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En un pequeño pueblo, rodeado de árboles susurrantes y casas con techos de tejas rojas, vivía una niña llamada Sofía. Sofía tenía ocho años, un cabello castaño que le llegaba hasta los hombros y unos ojos grandes y curiosos que brillaban como estrellas. Pero Sofía vivía con un miedo secreto, un miedo que se alimentaba de las historias que los ancianos contaban sobre la Dama Sin Cabeza, un espíritu con un vestido blanco que vagaba por los caminos oscuros, llevándose a los niños que se atrevían a salir solos de noche. Nadie los volvía a ver jamás.
Una tarde, los padres de Sofía tuvieron que ir a trabajar. "Volvemos pronto, mi amor," le dijo su mamá, dándole un beso en la frente. "No abras la puerta a nadie." Sofía asintió, prometiendo ser una niña buena. Pero la casa, de pronto, se sintió inmensa y silenciosa. El reloj de la pared hacía tictac como un latido de corazón asustado.
De repente, Sofía escuchó un ruido. Un rasguño suave, como si alguien estuviera arañando la puerta. Al principio, pensó que era el gato del vecino, pero luego escuchó una voz suave, casi un susurro, que decía: "Sofía, soy tu tía. Ábreme, por favor. Tengo frío." Sofía no recordaba tener una tía, pero la voz sonaba tan triste que sintió pena. Dudó por un momento, recordando las palabras de su madre, pero la curiosidad pudo más. Se acercó a la puerta con cautela y miró por la mirilla. Vio a una mujer con un vestido largo y blanco, de pie en el porche. Parecía cansada y triste.
Sofía abrió la puerta lentamente. "¿Tía?" preguntó, con la voz temblorosa. La mujer sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Sí, mi niña. Soy yo." Pero en cuanto la mujer cruzó el umbral, su rostro se transformó. Sus ojos se volvieron oscuros y vacíos, y donde debería haber estado su cabeza, solo había un cuello cortado, envuelto en sombras. Era la Dama Sin Cabeza.
Un grito silencioso se ahogó en la garganta de Sofía. La Dama Sin Cabeza extendió sus manos huesudas hacia ella. Sofía, presa del pánico, se dio la vuelta y corrió hacia su habitación. La Dama Sin Cabeza la seguía, flotando a través del pasillo, con el vestido blanco ondeando a su alrededor como una mortaja.
Sofía llegó a su habitación, cerró la puerta con llave y corrió hacia la ventana. Con manos temblorosas, la abrió de golpe y saltó al jardín. Cayó sobre la hierba suave, raspándose las rodillas, pero no se detuvo. Corrió lo más rápido que pudo, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
En la calle, un señor mayor, que paseaba a su perro, vio a Sofía corriendo, llorando y gritando. Se acercó a ella preocupado. "¿Qué te pasa, niña?" preguntó. Sofía, entre sollozos, le contó todo lo que había pasado: la voz en la puerta, la Dama Sin Cabeza, la huida por la ventana. El señor, aunque incrédulo, vio el terror en los ojos de la niña y decidió ayudarla. La llevó a una cafetería cercana y le compró un chocolate caliente para que se calmara.
Cuando Sofía estuvo más tranquila, el señor la ayudó a llamar a sus padres. Al principio, no le creyeron, pensando que era una pesadilla. Pero cuando escucharon el miedo en la voz de su hija, volvieron a casa de inmediato.
Llegaron a casa con la policía, quienes registraron toda la casa. No encontraron nada, ni rastro de la Dama Sin Cabeza. Los padres de Sofía estaban aliviados, pero Sofía sabía que lo que había visto era real.
Desde esa noche, Sofía nunca volvió a estar sola en casa. Pero, a pesar de la seguridad de sus padres, Sofía nunca pudo olvidar a la Dama Sin Cabeza. Todas las noches, antes de dormir, escuchaba pasos suaves en el pasillo, como si alguien estuviera caminando de un lado a otro, buscándola en la oscuridad. Sabía que la Dama Sin Cabeza no la había olvidado, y que algún día, volvería por ella. Pero Sofía, ahora más valiente, sabía que la próxima vez estaría preparada. Aprendería a defenderse de los espíritus, y descubriría el secreto de la Dama Sin Cabeza, para que ningún otro niño tuviera que vivir con ese miedo. Aunque el miedo siempre estaría ahí, una pequeña llama de esperanza brillaba en su corazón, una llama que le decía que el valor puede vencer incluso a los fantasmas más aterradores.
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