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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle verde y tranquilo, una casita muy especial. No era una casa cualquiera. ¡Era una casa cantarina! Sus ventanas silbaban melodías alegres y su puerta rechinaba canciones de bienvenida. Cerca de la casa, crecía un árbol grande y fuerte. Pero este árbol no era feliz. Era un árbol llorón. Sus hojas siempre estaban caídas y sus ramas parecían tristes. Se llamaba Don Árbol Tristón.
Un día, un niño pequeño llamado Miguelito llegó al valle. Miguelito era un niño muy curioso y le encantaba explorar. Caminaba con sus botas rojas, silbando una canción que él mismo había inventado. Al pasar por la casita, escuchó una melodía alegre que salía de sus ventanas. ¡Era la Casa Cantarina! Miguelito se acercó y tocó la puerta. La puerta rechinó una canción de saludo. "¡Hola! ¿Hay alguien ahí?" preguntó Miguelito.
De repente, la puerta se abrió sola. Dentro de la casa, no había nadie, pero la música seguía sonando. Miguelito se rió. "¡Qué casa más divertida!" exclamó. Decidió entrar y explorar. La casa estaba llena de colores brillantes y juguetes antiguos. En una esquina, vio un piano pequeño que tocaba solo una melodía suave y alegre. Miguelito se sentó al piano y empezó a tocar junto con él. ¡La casa cantaba con él!
Mientras Miguelito jugaba en la casa, empezó a llover. Las gotas de lluvia caían sobre el techo de la casa, haciendo un ruido rítmico y suave. Miguelito miró por la ventana y vio a Don Árbol Tristón. El árbol parecía aún más triste bajo la lluvia. Sus hojas temblaban y las gotas de lluvia resbalaban por sus ramas como lágrimas.
Miguelito sintió pena por el árbol. "Pobrecito," pensó. "Debe estar muy solo." Decidió salir de la casa y hablar con el árbol. Se puso su impermeable amarillo y sus botas rojas y salió corriendo bajo la lluvia. "¡Hola, Don Árbol!" gritó Miguelito. "¿Por qué estás tan triste?"
Don Árbol Tristón suspiró. "Estoy triste porque nadie juega conmigo," dijo el árbol con voz ronca. "Todos prefieren jugar en la Casa Cantarina. Yo solo estoy aquí, bajo la lluvia, solo y aburrido."
Miguelito pensó un momento. "¡Ya sé!" exclamó. "¡Podemos jugar juntos!" Miguelito empezó a correr alrededor del árbol, saltando sobre los charcos y riendo a carcajadas. Invitó a la Casa Cantarina a unirse a la diversión. La Casa Cantarina empezó a tocar una melodía aún más alegre, que se extendió por todo el valle.
Al escuchar la música alegre, Don Árbol Tristón sintió algo extraño. Empezó a sentir cosquillas en sus ramas y sus hojas empezaron a moverse al ritmo de la música. ¡El árbol estaba sonriendo! Por primera vez en mucho tiempo, Don Árbol Tristón se sintió feliz.
De repente, un adulto, la dueña de la Casa Cantarina, salió a la puerta. Se llamaba Doña Elena. Doña Elena era una señora muy amable con el cabello blanco y una sonrisa cálida. "¡Miguelito!" exclamó Doña Elena. "¡Qué alegría verte jugar con Don Árbol Tristón! Siempre está tan solo."
Doña Elena les contó a Miguelito y a Don Árbol Tristón que ella había vivido en la casa desde que era niña y que siempre había querido que el árbol fuera feliz. Les explicó que la música de la casa era mágica y podía alegrar a cualquiera. "Pero lo que realmente necesita Don Árbol Tristón es compañía y amistad," dijo Doña Elena.
Miguelito tuvo una idea brillante. "¡Podemos hacer un picnic debajo del árbol!" propuso. "Podemos invitar a todos los niños del valle y contar historias y cantar canciones. ¡Don Árbol Tristón adorará eso!"
Doña Elena sonrió. "¡Qué idea maravillosa, Miguelito!" exclamó. Juntos, Miguelito y Doña Elena prepararon un picnic delicioso. Hicieron sándwiches de queso y jamón, prepararon limonada fresca y hornearon galletas de chocolate. Invitaron a todos los niños del valle a unirse a la fiesta.
Cuando los niños llegaron, Don Árbol Tristón estaba muy emocionado. Se sintió rodeado de alegría y amistad. Los niños jugaron a las escondidas entre sus ramas, contaron historias debajo de su sombra y cantaron canciones con la Casa Cantarina. Don Árbol Tristón nunca se había sentido tan feliz en su vida.
Desde ese día, Don Árbol Tristón dejó de ser un árbol llorón. Se convirtió en un árbol feliz y juguetón. Sus hojas siempre estaban verdes y brillantes y sus ramas se balanceaban con alegría al ritmo de la música de la Casa Cantarina. Miguelito y los demás niños del valle visitaban a Don Árbol Tristón todos los días para jugar y contarle historias. Y la Casa Cantarina, con su música alegre, siempre estaba ahí para celebrar la amistad y la felicidad. La lluvia ya no le parecía triste, sino una caricia suave que le daba la naturaleza. Miguelito aprendió que la amistad y la alegría pueden transformar hasta el corazón más triste.
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