muy asustado.
Adrei, Carlos y Mario sintieron lástima por el gatito. Decidieron abrir la ventana y meterlo dentro del ático. El gatito, agradecido, se acurrucó entre ellos, buscando calor. Lo secaron con una toalla vieja y le dieron un poco de leche que encontraron en una lata en el ático.
El gatito, al que llamaron Tormenta en honor a la noche en que lo encontraron, se convirtió en su nuevo amigo. Jugaron con él hasta que el sueño los venció. Se quedaron dormidos en el ático, abrazados al gatito, rodeados de juguetes antiguos y con la luz tenue de las luces de emergencia. La tormenta seguía rugiendo afuera, pero dentro del ático reinaba la paz y la calidez.
A la mañana siguiente, Ana y Javier regresaron a casa. Al ver a sus hijos durmiendo en el ático, abrazados a un gatito, se sorprendieron mucho. Los chicos les contaron su aventura de la noche anterior: el apagón, la sombra misteriosa y el rescate de Tormenta. Ana y Javier se sintieron orgullosos de la valentía y la bondad de sus hijos. Y así, una noche de tormenta y miedo se convirtió en una noche de aventura, amistad y amor familiar.
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