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Gratis · elegí una vozÉrase una vez un bosque donde vivía una familia de cerditos. El padre en una ocasión le dijo a sus tres pequeños qué deberían de hacerse una casa para vivir porque la que tenían se le hacía muy pequeña. Los tres hijos cerditos, Martina, Hugo y Laura, eran todavía muy jóvenes así que su padre les dio las indicaciones.
-Debéis de ir al bosque y coger los materiales que vayáis a necesitar. Cada uno debe poder coger lo que necesita para hacer su propia casa. -les dijo.
Los tres cerditos hermanos, habían nacido con dificultades para comunicarse. Y no podían hablar entre ellos pero el padre les había enseñado a escucharse y respetarse.
Los tres hermanos se fueron al bosque y cada uno cogió un material que le pareció que podía valerle.
Martina cogió madera, Hugo recogió barro, y Laura se encargó de coger piedras.
De repente, Laura empezó a amontonar una hilera de piedras cuidadosamente colocadas, los otros dos hermanos observaban atentamente. Cuando Laura acabó la primera hilera, Hugo empezó a poner barro encima. Se sentaron a esperar.
El sol secó el barro y Laura volvió a poner otra hilera de piedras.
Y de nuevo Hugo puso una capa de barro.
Y así estuvieron horas.
El padre pensó que la casa no tomaría forma nunca. Desesperado, se fue a dormir mientras la madre, los animaba a continuar.
Al día siguiente, el padre vio con asombro, como aquella construcción parecía el muro de la casa. Pero todo le parecía muy lento y todavía no sabía que iba a ser Martina con la madera.
El padre le dijo a la madre, que iba a ir al pueblo y tardaría una semana. Si a la vuelta los veía con dificultad de seguir, él haría las casas de los tres hijos.
Pero los hijos seguían día y noche apilando, poniendo barro y así pasó la semana.
Cuando volvió del pueblo, vio a lo lejos una construcción. Parecía una cabaña pero no estaba seguro ya que no era igual que las otras casas que él había visto.
Con gran asombro, al acercarse, vio un lugar en el que había ventanas y puertas. Era un lugar donde se podía vivir. Abrió la puerta y vio tres camas, una mesa, un armario y todo era de madera.
Sus ojos brillaban de alegría. Estaba muy orgulloso de lo que estaba viendo.
No era ni mucho menos una casa como todas las demás que había visto, pero era un hogar en el que sus hijos podrían vivir el resto de su vida.
Los pequeños, no habían hecho una casa para cada uno, no tenía la forma de casa que todos imaginamos, pero era un hogar y en el que podían vivir juntos los tres. Cada uno se había encargado de lo que mejor sabía hacer.
El padre cerdito entró en la cabaña.
"¡Qué maravilla!" exclamó, mirando las camas de madera hechas por Martina, la fuerte pared de piedra y barro construida por Laura y Hugo, y la mesa donde ya estaban preparando la cena.
Martina sonrió tímidamente, señalando la chimenea que había construido con madera. Hugo, con las mejillas manchadas de barro, asintió con orgullo hacia las paredes. Laura, con sus ojos brillantes, mostró las ventanas que había dejado en la pared para que entrara el sol.
El padre se sentó a la mesa, sintiéndose más feliz que nunca. No sólo habían construido una casa, ¡habían construido un hogar! Un hogar donde se querían, se respetaban y trabajaban juntos, a pesar de no poder hablar entre ellos.
Esa noche, mientras cenaban sopa de verduras, el padre les contó historias del pueblo. Los cerditos escuchaban atentamente, sus corazones llenos de alegría y gratitud.
Después de la cena, el padre les enseñó a cultivar un pequeño huerto cerca de la casa. Sembraron semillas de zanahorias, lechugas y tomates. Los cerditos trabajaban con entusiasmo, regando las plantas y espantando a los pájaros.
Con el tiempo, el huerto floreció, llenando la mesa de comida fresca y deliciosa. La casa de piedra, barro y madera se convirtió en un lugar mágico, lleno de risas, amor y trabajo en equipo.
Un día, un lobo hambriento se acercó al bosque. Al ver la casa de los cerditos, pensó en una deliciosa cena. Se acercó sigilosamente y llamó a la puerta.
"¡Cerditos, cerditos, ábranme la puerta!" gritó el lobo con su voz ronca.
Los cerditos se asustaron, pero recordaron que juntos eran fuertes. Laura corrió a reforzar la puerta con una gruesa viga de madera. Hugo echó barro alrededor de las ventanas para que el lobo no pudiera ver dentro. Martina atizó el fuego de la chimenea, preparándose para ahuyentar al lobo con el humo.
El lobo sopló y sopló, pero la casa no se movió. La estructura era demasiado fuerte, construida con amor, esfuerzo y la unión de los tres hermanos.
Frustrado, el lobo intentó escalar la pared, pero el barro resbaladizo lo hizo caer al suelo. Intentó entrar por la chimenea, pero Martina lo ahuyentó con una bocanada de humo.
Vencido, el lobo huyó del bosque, prometiendo no volver jamás.
Los cerditos celebraron su victoria con un gran abrazo. Habían demostrado que, aunque tuvieran dificultades para comunicarse, podían superar cualquier obstáculo trabajando juntos. Su hogar, construido con piedra, barro y madera, era un símbolo de su amor, su respeto y su inquebrantable unión.
Y así, los tres cerditos vivieron felices para siempre en su casa del bosque, aprendiendo cada día el valor de la amistad, el trabajo en equipo y el amor familiar. Su casa, aunque diferente a las demás, era el lugar más especial del mundo, un hogar donde siempre estarían seguros y felices.
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