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Había una vez, en un pueblito rodeado de bosques frondosos, una niña llamada Sofía. Sofía era conocida por su capa roja brillante, bordada con pequeñas fresas, que su abuela le había tejido. Todos la llamaban La Capa de Fresas. Un día soleado, la mamá de Sofía le dijo: "Sofía, tu abuela no se siente muy bien. ¿Podrías llevarle esta cesta con sopa de pollo y panecillos recién horneados?"
Sofía, siempre dispuesta a ayudar, asintió con entusiasmo. "¡Claro que sí, mamá!" Se puso su capa de fresas, tomó la cesta y se despidió con un beso. El camino a la casa de la abuela atravesaba un bosque denso, pero Sofía no tenía miedo. Le encantaba escuchar el canto de los pájaros y observar las ardillas juguetear entre los árboles.
Mientras caminaba, escuchó un ruido entre los arbustos. "¿Quién anda ahí?" preguntó Sofía con voz suave. De entre las hojas, salió un lobo grande y peludo. Pero este lobo no parecía tan feroz como los de los cuentos. Tenía una expresión un poco triste y un andar cansado.
"Hola, pequeña," dijo el lobo con una voz ronca. "¿A dónde vas con esa cesta tan apetitosa?"
Sofía, aunque un poco asustada, recordó lo que su abuela siempre le decía: "Sé amable con todos, incluso con aquellos que parecen diferentes." Así que, con valentía, respondió: "Voy a casa de mi abuela. No se siente muy bien y le llevo sopa y panecillos."
El lobo suspiró. "Oh, qué amable eres. Yo también me siento un poco mal. He perdido mi voz y tengo mucha tos."
Sofía sintió pena por el lobo. "Tal vez un poco de sopa te ayudaría," dijo. "¿Quieres que te ofrezca un poco?"
El lobo abrió los ojos con sorpresa. "¿De verdad? ¿No me tienes miedo?"
Sofía sonrió. "Un poco," admitió. "Pero mi abuela me enseñó a ser amable. Además, no pareces tan malo."
Sofía sacó un pequeño cuenco de la cesta y sirvió un poco de sopa para el lobo. Él la bebió lentamente, cerrando los ojos con satisfacción. "¡Qué deliciosa!" exclamó. "Muchas gracias, pequeña. Me has hecho sentir mucho mejor."
"De nada," respondió Sofía. "Ahora, debo seguir mi camino. Mi abuela me espera."
"Espera un momento," dijo el lobo. "Conozco un atajo que te llevará a la casa de tu abuela mucho más rápido. Síguelo por este sendero." El lobo le indicó un camino estrecho que se adentraba aún más en el bosque.
Sofía dudó un momento. ¿Debía confiar en el lobo? Pero él parecía sincero y su abuela necesitaba la sopa. "Está bien," dijo. "Gracias por la ayuda."
Sofía siguió el sendero que le había indicado el lobo. Era un camino lleno de flores silvestres y mariposas de colores. Mientras tanto, el lobo corrió por otro camino, mucho más largo y complicado, hacia la casa de la abuela.
Cuando Sofía llegó a la casa de su abuela, la puerta estaba entreabierta. Empujó la puerta suavemente y entró. ¡Qué sorpresa! En la cama de la abuela, con su gorro de dormir puesto, estaba el lobo. Pero esta vez, no parecía tan amable.
"¡Abuela!" exclamó Sofía. "Te traje sopa y panecillos."
El lobo, con una voz que intentaba imitar la de la abuela, dijo: "Acércate, querida, que te vea mejor."
Sofía se acercó a la cama, pero algo no le cuadraba. La voz de su abuela sonaba extraña y sus ojos parecían más grandes y brillantes. "Abuela, ¿por qué tienes los ojos tan grandes?" preguntó Sofía.
"Para verte mejor, querida," respondió el lobo.
"Abuela, ¿por qué tienes las orejas tan grandes?"
"Para oírte mejor, querida."
"Abuela, ¿por qué tienes los dientes tan grandes?"
El lobo, incapaz de seguir fingiendo, saltó de la cama y rugió: "¡Para comerte mejor!"
Sofía, aunque asustada, reaccionó rápidamente. Recordó el silbato que su abuela siempre llevaba en su bolsillo. Lo sacó y sopló con todas sus fuerzas. El sonido agudo del silbato resonó por toda la casa.
El lobo, sobresaltado por el ruido, se tapó los oídos con las patas. No le gustaban los ruidos fuertes. En ese momento, la abuela de Sofía, que estaba descansando en la sala, escuchó el silbato y corrió hacia la habitación. Al ver al lobo, no dudó ni un segundo. Tomó el rodillo de amasar que tenía a mano y lo agitó amenazadoramente.
"¡Fuera de mi casa, lobo malvado!" gritó la abuela con voz firme.
El lobo, asustado por la abuela y el rodillo, salió corriendo de la casa y desapareció en el bosque. Sofía corrió a abrazar a su abuela. "¡Abuela, estás bien!"
"Sí, querida," respondió la abuela. "Gracias por avisarme. Y gracias por ser tan valiente."
Sofía y su abuela compartieron la sopa y los panecillos, y aprendieron una valiosa lección: ser amable es importante, pero también hay que ser precavido. Y aunque el lobo había intentado engañarlas, la valentía y la astucia de Sofía y su abuela las habían salvado. Desde ese día, Sofía siguió usando su capa de fresas, pero siempre recordaba al lobo charlatán y la importancia de confiar en su instinto. Y la abuela, cada vez que horneaba pan, guardaba el rodillo cerca, por si acaso.
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