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Gratis · elegí una vozEn el soleado pueblo de Villa Dulce, vivía una niña llamada Yoselin. Era conocida por su sonrisa brillante y su corazón generoso. Le encantaba hornear pasteles y compartirlos con todos sus vecinos. Pero en Villa Dulce también vivía Marian, una niña que, por alguna razón, sentía celos de Yoselin. Marian era conocida por sus travesuras y por intentar siempre ser la mejor en todo, incluso si eso significaba hacer trampas.
Un día, la alcaldesa de Villa Dulce anunció un concurso de pasteles. El premio era una gran canasta llena de dulces y la oportunidad de hornear el pastel de cumpleaños para la fiesta del pueblo. Yoselin estaba muy emocionada. Inmediatamente comenzó a planear su pastel. Quería hacer un pastel de fresas con crema batida, su especialidad.
Marian, al enterarse del concurso, sintió una punzada de envidia. “¡Yo seré la que gane!”, pensó con determinación. En lugar de concentrarse en hornear su propio pastel, Marian decidió que la mejor manera de ganar era sabotear el de Yoselin.
La noche antes del concurso, Marian, sigilosamente, se acercó a la casa de Yoselin. Sabía que Yoselin dejaba sus ingredientes en la mesa de la cocina para tenerlos listos por la mañana. Con mucho cuidado, Marian abrió la ventana de la cocina y, con una cuchara grande, agregó una cantidad enorme de sal al tazón de azúcar de Yoselin. Luego, se escabulló de regreso a su casa, riéndose en voz baja. “¡Mañana Yoselin tendrá una gran sorpresa!”, pensó.
Al día siguiente, Yoselin se levantó temprano y comenzó a hornear su pastel. Siguió su receta al pie de la letra, sin darse cuenta del cambio que Marian había hecho. Mezcló los ingredientes, horneó el pastel y lo decoró con fresas frescas y crema batida. El pastel se veía delicioso, pero al probar un bocado, Yoselin se dio cuenta de que algo andaba muy mal. ¡El pastel estaba horrible! Era increíblemente salado y casi incomible.
Yoselin se sintió muy triste. No entendía qué había pasado. Había seguido la receta como siempre. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Sabía que no podía presentar ese pastel al concurso.
Mientras tanto, Marian estaba radiante. Se sentía segura de que ganaría el concurso. Había horneado un pastel de chocolate que, aunque no era tan bueno como el de Yoselin normalmente, era aceptable.
En el concurso, todos los vecinos se reunieron para probar los pasteles. Marian presentó su pastel de chocolate con una sonrisa triunfal. Luego, llegó el turno de Yoselin. Con la cabeza baja, Yoselin explicó lo que había sucedido. “No sé qué salió mal”, dijo con la voz temblorosa. “Mi pastel está… incomible”.
La alcaldesa, con mucha amabilidad, probó el pastel de Yoselin. Su rostro se contrajo al instante. “¡Oh, cielos! Esto está muy salado”, exclamó. Todos los presentes se sorprendieron.
De repente, un pequeño niño llamado Tomás, que siempre andaba jugando en la calle, se acercó a la mesa. “¡Yo vi a Marian entrar a la cocina de Yoselin anoche!”, dijo con voz clara. “La vi con una cuchara grande”.
Marian se puso roja como un tomate. Negó todo, pero la evidencia era clara. Todos sabían que Tomás decía la verdad. La alcaldesa, con una mirada severa, le preguntó a Marian si era cierto. Después de un momento de silencio, Marian confesó su travesura.
La alcaldesa, aunque decepcionada, decidió darle a Marian una oportunidad de enmendar su error. Le dijo que, en lugar de ganar el concurso, tendría que ayudar a Yoselin a hornear un nuevo pastel para la fiesta del pueblo.
Marian, avergonzada y arrepentida, aceptó la tarea. Trabajó junto a Yoselin, aprendiendo de su paciencia y habilidad. Yoselin, a pesar de lo que había sucedido, perdonó a Marian. Juntas, hornearon un pastel de fresas aún más delicioso que el que Yoselin había planeado originalmente.
En la fiesta del pueblo, todos elogiaron el pastel. Marian se sintió orgullosa de haber contribuido, no por ganar, sino por haber hecho algo bueno. Aprendió que la verdadera alegría no está en ser la mejor a expensas de los demás, sino en trabajar juntos y compartir la felicidad. Marian y Yoselin se convirtieron en buenas amigas, y Marian nunca más volvió a intentar hacer daño a nadie. Aprendió que ser buena persona es mucho más valioso que ganar un concurso. Y el pastel agrio de Marian se convirtió en una dulce lección para todos en Villa Dulce.
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