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Gratis · elegí una vozEn una casita pintoresca, rodeada de un jardín lleno de flores de mil colores, vivía una gallina llamada Clementina. Clementina era una gallina muy especial. Tenía plumas suaves como la seda, un canto melodioso y un corazón enorme, lleno de amor para sus diez pollitos. Los pollitos de Clementina eran bolitas de algodón amarillas, cada uno con su propia personalidad. Estaba Pepito, el más curioso; Rosita, la más coqueta; Benito, el más glotón; y así hasta completar la alegre decena.
Junto a la casita de Clementina, en otra aún más pequeña, vivían dos hermanos: Pablo y Sofía. Pablo era un niño de ocho años, con el pelo revuelto y una sonrisa pícara. Sofía, de seis años, tenía trenzas rubias y ojos brillantes como estrellas. A Pablo y Sofía les encantaba jugar en el jardín, pero a veces, muy a su pesar, se les olvidaba que el jardín era también el hogar de Clementina y sus pollitos.
Un día soleado, Clementina salió con sus pollitos a dar un paseo por el jardín. Los pollitos picoteaban semillas, exploraban entre las flores y perseguían mariposas. Clementina los vigilaba con atención, cacareando suavemente para mantenerlos cerca. De repente, Pablo y Sofía aparecieron corriendo, jugando a las escondidas. Sin darse cuenta, Pablo pisó la cola de Clementina, quien soltó un cacareo de protesta. Los pollitos, asustados, corrieron a esconderse bajo las faldas de su madre.
"¡Ay, lo siento, Clementina!", exclamó Pablo, arrepentido. Sofía se acercó tímidamente y le ofreció a Clementina una margarita. Clementina, aunque aún molesta, aceptó la flor y cacareó en señal de perdón. Los niños continuaron jugando, pero esta vez con más cuidado, evitando molestar a la gallina y sus pollitos.
Otro día, Pablo y Sofía decidieron construir una casita para sus juguetes en el jardín. Eligieron un lugar cerca del nido de Clementina. Sin querer, al cavar un pequeño agujero para los cimientos, removieron la tierra y expusieron algunas raíces. Los pollitos, atraídos por las raíces, comenzaron a picotearlas. Clementina, preocupada, intentó alejarlos, pero los pollitos estaban demasiado entretenidos.
"¡Cuidado, pollitos!", gritó Sofía. "Esas raíces son importantes para las plantas". Pablo y Sofía explicaron a Clementina que las raíces eran como las venas de las plantas, y que si las dañaban, las plantas podían morir. Clementina entendió la importancia de las raíces y con un cacareo convenció a sus pollitos de que dejaran de picotearlas. Los niños y la gallina trabajaron juntos para cubrir las raíces con tierra y protegerlas.
Un día de mucho calor, Pablo y Sofía decidieron hacer un picnic en el jardín. Prepararon sándwiches, fruta y limonada. Invitaron a Clementina y sus pollitos a unirse a ellos. Clementina aceptó gustosamente la invitación. Los niños compartieron su comida con los pollitos, quienes picotearon trocitos de fruta y migas de pan.
Después del picnic, Pablo y Sofía decidieron jugar a la pelota. Sin embargo, la pelota fue a parar justo al lado del nido de Clementina. Los pollitos, asustados por el ruido, corrieron a esconderse. Clementina, enfadada, cacareó fuertemente a los niños. "¡Tienen que tener más cuidado!", les regañó. "Mis pollitos se asustan con los ruidos fuertes".
Pablo y Sofía se disculparon con Clementina y prometieron tener más cuidado. A partir de ese día, los niños aprendieron a respetar el espacio de Clementina y sus pollitos. Jugaban con más cuidado, evitaban hacer ruidos fuertes y siempre se aseguraban de no molestar a los animales del jardín. Clementina, por su parte, aprendió a confiar en los niños y a entender que no siempre actuaban con mala intención.
Con el tiempo, Pablo y Sofía se convirtieron en grandes amigos de Clementina y sus pollitos. Les ayudaban a encontrar comida, les protegían del sol y les contaban historias. Clementina, a su vez, les enseñó sobre la naturaleza, sobre el cuidado de los animales y sobre la importancia de la amistad y el respeto. El jardín se convirtió en un lugar aún más mágico, donde niños y animales vivían en armonía y compartían momentos inolvidables. Aprendieron que la convivencia, aunque a veces requiera paciencia y comprensión, siempre trae consigo alegría y felicidad. Y así, la gallina Clementina y los traviesos del jardín vivieron felices para siempre, aprendiendo y jugando juntos cada día.
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