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Gratis · elegí una vozEl sol brillaba con fuerza en el cielo azul. Mamá Norma, Fernando, su hijo de seis años, y Abuelita María se preparaban para una gran aventura. Hoy era el día de la pesca. No iban a pescar por diversión solamente, sino para ayudar a alimentar a su familia. La despensa estaba casi vacía y necesitaban carne fresca.
"¿Están listos, mis valientes pescadores?" preguntó Abuelita María con una sonrisa arrugada. Fernando asintió con entusiasmo, agitando su pequeña caña de pescar de plástico. Norma, con una caña más grande y seria en la mano, asintió también. "¡Listos!" exclamaron al unísono.
Caminaron por el sendero que serpenteaba a través del bosque, hasta llegar al río cristalino. El agua brillaba bajo el sol, y se podían ver pequeños peces nadando entre las rocas. Abuelita María conocía el río como la palma de su mano. Sabía dónde se escondían los peces más grandes y dónde era más fácil pescar.
"Aquí es un buen lugar," dijo Abuelita María, señalando una poza profunda cerca de un gran árbol. "Los peces se esconden bajo las raíces del árbol."
Norma ayudó a Fernando a poner un gusano en su anzuelo. Fernando hizo una mueca. "¡Qué asco!" dijo, pero lo hizo de todos modos. Norma sonrió. "Los peces no piensan que es asqueroso, Fernando. ¡Piensan que es delicioso!"
Luego, Norma puso su propio cebo y lanzó su caña al agua. Abuelita María hizo lo mismo, con una precisión que solo la experiencia podía dar. Los tres esperaron pacientemente, observando las puntas de sus cañas.
Fernando se aburrió rápidamente. "¿Cuánto tiempo tenemos que esperar?" preguntó, moviendo los pies inquieto.
"La paciencia es una virtud, Fernando," dijo Abuelita María. "La pesca requiere paciencia y silencio. Los peces son muy asustadizos."
Para entretenerse, Fernando comenzó a observar a una mariposa de alas azules que revoloteaba alrededor de una flor. Luego, vio una hormiga cargando una hoja mucho más grande que ella. La naturaleza estaba llena de maravillas, si uno se tomaba el tiempo para observar.
De repente, la caña de Fernando se movió bruscamente. "¡Mamá! ¡Creo que tengo algo!" gritó, emocionado.
Norma corrió hacia él y lo ayudó a enrollar el carrete. Era difícil, pero Fernando tiraba con todas sus fuerzas. Después de una larga lucha, un pequeño pez plateado salió del agua.
"¡Lo hiciste!" exclamó Norma, orgullosa. "¡Atrapaste tu primer pez!"
Fernando estaba radiante. "¡Lo atrapé! ¡Lo atrapé!" gritó, saltando arriba y abajo. Abuelita María sonrió. "¡Muy bien, Fernando! Eres un gran pescador."
Norma quitó cuidadosamente el pez del anzuelo y lo puso en la cesta que habían traído. Continuaron pescando durante varias horas. Norma atrapó tres peces grandes, y Abuelita María atrapó dos. Fernando, aunque solo había atrapado un pez, estaba muy orgulloso de su logro.
Cuando el sol comenzó a ponerse, decidieron que era hora de regresar a casa. La cesta estaba llena de peces, suficiente para alimentar a su familia durante varios días. Estaban cansados, pero felices.
De camino a casa, se encontraron con un granjero llamado Don José, que regresaba de su campo con un carrito lleno de verduras. Don José era un hombre muy amable y siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás.
"¡Hola, Norma, María y Fernando!" saludó Don José. "¿Qué tal la pesca?"
"¡Muy bien!" respondió Norma. "Atrapamos suficientes peces para alimentar a nuestra familia."
Don José miró la cesta llena de peces y sonrió. "Me alegro de oír eso. Yo también tengo mucha comida para compartir. ¿Qué tal si les doy algunas verduras para acompañar esos peces?"
Norma estaba encantada. "¡Eso sería maravilloso, Don José! Muchas gracias."
Don José llenó una bolsa con tomates, cebollas, papas y zanahorias. Ahora tenían una comida completa para su familia. Estaban muy agradecidos por la generosidad de Don José.
Llegaron a casa justo cuando la luna comenzaba a aparecer en el cielo. Estaban agotados, pero felices y agradecidos. Tenían pescado fresco y verduras para alimentar a su familia.
Esa noche, cenaron juntos, disfrutando del delicioso pescado frito y las verduras cocidas. Fernando contó una y otra vez la historia de cómo había atrapado su primer pez. Norma y Abuelita María lo escucharon con paciencia y amor.
Después de la cena, Fernando se acurrucó en el regazo de Abuelita María. "Fue un día maravilloso," dijo, bostezando. "Me gusta pescar con ustedes."
Abuelita María lo abrazó con fuerza. "A mí también me gusta pescar contigo, Fernando. Eres un gran compañero de pesca."
Norma los observaba con una sonrisa. Sabía que tenían suerte de tenerse el uno al otro. Juntos, podían superar cualquier obstáculo. Y con un poco de paciencia y suerte, siempre encontrarían la manera de alimentar a su familia. El amor y la cooperación eran sus mejores herramientas. Y la aventura de la pesca, un recuerdo precioso que compartirían por siempre.
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