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Gratis · elegí una vozCarlota era una catarina muy afortunada. Tenía un cofre lleno de juguetes brillantes y coloridos. Pelotas que rebotaban alto, muñecas con vestidos de seda, carritos veloces y bloques para construir castillos enormes. ¡A Carlota le encantaban sus juguetes! Pero había un pequeño problema: a Carlota le gustaba mucho, mucho, mucho tener todos sus juguetes para ella sola.
Un día soleado, mientras Carlota jugaba con su pelota roja, vio a dos hormiguitas, Anita y Benito, sentadas cerca de un gran hongo. Parecían tristes. Carlota, curiosa, se acercó rodando hasta ellas.
"¿Qué les pasa?", preguntó Carlota, haciendo rebotar su pelota con impaciencia.
Anita suspiró. "No tenemos nada con qué jugar. Hemos estado buscando piedritas bonitas, pero no encontramos ninguna hoy."
Benito asintió con tristeza. "¡Nos aburrimos mucho!"
Carlota miró su pelota roja. ¡Era tan divertida! Rebotaba tan alto que casi tocaba las hojas de los árboles. Pensó en lo divertido que era jugar sola. Luego, miró a las hormiguitas tristes. Por un momento, sintió una punzada en su corazón de catarina.
"Mmm...", dijo Carlota, dudando. "Yo tengo muchos juguetes en mi cofre. Pero son... míos."
Anita y Benito se encogieron de hombros, entendiendo perfectamente. Sabían que a veces es difícil compartir.
Carlota volvió a rebotar su pelota. La lanzó al aire y la atrapó. La lanzó aún más alto. Pero esta vez, la pelota no volvió a su mano. ¡Rebotó y rebotó hasta rodar directamente hacia las hormiguitas!
Anita y Benito se sorprendieron. Miraron la pelota roja, luego a Carlota, que se acercaba con una expresión nerviosa.
"¡Lo siento!", dijo Carlota rápidamente. "Se me escapó. Pero... si quieren... pueden jugar con ella un ratito."
Los ojos de Anita y Benito se iluminaron. Recogieron la pelota y empezaron a pasársela. Al principio, torpemente, pero luego con más confianza. Se reían y gritaban de alegría. Carlota los observaba, sintiendo algo extraño en su interior. Era una sensación... cálida y agradable.
Después de un rato, Benito tropezó y dejó caer la pelota. Carlota se preparó para recogerla, pero Anita la levantó y se la ofreció a Carlota.
"Gracias por compartir tu pelota con nosotros, Carlota", dijo Anita con una sonrisa.
"Sí, gracias", añadió Benito. "Nos divertimos mucho."
Carlota sintió que su corazón se hinchaba un poquito. "De nada", respondió. "Me alegro de que se hayan divertido."
De repente, a Carlota se le ocurrió una idea. "¡Esperen!", exclamó. "Tengo muchos más juguetes. ¡Vengan a mi casa!"
Anita y Benito la siguieron con entusiasmo hasta el hogar de Carlota, un hueco acogedor debajo de una gran hoja de trébol. Carlota abrió su cofre del tesoro. Los ojos de las hormiguitas se abrieron de par en par al ver la cantidad de juguetes que había dentro.
Carlota sacó las muñecas, los carritos y los bloques. Al principio, todos jugaron en silencio, cada uno con su propio juguete. Pero pronto, Anita tuvo la idea de construir una casa para las muñecas con los bloques. Benito empezó a hacer carreras de carritos alrededor de la hoja de trébol. Y Carlota, al principio un poco insegura, se unió a ellos.
Juntos, construyeron una casa enorme, con torres altas y ventanas brillantes. Hicieron carreras de carritos, animándose unos a otros. Jugaron con las muñecas, inventando historias divertidas.
Carlota nunca se había reído tanto. Descubrió que jugar con sus amigos era mucho más divertido que jugar sola. Compartir sus juguetes no los hacía menos valiosos, ¡sino que los hacía aún más especiales!
Cuando el sol comenzó a ponerse, Anita y Benito se despidieron de Carlota, prometiendo volver a jugar al día siguiente. Carlota cerró su cofre del tesoro, sintiéndose más feliz que nunca.
Ahora sabía que el verdadero tesoro no estaba en la cantidad de juguetes que tenía, sino en la amistad y la alegría de compartir. Desde ese día, Carlota siempre compartió sus juguetes con sus amigos, y su corazón de catarina se llenó de felicidad. Y entendió que la generosidad trae mucha más alegría que la posesión.
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