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Gratis · elegí una vozEn una granja vieja y abandonada, donde la hierba crecía alta y las ventanas crujían con el viento, vivían tres amigos muy peculiares. Estaba Rufino, un perro grande y peludo con un ladrido que hacía temblar las hojas; Mimí, una gata siamesa elegante y astuta con ojos azules brillantes; y Clotilde, una gallina parlanchina con plumas despeinadas y un apetito insaciable por los gusanos.
La granja, aunque destartalada, era su hogar. Rufino pasaba los días persiguiendo mariposas en el campo, Mimí dormía siestas al sol en el alféizar de la ventana, y Clotilde picoteaba felizmente en el huerto descuidado, buscando los gusanos más jugosos.
Un día, la tranquilidad de la granja se vio interrumpida por la llegada de un cazador. Era un hombre corpulento con un sombrero de ala ancha, una escopeta brillante y una mirada hambrienta en los ojos. Su nombre era Don Roque, y había oído hablar de la gallina más gorda y sabrosa de la región, y estaba decidido a convertir a Clotilde en su cena.
"¡Miren, miren!" cacareó Clotilde, agitando sus alas con pánico. "¡Un cazador! ¡Quiere comerme!"
Rufino, que estaba disfrutando de una siesta al sol, se despertó de golpe al escuchar el grito de Clotilde. Mimí, que estaba afilando sus garras en un poste de madera, arqueó la espalda y siseó.
"¡No dejaremos que se la coma!" ladró Rufino, sacudiendo su pelaje.
"¡Tenemos que hacer algo!" maulló Mimí, con los ojos fijos en el cazador que se acercaba.
Y así, los tres amigos comenzaron a idear un plan. Sabían que no podían enfrentarse al cazador directamente, así que tendrían que usar su ingenio y la peculiaridad de su hogar abandonado para asustarlo.
"¡Tengo una idea!" dijo Mimí, con una sonrisa traviesa. "Esta granja es vieja y llena de sorpresas. Podemos usar eso a nuestro favor."
El plan era el siguiente: Rufino distraería al cazador ladrándole y corriendo alrededor de él, mientras Mimí y Clotilde prepararían una trampa en el granero abandonado. El granero estaba lleno de objetos viejos y polvorientos: herramientas oxidadas, sacos vacíos, y un viejo espantapájaros desvencijado.
Rufino salió corriendo hacia el cazador, ladrando con todas sus fuerzas. Don Roque se sobresaltó y apuntó su escopeta hacia el perro, pero Rufino era demasiado rápido. Corría en círculos alrededor del cazador, ladrando y gruñendo, confundiéndolo y frustrándolo.
Mientras tanto, Mimí y Clotilde corrían hacia el granero. "¡Rápido, Clotilde!" maulló Mimí. "Necesitamos el espantapájaros."
Clotilde, a pesar de su miedo, se puso a trabajar. Picoteó las cuerdas que sujetaban el espantapájaros, mientras Mimí lo empujaba hacia la puerta del granero. Una vez que lo tuvieron en posición, Mimí ató una cuerda a un balde lleno de latas viejas y lo colgó del techo, justo encima de la puerta.
Cuando Rufino vio que la trampa estaba lista, dejó de ladrar al cazador y corrió hacia el granero, guiándolo hacia allí. Don Roque, furioso por la persecución, siguió al perro hasta la puerta del granero.
"¡Te tengo ahora, gallina!" gritó Don Roque, entrando al granero.
En ese momento, Mimí jaló la cuerda. El balde lleno de latas cayó con un estruendo ensordecedor, golpeando el suelo y asustando al cazador. Al mismo tiempo, Rufino saltó sobre el espantapájaros, haciéndolo caer sobre Don Roque.
El cazador gritó de terror. Pensó que el granero estaba embrujado. Vio latas volando por todas partes, un espantapájaros que lo atacaba y escuchó el ladrido furioso de un perro. Sin pensarlo dos veces, salió corriendo del granero, dejando caer su escopeta y su sombrero.
Rufino, Mimí y Clotilde salieron del granero y vieron al cazador correr lo más rápido que podía, desapareciendo en la distancia.
"¡Lo hicimos!" ladró Rufino, moviendo la cola con entusiasmo.
"¡Lo asustamos!" maulló Mimí, lamiéndose las patas con satisfacción.
"¡Y me salvé de ser la cena!" cacareó Clotilde, dando pequeños saltos de alegría.
Y así, la granja abandonada volvió a la normalidad. Rufino, Mimí y Clotilde vivieron felices para siempre, sabiendo que juntos podían superar cualquier obstáculo, incluso un cazador hambriento y asustadizo. Y Don Roque, bueno, nunca más volvió a acercarse a la granja embrujada. Prefirió comerse una lata de frijoles, ¡que seguro era menos aterradora!
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