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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de campos verdes, un niño llamado Tito. A Tito le encantaban las sandías. Le gustaba el color rojo intenso de su pulpa, el sabor dulce y refrescante, y las pequeñas semillas negras que escupía con entusiasmo después de cada bocado. Un día, mientras disfrutaba de su sandía favorita, Tito tuvo una gran idea.
"¡Papá! ¡Quiero plantar semillas de sandía!", exclamó con los ojos brillantes.
Su papá, un hombre amable con manos grandes y llenas de tierra, sonrió. "¡Bueno!", respondió. "Plantaremos las semillas y veremos qué pasa".
Así que Tito y su papá prepararon un pequeño huerto en el jardín. Cavaron hoyos, plantaron las semillas con cuidado y las regaron con mucho cariño. Tito estaba muy emocionado. Todos los días iba al huerto a ver si las semillas habían germinado, pero pasaban los días y no pasaba nada.
Semanas se convirtieron en meses, y las semillas de sandía seguían sin dar señales de vida. Tito estaba muy triste. Ya no comía sandías con la misma alegría, y su sonrisa había desaparecido. Su papá, al ver la tristeza de su hijo, decidió hacer algo diferente.
"Tito, ¿sabes qué? Hoy voy a dormir en el huerto. Quiero descubrir por qué nuestras sandías no crecen", dijo el papá con una mirada decidida.
Tito se sorprendió. "¿Dormir en el huerto, papá? ¿Por qué?"
"Para ver qué pasa por la noche. A veces, los secretos se revelan cuando el sol se esconde", respondió el papá con una sonrisa misteriosa.
Esa noche, el papá de Tito se preparó para dormir en el huerto. Llevó una manta, una almohada y una linterna. Tito estaba muy nervioso. Se quedó despierto hasta tarde, imaginando qué podría estar pasando en el huerto.
De repente, escuchó un pequeño ruido que venía del jardín. Se levantó de la cama con cuidado y miró por la ventana. ¡Allí estaba! Una pequeña ardilla traviesa, con las mejillas llenas de semillas de sandía, estaba desenterrando las semillas que habían plantado.
Tito corrió a despertar a su papá. "¡Papá! ¡Papá! ¡Una ardilla! ¡Se está comiendo las semillas de sandía! ¡Atrapa a la ardilla!", gritó Tito emocionado.
El papá de Tito se despertó de golpe. Se frotó los ojos, tomó la linterna y salió corriendo al huerto detrás de Tito. La ardilla, al verlos, salió corriendo con una semilla de sandía en la boca. Comenzó una persecución divertida por todo el jardín.
El papá de Tito intentaba atrapar a la ardilla con una red, mientras Tito la seguía de cerca gritando: "¡No te saldrás con la tuya, ardilla traviesa! ¡Esas son nuestras sandías!".
Después de un rato de correr y saltar, el papá de Tito logró atrapar a la ardilla con la red. La ardilla estaba muy asustada. Tito se acercó con cuidado y le habló con dulzura.
"Ardilla, no te vamos a hacer daño. Solo queremos que dejes de comerte nuestras semillas de sandía. Queremos que crezcan sandías grandes y deliciosas", dijo Tito.
El papá de Tito soltó a la ardilla, pero antes le dio un puñado de nueces y semillas. "Aquí tienes, ardilla. Come esto en lugar de nuestras semillas de sandía", le dijo.
La ardilla, como agradecida, tomó las nueces y semillas y salió corriendo hacia el bosque.
Al día siguiente, Tito y su papá volvieron a plantar las semillas de sandía. Esta vez, rodearon el huerto con una pequeña cerca para protegerlo de la ardilla traviesa. Y, para su sorpresa, ¡las semillas comenzaron a germinar!
Poco a poco, las plantas de sandía fueron creciendo. Primero salieron pequeñas hojas verdes, luego aparecieron flores amarillas, y finalmente, ¡las primeras sandías! Eran pequeñas al principio, pero con el paso de los días fueron creciendo cada vez más.
Tito estaba muy feliz. Cuidaba las sandías con mucho esmero, las regaba todos los días y las protegía del sol. Finalmente, llegó el día de la cosecha. Las sandías eran enormes, redondas y de un color verde intenso.
Tito y su papá cortaron las sandías con cuidado y las llevaron a casa. Cuando las abrieron, la pulpa era de un color rojo brillante y jugoso. ¡Las sandías eran deliciosas! Tito nunca había probado una sandía tan rica en su vida.
Compartieron las sandías con sus amigos y vecinos, y todos quedaron encantados con el sabor dulce y refrescante. Tito aprendió que con paciencia, esfuerzo y un poco de ayuda, los sueños se pueden hacer realidad. Y también aprendió que incluso las ardillas traviesas pueden ser amigas si se les ofrece algo mejor.
Desde ese día, Tito y su papá siguieron plantando sandías en su huerto. Y cada año, la ardilla traviesa venía a visitarlos, pero ya no se comía las semillas de sandía. En lugar de eso, Tito le dejaba un puñado de nueces y semillas, y la ardilla se iba feliz al bosque.
Y así, Tito y la ardilla traviesa se convirtieron en amigos, y el huerto de sandías se convirtió en un lugar de alegría y amistad.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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