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Gratis · elegí una vozEn el Colegio Virgen de la Esperanza, no solo se aprendían las tablas de multiplicar y la historia de España. También se cultivaban sueños, se tejían amistades y, a veces, ¡se perdían estrellas!
La estrella en cuestión no era una estrella de verdad, claro. Era una pequeña estrella dorada, hecha de papel brillante, que adornaba la corona de la Virgen de la Esperanza, patrona del colegio. Cada año, la clase de segundo grado tenía el honor de decorar la capilla para la fiesta de la Virgen, y este año, a Lucía le había tocado colocar la estrella más importante.
Lucía era una niña de ojos grandes y sonrisa tímida. Amaba dibujar y soñaba con ser una gran artista. Le había puesto mucho cariño a esa estrella, recortándola con cuidado y pegándole lentejuelas brillantes. Pero, justo cuando la iba a colocar en la corona, ¡puf! La estrella desapareció.
"¡Ay, no! ¿Dónde está?" exclamó Lucía, con los ojos llenos de lágrimas. Buscó debajo de las bancas, detrás del altar, incluso dentro de su mochila. Nada. La estrella se había esfumado.
Sus amigos, Miguel y Sofía, se acercaron preocupados. "¿Qué pasa, Lucía?", preguntó Miguel.
"Perdí la estrella de la Virgen", sollozó Lucía. "¡La estrella dorada!" añadió Sofía, entendiendo la gravedad de la situación.
Sin dudarlo, Miguel y Sofía se unieron a la búsqueda. Revisaron cada rincón de la capilla, preguntaron a la Madre Superiora si la había visto, incluso inspeccionaron los bolsillos de los abrigos que colgaban en el perchero. Pero la estrella parecía haberse tragado la tierra.
La fiesta de la Virgen se acercaba rápidamente, y la presión aumentaba. Lucía se sentía cada vez más triste y culpable. ¿Cómo iban a celebrar la fiesta sin la estrella dorada?
De repente, Miguel tuvo una idea. "¡Ya sé!", exclamó. "Podemos hacer otra estrella. No será igual, pero al menos la Virgen tendrá algo que brille en su corona".
Lucía y Sofía asintieron con resignación. No era la solución ideal, pero era mejor que nada. Se pusieron manos a la obra, recortando cartulina, pegando purpurina y esforzándose por crear una estrella tan hermosa como la que se había perdido.
Mientras tanto, en otra parte del colegio, un pequeño travieso llamado Pablo jugaba en el patio. Pablo era conocido por sus bromas y su afición por coleccionar objetos brillantes. Sin que nadie lo supiera, había encontrado la estrella dorada en el pasillo y, pensando que era un tesoro, la había guardado en su bolsillo.
Al día siguiente, durante la misa de la Virgen, Pablo se sintió culpable. Vio a Lucía, Miguel y Sofía colocar la nueva estrella en la corona, y notó la tristeza en sus ojos. Se dio cuenta de que su "tesoro" era en realidad muy importante para ellos.
Después de la misa, Pablo se acercó tímidamente a Lucía. "Lucía", dijo con voz temblorosa, "yo... yo encontré tu estrella".
Lucía lo miró sorprendida. Pablo sacó la estrella dorada de su bolsillo y se la entregó. "Lo siento mucho. No sabía que era tan importante", dijo.
La cara de Lucía se iluminó. "¡La estrella!", exclamó. "¡Gracias, Pablo!"
Corrió hacia la corona y colocó la estrella dorada en su lugar. La Virgen de la Esperanza brillaba aún más que antes.
Esa tarde, durante la fiesta del colegio, Lucía, Miguel, Sofía y Pablo se sentaron juntos a comer pastel. Aprendieron que incluso las cosas pequeñas pueden ser muy valiosas, y que siempre es importante ser honesto y amable. Y la estrella dorada del Colegio Virgen de la Esperanza brilló con más fuerza que nunca, recordándoles a todos el poder de la amistad y el perdón. Desde ese día, Pablo dejó de coleccionar objetos ajenos y se unió al grupo de amigos. Entendió que la verdadera alegría no está en tener cosas, sino en compartir momentos especiales con los demás. Y Lucía, Miguel y Sofía aprendieron que incluso cuando las cosas se pierden, siempre hay esperanza de encontrarlas, o de crear algo nuevo y maravilloso en su lugar. La fiesta de la Virgen de la Esperanza fue un éxito total, y la estrella dorada, convertida en símbolo de amistad y honestidad, siguió adornando la corona año tras año. Y así, en el Colegio Virgen de la Esperanza, las estrellas seguían brillando, tanto las de papel como las que iluminaban el corazón de cada niño.
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