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Gratis · elegí una vozCarlota era una gallina muy curiosa. No le gustaba solo picotear semillas en el corral. Le gustaba explorar. Un día, mientras exploraba más allá de la valla de madera, descubrió algo muy extraño: ¡una silla roja brillante! La silla estaba abandonada debajo de un viejo manzano. Carlota nunca había visto una silla tan de cerca. Se acercó con cautela y la picoteó suavemente. La silla no se movió.
"¡Qué cosa tan rara!" cacareó Carlota para sí misma. Decidió subirse a la silla. Con un pequeño salto, se acomodó en el asiento. Era sorprendentemente cómoda. Desde allí, podía ver mucho más del mundo que la rodeaba.
Mientras Carlota disfrutaba de su nueva vista, un delicioso aroma llegó a su nariz. ¡Eran cerezas! El manzano estaba lleno de cerezas rojas y jugosas, maduras y listas para comer. Carlota bajó de la silla con cuidado y empezó a picotear las cerezas. ¡Eran las cerezas más deliciosas que había probado en su vida!
De repente, escuchó un sonido. Era un sonido musical, suave y melodioso. Carlota, con la boca llena de cerezas, miró a su alrededor para ver de dónde venía. Siguió el sonido hasta que llegó a un pequeño cobertizo detrás del manzano. La puerta del cobertizo estaba entreabierta. Empujándola con el pico, Carlota entró.
Dentro del cobertizo, en una esquina polvorienta, vio algo increíble: ¡una guitarra! Era una guitarra vieja, con cuerdas desgastadas y un aspecto un poco triste. Pero el sonido que Carlota había escuchado venía de ella. Un perro pequeño, de pelaje marrón y orejas caídas, estaba sentado junto a la guitarra, moviendo la cola y rozando su nariz contra las cuerdas.
"¡Guau!" ladró el perro al ver a Carlota. "¡Hola! Soy Bruno. ¿Te gusta la música?"
Carlota, sorprendida de que el perro pudiera hablar (¡o más bien, ladrar!) asintió con la cabeza. Nunca había escuchado música antes, pero le gustaba mucho el sonido de la guitarra de Bruno.
"Yo toco la guitarra," dijo Bruno, "pero me siento muy solo. Nadie quiere escuchar mi música." Bruno se veía muy triste. Carlota sintió pena por él.
"¡Yo quiero escuchar!" cacareó Carlota. "¡Toca para mí!"
Bruno sonrió, moviendo la cola con más entusiasmo. Empezó a rasguear las cuerdas de la guitarra. La música era alegre y animada. Carlota empezó a bailar, moviendo sus alas y picoteando el suelo al ritmo de la música. ¡Nunca se había divertido tanto!
Después de un rato, otros animales del corral escucharon la música y se acercaron al cobertizo. Había conejos, patos, ovejas y hasta el viejo gallo, que normalmente era muy gruñón. Todos se unieron a la fiesta, bailando y cantando al ritmo de la guitarra de Bruno.
Carlota y Bruno se hicieron los mejores amigos. Todos los días, Carlota se sentaba en la silla roja debajo del manzano, comiendo cerezas, mientras Bruno tocaba la guitarra. Los otros animales se unían a ellos y cantaban y bailaban hasta que se ponía el sol.
Un día, un granjero escuchó la música mientras trabajaba en el campo. Se acercó al cobertizo y vio a todos los animales divirtiéndose. El granjero se sorprendió mucho. Nunca había visto algo así.
"¡Qué maravilla!" exclamó el granjero. "¡Nunca imaginé que mis animales podían hacer música!" El granjero decidió construir un pequeño escenario en el corral y animó a Carlota, Bruno y los demás animales a tocar música para todos los que quisieran escuchar.
Y así, Carlota, la gallina curiosa, Bruno, el perro guitarrista, y todos sus amigos se convirtieron en una famosa banda musical. Tocaban música para niños y adultos, y hacían felices a todos los que los escuchaban. Carlota nunca olvidó el día en que encontró la silla roja, las cerezas jugosas y la guitarra mágica. Gracias a su curiosidad y a la amistad de Bruno, había descubierto un mundo lleno de música y alegría.
De vez en cuando, Carlota se sentaba en su silla roja, comiendo cerezas y escuchando a Bruno tocar la guitarra. Y cada vez que lo hacía, recordaba que la aventura más maravillosa a veces se encuentra donde menos te lo esperas.
Incluso el viejo gallo gruñón aprendió a sonreír (un poquito) cuando escuchaba la música. La granja nunca había sido tan feliz. Y todo gracias a una gallina curiosa, una silla roja, unas cerezas deliciosas, una guitarra mágica y un perro muy talentoso.
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