Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozValentina era una niña curiosa, con coletas rubias que saltaban al ritmo de sus pasos y unos ojos grandes como aceitunas brillantes. Vivía en un pequeño pueblo rodeado de campos de girasoles, pero lo que más llamaba su atención era el viejo cementerio a las afueras. No le asustaba; al contrario, le parecía un lugar misterioso y lleno de historias por descubrir. En el centro del cementerio, se alzaba una casa antigua, con las ventanas tapiadas y la pintura descascarada. La gente del pueblo decía que estaba embrujada, que por las noches se oían lamentos y cadenas arrastrándose. Pero Valentina no creía en fantasmas. O, al menos, no quería creer. Un día, armada con su valentía y una linterna de colores, Valentina decidió visitar la casa del cementerio. El sol comenzaba a esconderse tras las colinas, pintando el cielo de tonos naranja y púrpura. Al llegar a la puerta de la casa, Valentina sintió un escalofrío, pero no se acobardó. Con cuidado, empujó la puerta, que chirrió como un gato asustado, y entró. La casa estaba oscura y polvorienta. Telarañas colgaban del techo como adornos de Halloween, y el aire olía a humedad y a tierra. Valentina encendió su linterna, y un haz de luz multicolor recorrió las paredes. En una de las habitaciones, encontró un viejo piano. Sus teclas estaban amarillentas y algunas rotas, pero Valentina no pudo resistirse a tocarlo. Con sus pequeños dedos, comenzó a tocar una melodía sencilla que había aprendido en la escuela. De repente, el piano comenzó a tocar solo. Una melodía triste y melancólica llenó la habitación. Valentina se quedó paralizada del miedo. La melodía se hizo más fuerte, y una figura espectral apareció frente a ella. Era un fantasma, pálido y traslúcido, con una mirada furiosa en sus ojos. El fantasma extendió una mano huesuda hacia Valentina. "¡Vete!", gritó con una voz que parecía venir de ultratumba. "Esta casa es mía, y tú no eres bienvenida". Valentina, a pesar del miedo, no se movió. Le daba pena el fantasma. Parecía muy solo. "¿Por qué estás tan enfadado?", preguntó Valentina con voz temblorosa. El fantasma la miró sorprendido. Nadie le había hablado con amabilidad en mucho tiempo. "Porque... porque me quitaron mi música", respondió el fantasma con tristeza. "Yo era un gran pianista, pero un incendio destruyó mi casa y mi piano. Ahora estoy atrapado aquí, sin poder tocar". Valentina sintió compasión por el fantasma. Tuvo una idea. "Yo puedo ayudarte", dijo Valentina. "Yo sé tocar el piano". El fantasma la miró con incredulidad. "¿Tú? Eres solo una niña". "Pero puedo aprender", insistió Valentina. "Podemos tocar juntos". El fantasma dudó por un momento, pero finalmente asintió. Y así, Valentina y el fantasma comenzaron a tocar el piano juntos. Valentina aprendió melodías nuevas del fantasma, y el fantasma recuperó la alegría de la música. La casa del cementerio ya no estaba embrujada. Ahora era la casa cantarina, un lugar lleno de música y amistad. Valentina visitaba al fantasma todos los días después de la escuela. Le contaba historias de su día, y juntos tocaban el piano hasta que se hacía de noche. El fantasma, que antes quería asustar a Valentina, ahora la quería como a una hija. Una tarde, mientras tocaban una melodía alegre, una luz brillante llenó la habitación. El fantasma comenzó a desvanecerse lentamente. "Me voy", dijo el fantasma con una sonrisa. "Gracias, Valentina. Me has liberado". Y así, el fantasma desapareció, dejando tras de sí un eco de música y un sentimiento de paz. Valentina se sintió triste por la partida del fantasma, pero también feliz de haberle ayudado. Sabía que siempre recordaría la casa cantarina del cementerio y a su amigo fantasma. Y aunque ya no estuviera allí, la música seguiría sonando en su corazón. Valentina se hizo mayor, pero nunca olvidó su aventura en la casa embrujada. Siempre que pasaba por el cementerio, sonreía al recordar al fantasma pianista y la melodía que habían tocado juntos. La casa, aunque seguía vieja y descascarada, ya no daba miedo. Ahora era un símbolo de amistad, música y la valentía de una niña que no creía en fantasmas… o que, al menos, no quería creer.
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