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Gratis · elegí una vozAlicia y Antúan eran inseparables. Alicia, con su cabello color sol y ojos brillantes como estrellas, siempre cuidaba de Antúan, su hermano menor. Antúan, aunque más pequeño, tenía una imaginación tan grande como el cielo y siempre acompañaba a Alicia en todas sus aventuras. Juntos, exploraban el mundo como si fuera un inmenso patio de juegos.
Un día, Alicia se sentía aburrida. El sol brillaba perezosamente y las hojas de los árboles susurraban canciones adormecedoras. "¡Antúan!," exclamó, "¡Estoy aburrida! Vamos al patio, quizás encontremos algo divertido que hacer."
Antúan, que estaba dibujando un dragón morado con alas de arcoíris, alzó la vista con entusiasmo. "¡Sí! ¡Vamos! ¿Quizás encontremos un tesoro escondido?"
Salieron corriendo al patio, donde la hierba verde les cosquilleaba los pies descalzos. Después de buscar un rato, Alicia gritó: "¡Mira, Antúan! ¡Caracoles!".
En efecto, varios caracoles se movían lentamente entre las hojas y las flores. Sus conchas brillaban bajo el sol como pequeñas joyas. Antúan, fascinado, se acercó a uno y lo observó con curiosidad.
"¡Ya sé!," exclamó Alicia, con los ojos chispeando de emoción. "¡Hagamos una carrera de caracoles!"
Antúan aplaudió. "¡Sí! ¡Una carrera! Pero, ¿cómo?".
Alicia, siempre llena de ideas, corrió a buscar una caja de cartón vacía. Luego, con cuidado, recogieron a los caracoles y los pusieron dentro. "Ahora," dijo Alicia, "necesitamos una pista de carreras."
Con palitos y piedras, construyeron una pequeña pista en la tierra. La pista tenía una línea de salida y una línea de meta claramente marcadas. Alicia, con su bote de pinturas de colores, pintó números en la concha de cada caracol. Usó rojo, azul, amarillo, verde y naranja.
"¡Listo!," anunció Alicia. "Ahora cada uno elige un número."
Alicia, siempre la primera en todo, eligió el número uno. "Me encanta ser la primera," dijo con una sonrisa.
Antúan observó los caracoles con atención. El número diez era el más pequeño de todos. "Yo quiero el número diez," dijo Antúan. "Es pequeñito, como yo, y me gusta."
Colocaron los caracoles en la línea de salida. Alicia gritó: "¡En sus marcas, listos, fuera!".
Los caracoles, ajenos a la emoción de la carrera, comenzaron a moverse lentamente. Algunos avanzaban en línea recta, otros se desviaban hacia los lados, explorando la hierba y las piedras. Alicia y Antúan los animaban con entusiasmo.
"¡Vamos, número uno, vamos!," gritaba Alicia, animando a su caracol.
"¡Vamos, número diez, tú puedes!," animaba Antúan al pequeño caracol número diez.
La carrera fue lenta, muy lenta. Los caracoles parecían tomarse su tiempo, disfrutando del sol y del aire fresco. Después de un rato, el caracol número cinco, un caracol mediano con una concha de color verde brillante, comenzó a avanzar más rápido que los demás.
"¡Mira, Antúan!," exclamó Alicia. "¡El número cinco está ganando!"
Antúan, aunque animaba al número diez, también se emocionó con la carrera. "¡Vamos, número cinco! ¡Vamos!"
El caracol número cinco se arrastró lentamente hacia la línea de meta. Estaba a punto de cruzarla cuando, de repente, se detuvo. Parecía cansado y se quedó quieto, sin moverse.
Los demás caracoles también se detuvieron. La carrera había llegado a un punto muerto. Alicia y Antúan esperaron un rato, pero ninguno de los caracoles parecía querer seguir adelante.
Finalmente, Alicia dijo: "Creo que ninguno va a ganar."
Antúan asintió. "Están cansados. Quizás quieran comer algo."
Con cuidado, recogieron los caracoles y los devolvieron al jardín. Les pusieron hojas frescas y un poco de agua. Los caracoles, agradecidos, comenzaron a comer y beber.
Aunque nadie había ganado la carrera, Alicia y Antúan se sentían felices. Habían pasado una tarde maravillosa jugando juntos, creando una divertida aventura con sus nuevos amigos caracoles. Se dieron cuenta de que lo importante no era ganar, sino divertirse y disfrutar del tiempo que pasaban juntos.
"Fue la mejor carrera de caracoles de la historia," dijo Antúan, sonriendo.
Alicia asintió. "¡Sí! Y la próxima vez haremos una carrera aún más grande y emocionante."
Se abrazaron y volvieron a casa, con el corazón lleno de alegría y la promesa de muchas más aventuras juntos. Sabían que, mientras se tuvieran el uno al otro, nunca se aburrirían y siempre encontrarían algo divertido que hacer, incluso si era una simple carrera de caracoles.
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