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Gratis · elegí una vozUn día, Cristina estaba construyendo un arma. No era un arma de verdad, ¡claro que no! Cristina era una inventora, y las armas verdaderas no eran lo suyo. Lo suyo eran las ideas brillantes y las cosas divertidas. Esta "arma", en realidad, era un Lanzador de Confeti Ultra-Mega-Fantástico.
Cristina tenía ocho años, el pelo revuelto color zanahoria y una imaginación que no cabía en su habitación, ni siquiera en toda su casa. Su taller era el garaje de sus padres, un caos ordenado de herramientas, tubos de cartón, botones de colores, trozos de tela y, por supuesto, mucho confeti.
"¡Necesito un resorte más potente!" exclamó, rebuscando entre una caja llena de resortes de todos los tamaños. Encontró uno que parecía perfecto, lo colocó con cuidado dentro del tubo principal del Lanzador y lo aseguró con cinta adhesiva brillante.
El Lanzador de Confeti Ultra-Mega-Fantástico tenía un mango hecho con un rollo de papel higiénico pintado de arcoíris, un cañón hecho con un tubo de cartón de toallas de papel, y un gatillo hecho con una pinza de la ropa. Era un poco torpe, pero Cristina estaba segura de que funcionaría.
"Ahora, la prueba final," murmuró, llenando el cañón con puñados de confeti de todos los colores y formas: estrellas, corazones, círculos y hasta pequeños dinosaurios de papel. Apuntó hacia el techo del garaje, contuvo la respiración y tiró del gatillo.
¡Pum! Un estallido de color inundó el garaje. El confeti salió disparado con fuerza, cubriendo todo a su paso. Cristina soltó una carcajada. ¡Había funcionado! Pero... quizá demasiado bien. El confeti no solo había llegado al techo, sino que también había invadido el coche de su papá, las herramientas de su mamá y hasta al gato, Pelusa, que salió corriendo despavorido.
"¡Uy!" dijo Cristina, rascándose la cabeza. "Quizá necesite un poco de ajuste."
Al día siguiente, Cristina llevó su Lanzador de Confeti Ultra-Mega-Fantástico al parque. Había prometido a sus amigos, Sofía y Mateo, que les mostraría su invento. Sofía era una experta en ciencias y siempre tenía preguntas interesantes, y Mateo era un campeón de las carreras y siempre estaba dispuesto a probar cualquier cosa.
"¡Es increíble!" exclamó Sofía, examinando el Lanzador con atención. "Pero, ¿cómo controlas la potencia? Parece que ayer causaste un pequeño caos confeti en tu garaje."
Cristina se sonrojó un poco. "Sí, bueno... estoy trabajando en eso. Quizá si le pongo un regulador de potencia..."
Mateo, impaciente, tomó el Lanzador. "¡Yo quiero probarlo!" Apuntó hacia un árbol y tiró del gatillo. Esta vez, Cristina había ajustado un poco el resorte, así que el confeti salió con menos fuerza, pero aún así, fue una explosión de alegría. El árbol quedó adornado con confeti brillante y los tres amigos empezaron a reír.
De repente, vieron acercarse a la Señora Elena, la dueña de la heladería del barrio. Era una señora muy seria y siempre se quejaba de todo. Cristina sintió un vuelco en el estómago. ¿Qué iba a decir la Señora Elena del confeti?
"¿Qué está pasando aquí?" preguntó la Señora Elena, frunciendo el ceño.
Cristina se acercó, nerviosa. "Lo siento, Señora Elena. Estábamos probando mi invento, un Lanzador de Confeti..."
Antes de que pudiera terminar, Mateo, sin pensarlo dos veces, apuntó el Lanzador hacia el cielo y tiró del gatillo. Una lluvia de confeti multicolor cayó sobre la Señora Elena.
Cristina y Sofía se quedaron petrificados, esperando lo peor. Pero, para su sorpresa, la Señora Elena empezó a reír. Al principio fue una risita tímida, pero luego se convirtió en una carcajada sonora y contagiosa.
"¡Qué cosa más divertida!" exclamó la Señora Elena, con confeti pegado en el pelo y en la ropa. "Hace años que no me río tanto. ¡Gracias!"
La Señora Elena les contó que ese día era su cumpleaños y que se sentía un poco triste. El Lanzador de Confeti Ultra-Mega-Fantástico había sido el mejor regalo que había recibido en mucho tiempo.
Cristina, Sofía y Mateo pasaron el resto de la tarde lanzando confeti por todo el parque, alegrando a todos los que pasaban. Cristina se dio cuenta de que su invento no solo era divertido, sino que también podía hacer feliz a la gente. Y eso, pensó, era la mejor invención de todas. A partir de ese día, Cristina siguió inventando cosas, siempre con la idea de traer alegría al mundo. Y aunque a veces sus inventos causaban un poco de caos, siempre terminaban haciendo sonreír a alguien. Porque, al final, la mejor arma es una sonrisa.
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