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Había una vez, en el rincón más tranquilo y soleado del Mercado de los Sueños, una frutería muy especial llamada 'El Huerto de Doña Rosa'. Durante el día, las frutas descansaban bajo el sol que entraba por la ventana, esperando pacientemente a que los vecinos del barrio las eligieran para llevarlas a casa. Pero lo que nadie sabía era que, cuando el reloj de la torre daba las doce campanadas de la medianoche, la frutería se transformaba por completo.
En cuanto la última vibración de la campana desaparecía en el aire nocturno, una luz plateada y mágica descendía desde la luna, bañando cada caja de madera y cada estante. Entonces, un bostezo largo y dulce se escuchaba desde la sección de los cítricos. Era Don Plátano, el más anciano y sabio de la frutería, que se desperezaba estirando su cáscara amarilla. Con un movimiento elegante, se ponía en pie y daba tres golpecitos sobre el mostrador.
—¡Arriba, compañeros! —anunciaba con voz melodiosa—. ¡La luna está alta y el suelo está limpio! ¡Es hora de bailar!
De repente, la frutería estallaba en vida. Las uvas moradas comenzaban a saltar de sus racimos como pequeñas pelotas de goma, creando un ritmo de percusión sobre las tablas de madera. Las manzanas rojas y verdes, siempre tan competitivas, se pulían unas a otras con sus hojas hasta brillar como espejos antes de empezar un elegante vals. Pero lo más impresionante eran las naranjas, que rodaban y giraban como bailarinas de ballet, moviéndose con una gracia que nadie imaginaría en una fruta tan redonda.
En medio de todo aquel alboroto se encontraba Anita, una pequeña arándano de color azul intenso. Anita era nueva en la frutería y se sentía un poco abrumada. Miraba con asombro cómo la Piña Real utilizaba su corona de hojas para hacer piruetas increíbles, y cómo las Fresas hacían un zapateado rítmico que sonaba como el latido de un corazón alegre. Anita quería participar, pero se sentía demasiado pequeña y torpe.

—¿Y si me tropiezo? —susurró para sí misma, escondiéndose detrás de una gran sandía que dormía profundamente (porque a las sandías les costaba mucho más despertarse).
Don Plátano, que siempre estaba atento a sus amigos, notó la tristeza de la pequeña arándano. Se acercó a ella con pasos rítmicos y le ofreció una de sus puntas como si fuera una mano.
—¿Por qué no bailas, pequeña Anita? —preguntó con una sonrisa amable.
—Es que soy muy pequeña, Don Plátano —respondió ella con timidez—. Todos tienen bailes grandes y ruidosos, y yo no sé qué hacer.
—Ah, pero ahí es donde te equivocas —dijo Don Plátano, señalando hacia el centro de la pista—. El baile no se trata de ser grande o ruidoso, se trata de sentir la alegría que llevas dentro. Escucha el viento que entra por la rendija de la puerta, escucha el crujir de la madera... Ese es tu ritmo.

Animada por sus palabras, Anita dio un pequeño salto. Luego otro. Al principio eran saltitos tímidos, pero pronto se dio cuenta de que, por ser pequeña, podía moverse con una agilidad que las demás frutas no tenían. Empezó a rebotar entre las manzanas, a deslizarse por debajo de las hojas de la piña y a dar vueltas rápidas como un trompo azul.
Las demás frutas, al verla, se detuvieron un momento para aplaudir. Las uvas empezaron a marcar un ritmo más rápido para acompañarla. Anita se sentía radiante. De repente, ya no era solo una pequeña baya en una caja; era una estrella de la danza. Su color azul brillaba bajo la luz de la luna mientras realizaba saltos acrobáticos en el aire.
Inspiradas por la energía de Anita, todas las frutas se unieron en un baile final. Fue una coreografía maravillosa donde los colores se mezclaban: el amarillo de los limones, el naranja de las mandarinas, el rojo de las cerezas y el verde de las peras. Formaron un gran círculo en el centro de la frutería, girando y cantando en una lengua que solo las frutas conocen, una melodía hecha de frescura y dulzura.
Incluso la gran sandía terminó despertándose y aportó el bajo con sus golpes profundos contra el suelo. Fue la fiesta más hermosa que el Mercado de los Sueños había visto jamás. Bailaron hasta que las sombras empezaron a alargarse y un primer rayo de sol asomó por el horizonte.
—¡Rápido, a sus lugares! —ordenó Don Plátano con una última pirueta.
En un abrir y cerrar de ojos, la magia se desvaneció. Las uvas volvieron a sus racimos, las naranjas se acomodaron en sus pirámides y Anita, la pequeña arándano, se acurrucó en su cajita con una sonrisa secreta. Cuando Doña Rosa abrió la tienda por la mañana, notó algo extraño. Las frutas parecían más brillantes que nunca, y juraría que había un ligero rastro de purpurina lunar en el suelo, pero lo más curioso fue ver a una pequeña arándano que parecía estar en una posición diferente, como si acabara de terminar una gran función.
Doña Rosa sonrió, respirando el aroma dulce de su tienda, sabiendo que en su frutería, la vida siempre era una fiesta.
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