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Gratis · elegí una vozEn una casita color pastel, vivía Doña Flora, una señora muy alegre, aunque un poco olvidadiza. Doña Flora tenía una escoba. No era una escoba cualquiera. Era una escoba vieja, con las cerdas torcidas y el mango astillado. La escoba, a la que Doña Flora llamaba "Escobita," había visto mejores días. Estaba arrumbada en un rincón del patio, llena de polvo y telarañas.
"¡Ay, Escobita!," suspiraba Doña Flora a veces, pasándola por alto al salir al jardín a regar sus margaritas. "Ya no sirves para mucho, pobrecita." Escobita, aunque no podía hablar, sentía la tristeza en la voz de Doña Flora. Soñaba con barrer con brío, con dejar reluciente el suelo, como hacía antes, cuando era joven y fuerte.
Un día, mientras Doña Flora preparaba una tarta de fresas, tropezó con una maceta. La maceta cayó, esparciendo tierra y una pequeña planta de albahaca por todo el suelo. "¡Ay, Dios mío!," exclamó Doña Flora, con las manos en la cabeza. Buscó su escoba nueva, la que guardaba para las visitas importantes, pero no la encontraba por ninguna parte. "¿Dónde la habré puesto?," se preguntaba, desesperada.
Entonces, vio a Escobita, arrinconada y polvorienta. Con un suspiro, la tomó entre sus manos. "Bueno, Escobita," dijo Doña Flora, "tendrás que servir otra vez." Empezó a barrer, pero Escobita, con sus cerdas torcidas, no podía recoger bien la tierra. Doña Flora se frustró. "¡No puedo!," exclamó, a punto de rendirse.
Justo en ese momento, un rayo de sol entró por la ventana e iluminó a Escobita. Era un rayo de sol muy especial, lleno de magia. Escobita sintió una corriente cálida recorrer todo su cuerpo. Sus cerdas, antes torcidas, se enderezaron. El mango, antes astillado, se volvió liso y brillante. ¡Escobita se estaba transformando!
Doña Flora, asombrada, observó la transformación. La escoba vieja y fea se estaba convirtiendo en una escoba nueva y reluciente. Las cerdas ahora brillaban con un color dorado, y el mango parecía hecho de madera pulida por las hadas. "¡Pero qué maravilla!," exclamó Doña Flora, con los ojos llenos de sorpresa.
Escobita, ahora transformada, se sentía llena de energía. Con alegría, comenzó a barrer la tierra y la albahaca. ¡Y lo hacía de maravilla! Recogía cada mota de polvo, cada hojita, dejando el suelo impecable. Doña Flora no podía creer lo que veía. "¡Eres fantástica, Escobita!," le dijo, con una sonrisa enorme.
Desde ese día, Escobita se convirtió en la escoba favorita de Doña Flora. Ya no estaba arrumbada en un rincón, sino que ocupaba un lugar de honor en el cuarto de limpieza. Doña Flora la usaba para barrer la casa, el patio y hasta la vereda. Y Escobita, feliz de ser útil, barría con alegría y entusiasmo.
Un día, una vecina, Doña Rosa, vio a Escobita mientras Doña Flora barría la vereda. "¡Qué escoba tan bonita!," exclamó Doña Rosa. "¿Dónde la compraste?" Doña Flora sonrió. "No la compré, Doña Rosa," le respondió. "Esta escoba era vieja y fea, pero un rayo de sol mágico la transformó." Doña Rosa no le creyó del todo, pero admiró la belleza de la escoba.
La noticia de la escoba mágica de Doña Flora se extendió por todo el pueblo. Todos querían verla y tocarla. Algunos incluso le pedían a Doña Flora que les prestara Escobita para barrer sus casas. Doña Flora, siempre generosa, accedía con gusto. Y Escobita, feliz de compartir su magia, dejaba cada casa reluciente.
Pero lo más importante no era la magia de Escobita, sino el cariño que Doña Flora le daba. Porque Escobita entendió que la verdadera belleza no está en la apariencia, sino en el corazón. Y el corazón de Doña Flora era grande y lleno de amor.
Un día, Doña Flora enfermó. No podía levantarse de la cama. La casa se estaba llenando de polvo y telarañas. Escobita se sentía muy triste. Quería ayudar a Doña Flora, pero no sabía cómo. Entonces, tuvo una idea. Con todas sus fuerzas, se inclinó hacia la cama de Doña Flora y la rozó suavemente con sus cerdas doradas.
Al instante, Doña Flora sintió una energía cálida recorrer su cuerpo. Abrió los ojos y sonrió al ver a Escobita. "Gracias, Escobita," le dijo, con voz débil. "Me has dado fuerzas." Doña Flora se levantó de la cama y, junto con Escobita, limpió toda la casa. Y así, Escobita demostró que el amor y la amistad son la mejor magia de todas.
Así que recuerda, querido niño, a veces las cosas más viejas y aparentemente inútiles, pueden tener un gran valor, sólo necesitan un poco de amor y una pizca de magia para brillar de nuevo. Y no olvides que la verdadera belleza siempre reside en el interior.
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