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Pepita era una mariquita muy, pero muy miedosa. Vivía en un jardín lleno de flores gigantes y hojas resplandecientes, pero siempre se escondía debajo de la hoja más grande que podía encontrar. Tenía seis patitas diminutas y unas alitas rojas con lunares negros, pero prefería gatear a volar. "¡Volar es peligroso!", pensaba Pepita, "¡Podría caerme! ¡O perderme! ¡O encontrarme con... con... un monstruo come-mariquitas!".
Sus amigos, Benito el caracol y Rosita la oruga, siempre intentaban animarla. Benito, lento pero seguro, le decía: "¡Pepita, la vida es una aventura! ¡No puedes esconderte para siempre!". Rosita, que soñaba con convertirse en mariposa, añadía: "¡Imagina las cosas maravillosas que te estás perdiendo! ¡El sol, el viento, las nubes!".
Pero Pepita no se convencía. Un día, el jardín se preparaba para la Gran Fiesta de las Flores. Todas las flores se vestían con sus mejores colores, los grillos afinaban sus violines y las abejas zumbaban de emoción. Incluso Benito y Rosita estaban nerviosos y emocionados. "¡Pepita, tienes que venir!", suplicó Rosita. "¡Habrá música, baile y pastel de néctar!", agregó Benito.
Pepita negó con la cabeza. "No, gracias. Es demasiado... ¡demasiado!". Se acurrucó aún más debajo de su hoja, sintiéndose triste y sola.
De repente, un fuerte viento sopló por todo el jardín. Las flores se balancearon, las hojas temblaron y la hoja de Pepita... ¡se soltó! Pepita gritó de terror mientras la hoja, como un pequeño barco, la arrastraba por el aire. "¡Ayuda! ¡Auxilio!", gritaba, cerrando los ojos con fuerza.
La hoja voló por encima de las flores, por encima de los árboles, ¡incluso por encima de la valla del jardín! Pepita, aterrorizada, abrió un poquito los ojos. Vio el mundo desde arriba. Vio las casas pequeñas, los coches como hormigas y un río que brillaba como una cinta de plata.
El viento amainó un poco y la hoja comenzó a descender. Aterrizó suavemente en un campo de margaritas. Pepita, temblando de miedo, salió de la hoja. Estaba sola, lejos de su jardín. El miedo la invadió por completo. ¿Cómo volvería a casa? ¿Qué haría?
De pronto, escuchó un llanto. Siguió el sonido y encontró a una pequeña abeja atrapada en una telaraña. La abeja, desesperada, intentaba liberarse, pero la telaraña era muy pegajosa.
Pepita sintió un impulso. A pesar de su miedo, sintió pena por la abeja. "¡No te preocupes!", dijo Pepita, aunque su voz temblaba un poco. Se acercó a la telaraña y, con sus pequeñas mandíbulas, comenzó a roer los hilos. Tardó un poco, pero finalmente, la abeja quedó libre.
"¡Gracias, gracias!", exclamó la abeja. "Me llamo Zumbidita. Estaba recolectando polen para mi colmena cuando me atrapó esta horrible telaraña. ¿Cómo puedo agradecerte?".
Pepita, sintiéndose valiente por primera vez en su vida, dijo: "En realidad, estoy perdida. El viento me trajo hasta aquí y no sé cómo volver a mi jardín".
Zumbidita sonrió. "¡Conozco ese jardín! Está cerca de mi colmena. ¡Te llevaré volando!".
Pepita dudó. "Pero... pero... ¡tengo miedo de volar!".
Zumbidita se acercó a ella. "No tengas miedo. Yo te sujetaré con mis patitas. Confía en mí".
Pepita respiró hondo. Recordó las palabras de Benito y Rosita. Esta era su oportunidad. "Está bien", dijo, con un poco más de confianza en su voz.
Zumbidita sujetó a Pepita con cuidado y juntas se elevaron en el aire. Pepita, al principio, cerró los ojos con fuerza, pero poco a poco los fue abriendo. Vio el mundo desde una perspectiva completamente nueva. Sintió el viento en sus alitas y el sol en su cara. ¡Era maravilloso!
En poco tiempo, llegaron al jardín. Zumbidita depositó a Pepita suavemente sobre una hoja de rosa. "¡Gracias, Zumbidita!", dijo Pepita, sintiéndose feliz y agradecida. "Me has enseñado que no hay que tener tanto miedo".
Zumbidita sonrió. "¡De nada, Pepita! Recuerda, la valentía no es no tener miedo, sino hacer las cosas a pesar del miedo. ¡Adiós!".
Pepita corrió a buscar a Benito y Rosita. Los encontró en la Gran Fiesta de las Flores, bailando al son de la música de los grillos. "¡Pepita! ¡Estás aquí!", exclamaron al unísono.
Pepita les contó su aventura: el viento, la hoja, el campo de margaritas, Zumbidita y su primer vuelo. Benito y Rosita la escucharon con atención y admiración.
Esa noche, Pepita bailó con sus amigos bajo la luz de la luna. Ya no era la mariquita miedosa de antes. Había descubierto que, a veces, para encontrar la valentía, solo hay que dejarse llevar por el viento... ¡y por una buena amiga abeja!
Y colorín colorado, este cuento de la mariquita miedosa, ¡se ha acabado! Desde ese día, Pepita siguió explorando el mundo, volando con Zumbidita y disfrutando de cada aventura, grande o pequeña.
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