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Gratis · elegí una vozTito, el erizo, era conocido en todo el Bosque Susurrante por su valentía... o al menos, eso era lo que él decía. En realidad, Tito le tenía un poquito de miedo a la oscuridad, un poquito de miedo a las arañas, y un mucho de miedo a las historias de la abuela Eulalia sobre criaturas extrañas que visitaban el bosque. Una noche, mientras la luna brillaba como un queso gigante en el cielo, Tito escuchó un ruido. Un zumbido raro, como el de una abeja gigante, pero más agudo y metálico.
"Debe ser el viento," se dijo Tito, intentando convencerse. Pero el zumbido se hizo más fuerte, y una luz verde, brillante como una luciérnaga gigante, iluminó su madriguera. Tito, temblando como una hoja, asomó la cabeza por la entrada. ¡Allí estaba! Un OVNI, flotando sobre el claro, con luces parpadeantes y una rampa que descendía lentamente.
Tito se escondió detrás de un hongo gigante, espiando con un ojo. De la rampa bajaron... ¡fantasmas! Pero no eran fantasmas aterradores, como los de las historias. Eran fantasmas pequeños, redondos y brillantes, con grandes ojos amigables. Flotaban torpemente, chocando entre sí y emitiendo pequeños chillidos de sorpresa.
"¡Ay, qué torpes somos!" dijo uno de los fantasmas, con una voz suave como el susurro de las hojas. "Siempre nos caemos al bajar la rampa."
Otro fantasma tropezó y rodó hacia Tito, deteniéndose justo a sus pies. "¡Hola!" dijo el fantasma, sonriendo. "Soy Blinky. ¿Eres un... un árbol con púas?"
Tito, sorprendido, salió de su escondite. "Soy Tito, el erizo," dijo, un poco más valiente ahora. "Y eso es un OVNI. ¿Son ustedes... alienígenas?"
"¡Oh, no!" rió Blinky. "Somos fantasmas espaciales. Vinimos de la Nebulosa Nebulosa para recoger... ¡cerebros!"
Tito tragó saliva. ¡Cerebros! ¡La abuela Eulalia tenía razón! ¡Los alienígenas venían a robar cerebros! Estaba a punto de salir corriendo cuando Blinky añadió: "¡Cerebros de fresas! Nos encantan para hacer batidos espaciales."
Tito respiró aliviado. Cerebros de fresas. Eso no sonaba tan mal. "Bueno," dijo Tito, "este bosque está lleno de fresas. Pero tengan cuidado, porque también hay... ¡zombis!"
Blinky y los otros fantasmas se estremecieron. "¿Zombis? ¿De verdad? ¡Les tenemos mucho miedo! Son tan... ¡lentos y gruñones!"
Justo en ese momento, un gruñido resonó en el bosque. Un zombi, con los brazos extendidos y los ojos vidriosos, se tambaleaba hacia ellos. Era Zacarías, la ardilla, que siempre se quedaba dormida en los árboles y luego se despertaba desorientado.
"¡Cerebroooos!" gruñó Zacarías, mirando a los fantasmas.
Los fantasmas gritaron y se escondieron detrás de Tito. Tito, sintiéndose repentinamente muy valiente, se puso frente a Zacarías. "¡Zacarías!" gritó Tito. "¡No asustes a mis amigos! Solo están aquí para recoger fresas."
Zacarías parpadeó, confundido. "¿Fresas?" dijo. "¿Hay fresas? Me encantan las fresas."
Blinky y los otros fantasmas salieron de su escondite. "¿Te gustan las fresas?" preguntó Blinky. "¡Podemos compartir!"
Y así, el OVNI, los fantasmas espaciales, Tito el erizo y Zacarías la ardilla pasaron la noche recogiendo fresas bajo la luz de la luna. Los fantasmas usaron sus poderes para iluminar los arbustos, Tito encontró las fresas más escondidas y Zacarías se comió las que se le caían. Incluso aprendieron a hacer batidos espaciales con fresas, ¡y estaban deliciosos!
Al amanecer, los fantasmas se despidieron de Tito y Zacarías, prometiendo volver pronto. Tito se despidió con la mano, sintiéndose más valiente que nunca. Había conocido a fantasmas espaciales, se había enfrentado a un zombi (bueno, a Zacarías), y había descubierto que las criaturas extrañas no siempre son aterradoras, ¡a veces solo quieren fresas!
Cuando la abuela Eulalia le preguntó a Tito sobre los ruidos extraños de la noche, Tito sonrió. "Solo eran mis amigos," dijo. "Estábamos haciendo batidos de fresa." La abuela Eulalia frunció el ceño, pero Tito sabía que en el fondo, estaba un poco impresionada con la valentía de su nieto. Y Tito, por primera vez en su vida, supo que no tenía nada que temer. Ni siquiera a la oscuridad, ni a las arañas, ni a las historias de la abuela Eulalia. Porque ahora, Tito tenía amigos en las estrellas.
Desde ese día, Tito se convirtió en el protector oficial del Bosque Susurrante, siempre listo para recibir a visitantes de otros mundos, ¡especialmente si traían antojo de fresas!
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