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Gratis · elegí una vozEn una casa pequeña, pintada de un color azul cielo, vivía un niño llamado Tomás. A Tomás le encantaba ver la televisión. Podía pasar horas sentado frente a la pantalla, absorto en dibujos animados y programas de animales. Un día, mientras veía un documental sobre reptiles, una pequeña lagartija verde esmeralda apareció repentinamente en la ventana.
La lagartija, con sus ojos brillantes y su lengua rápida, parecía tan fascinada como Tomás con lo que veía en la televisión. Tomás abrió la ventana con cuidado y la lagartija, sin dudarlo, saltó al alféizar y luego, con un ágil movimiento, se subió al televisor. Se sentó justo en la esquina superior derecha, observando la pantalla con atención.
Tomás la llamó "Verdecita" y a partir de ese día, Verdecita se convirtió en la compañera inseparable de Tomás durante sus sesiones televisivas. Veían juntos programas de cocina, de animales salvajes e incluso, aunque a Verdecita no le gustaban mucho, los noticieros.
Una tarde, mientras veían una película de fantasía sobre un bosque encantado, una pequeña luz brillante apareció de repente en la habitación. Era un hada, pequeña y delicada, con alas transparentes que brillaban como el rocío de la mañana. El hada, sin embargo, parecía muy confundida.
"¡Oh, cielos!" exclamó el hada, revoloteando alrededor de la lámpara. "¡Creo que me he perdido! Iba de camino al Bosque de las Luciérnagas para la Fiesta del Solsticio, pero… ¡este no se parece en nada al bosque! ¡Esto es… una caja brillante!"
Tomás, asombrado, se levantó de su silla. "¿Un hada? ¡De verdad?" preguntó, con los ojos muy abiertos.
Verdecita, que normalmente era muy tranquila, movió la cabeza de arriba abajo, como si dijera: "¡Sí, es un hada! ¡Dile algo!".
"Soy Tomás," dijo el niño tímidamente. "Y esta es Verdecita." Señaló a la lagartija que seguía sentada en el televisor, observando al hada con curiosidad.
"Soy Lila," respondió el hada, aterrizando suavemente en la mesa de centro. "Y, como ya he dicho, estoy completamente perdida. ¿Podrían ayudarme?"
Tomás y Verdecita se miraron. Tomás nunca había ayudado a un hada antes, y Verdecita, bueno, ella nunca había conocido una.
"¡Claro que sí!" dijo Tomás con entusiasmo. "Pero… ¿cómo podemos ayudarte a encontrar el Bosque de las Luciérnagas? No lo conocemos."
Lila suspiró. "Normalmente, sigo el camino de las estrellas, pero hoy el cielo está cubierto de nubes. Necesito algo que me recuerde al bosque, algo que me ayude a orientarme."
Tomás pensó por un momento. Miró a su alrededor: la televisión, los juguetes, los libros… nada parecía ayudar. Entonces, sus ojos se posaron en Verdecita.
"¡Ya sé!" exclamó. "Verdecita. Ella es verde como los árboles del bosque. Tal vez si la sostienes…"
Lila frunció el ceño. "¿Una lagartija? No sé… nunca he usado una lagartija como brújula."
Pero no tenía otra opción. Con cuidado, Lila extendió su mano y Verdecita, sorprendentemente, saltó a su palma. El hada sintió un pequeño escalofrío, pero también sintió una conexión con la naturaleza.
"¡Increíble!" exclamó Lila. "Puedo sentir la energía de la tierra a través de ella. ¡Creo que puedo encontrar el camino ahora!"
Lila, con Verdecita en su mano, comenzó a revolotear alrededor de la habitación. Se detuvo frente a la ventana y, después de unos segundos, dijo: "¡Sí! ¡Por aquí! El Bosque de las Luciérnagas está al este, más allá del parque."
Tomás corrió a la ventana y miró en la dirección que Lila señalaba. No podía ver el bosque, pero confiaba en el hada.
"¡Muchas gracias!" dijo Lila. "No podría haberlo hecho sin vuestra ayuda. Como agradecimiento, os concederé un deseo a cada uno."
Tomás pensó por un momento. Podría pedir un videojuego nuevo, o una bicicleta más grande. Pero, al final, dijo: "Deseo poder entender lo que dice Verdecita."
Lila sonrió. "Concedido."
Luego, se dirigió a Verdecita. "¿Y tú, pequeña lagartija? ¿Qué deseas?"
Verdecita movió la cabeza de arriba abajo y Tomás, para su sorpresa, entendió lo que quería decir: "Deseo que Tomás siempre sea mi amigo."
Lila sonrió de nuevo. "Un deseo muy noble. Concedido."
Con una última mirada de agradecimiento, Lila se despidió y voló hacia el este, con la pequeña Verdecita guiándola hacia el Bosque de las Luciérnagas.
Tomás miró a Verdecita, que ahora estaba de vuelta en el televisor. "¿De verdad querías que siempre fuera tu amigo?" preguntó.
Verdecita asintió con entusiasmo y le dio un pequeño mordisco cariñoso en el dedo.
Tomás sonrió. Ahora, no sólo tenía una compañera para ver la televisión, sino también una amiga a la que podía entender. Y aunque nunca volvió a ver a Lila, el hada despistada, siempre recordaría el día en que una lagartija televisiva y un niño ayudaron a un hada a encontrar su camino a casa.
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