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Doña Olinda era una señora muy simpática, con un sombrero lleno de flores de colores y una risa que sonaba como campanitas. Le encantaba cocinar, sobre todo platos llenos de verduras. Un día, preparó un puré de brócoli especialmente grande para ella sola. "¡Qué rico!", pensó, mientras se servía un plato rebosante. Lo comió con tanta alegría que no se dio cuenta de la cantidad que había engullido.
Al poco rato, Doña Olinda sintió algo raro en su barriguita. Primero, un pequeño burbujeo, como si tuviera un refresco dentro. Luego, un "¡Puf!" suave, casi imperceptible. Era un pedito tímido, que la hizo sonreír. "¡Qué gracioso!", pensó. Pero la cosa no quedó ahí.
Un "¡Pofff!" más fuerte le siguió, y luego otro, y otro más. ¡Doña Olinda se estaba tirando pedos! Al principio le dio un poco de vergüenza, pero luego empezó a reírse a carcajadas. Cada pedo tenía un sonido diferente: unos eran como trompetillas, otros como silbidos, y algunos hasta parecían eructos al revés.
"¡Qué orquesta más divertida tengo en mi interior!", exclamó Doña Olinda, agarrándose la barriga. Pero, de repente, la orquesta se puso más intensa. Los pedos se hicieron más fuertes y más frecuentes, y Doña Olinda empezó a sentirse un poco incómoda. Su barriga hacía ruidos extraños, como si tuviera una lavadora en marcha.
"¡Uy, uy, uy!", dijo Doña Olinda, con el ceño fruncido. Corrió al baño, pero ya era demasiado tarde. ¡De pronto, una explosión! No una explosión de verdad, claro, pero sí una explosión... intestinal. Un "¡Splash!" resonó en todo el baño. Doña Olinda se dio cuenta de que el puré de brócoli había decidido hacer una salida triunfal, pero no precisamente por donde ella esperaba.
"¡Ay, Dios mío!", exclamó Doña Olinda, con los ojos muy abiertos. El puré de brócoli había causado un pequeño desastre. Las paredes estaban salpicadas de verde, y el aire olía... bueno, olía a brócoli muy fermentado. Doña Olinda suspiró. Tendría que limpiar todo aquello.
Pero, en lugar de enfadarse, Doña Olinda empezó a reírse. "¡Qué aventura más inesperada!", pensó. "¡Nunca más comeré tanto puré de brócoli de una sola vez!". Se puso unos guantes de goma y empezó a limpiar el desastre con una sonrisa en la cara. Mientras limpiaba, se imaginaba a los pequeños brócolis bailando una conga dentro de su barriga, causando todo aquel alboroto.
Cuando terminó de limpiar, el baño brillaba como una patena. Doña Olinda se duchó y se puso un vestido limpio. Se sentía mucho mejor, aunque un poco avergonzada por lo que había pasado. Decidió salir a dar un paseo por el parque para tomar el aire fresco y olvidar el incidente del puré de brócoli.
En el parque, se encontró con su amigo Don Pepe, un anciano con un bigote blanco y una sonrisa bonachona. Don Pepe estaba sentado en un banco, alimentando a las palomas. "¡Hola, Doña Olinda!", saludó Don Pepe. "¡Qué guapa está usted hoy!".
Doña Olinda sonrió. "¡Hola, Don Pepe! Gracias. Usted también se ve muy bien". Se sentó junto a Don Pepe en el banco.
"¿Qué tal le va?", preguntó Don Pepe.
Doña Olinda dudó un momento. ¿Debería contarle a Don Pepe lo que le había pasado con el puré de brócoli? Al final, decidió que sí. Le contó toda la historia, desde el principio hasta el final, con todo lujo de detalles.
Don Pepe escuchó atentamente, con una sonrisa en la cara. Cuando Doña Olinda terminó de hablar, Don Pepe soltó una carcajada. "¡Qué historia más divertida, Doña Olinda!", exclamó Don Pepe. "¡A todos nos pasa alguna vez! Lo importante es reírse de uno mismo".
Doña Olinda se sintió aliviada al oír las palabras de Don Pepe. Tenía razón. No había nada de malo en reírse de uno mismo. "Gracias, Don Pepe", dijo Doña Olinda. "Me siento mucho mejor ahora".
Los dos amigos se quedaron sentados en el banco, hablando y riendo. Doña Olinda aprendió una valiosa lección aquel día: que a veces, las cosas más inesperadas pueden convertirse en las historias más divertidas. Y que, sobre todo, es importante no tomarse la vida demasiado en serio, y reírse de uno mismo, incluso cuando el puré de brócoli decide hacer una salida explosiva. Desde ese día, Doña Olinda siguió cocinando con alegría, pero siempre con moderación, ¡y nunca más volvió a comer tanto puré de brócoli de una sola vez!
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