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Había una vez, en un pueblo donde las nubes parecían algodón de azúcar y los caminos olían a jerez y canela, un grupo de amigos muy especiales. Ellos no eran niños comunes; en el pueblo los llamaban cariñosamente los flipados. No era un insulto, ¡ni mucho menos! Se les decía así porque tenían una capacidad asombrosa para flipar con la vida, para encontrar magia en un charco de agua o una aventura épica en el vuelo de una mosca. Este grupo estaba formado por cinco mentes brillantes: Mateo, el inventor de imposibles; Sofía, la domadora de sombras; Lucas, el traductor de insectos; Valeria, la pintora de vientos; y el pequeño Bruno, que siempre llevaba un casco de cartón porque decía que escuchaba la música de las estrellas.
Lo más sagrado para ellos era su ritual: cada quince días, sin falta, se reunían en La Guarida del Roble, un árbol milenario cuyas ramas eran tan anchas que podían albergar una casa entera. Estos encuentros quincenales eran el motor de su imaginación. Durante los catorce días intermedios, cada uno recolectaba tesoros y asombros para compartir. El reloj de la torre del pueblo marcaba la tarde del sábado esperado, y uno a uno, los flipados llegaban con sus mochilas cargadas de entusiasmo.
—¡Atención, Liga de los Soñadores! —anunció Mateo, ajustándose unas gafas hechas con tapones de botellas de colores—. Hoy el inventario de maravillas es excepcional. He traído un frasco con Suspiros de Montaña. Si lo abrimos un poquito, podemos oler el frío de las cumbres.
Sofía, que siempre vestía una capa negra llena de purpurina, dio un paso adelante. —Eso no es nada, Mateo. Yo he pasado estos quince días entrenando a mi sombra. Ahora, cuando bailo, ella hace una pirueta un segundo después que yo. ¡Es como tener un eco visual! —Y en efecto, al moverse bajo la luz filtrada por las hojas del roble, su sombra parecía tener una personalidad propia y traviesa.
Lucas, sentado en una raíz retorcida, sostenía una lupa de madera. —He estado conversando con una colonia de hormigas coloradas. Me han contado que bajo este roble existe una ciudad de cristal, pero solo se puede ver si parpadeas trece veces seguidas mientras tarareas una canción de cuna. —Todos se pusieron a parpadear y tararear al unísono, y aunque no vieron el cristal, juraron sentir un brillo especial bajo sus pies.
Valeria, por su parte, desplegó un lienzo que parecía transparente. —He atrapado el color del viento del norte —explicó con orgullo—. Es un tono entre el azul del hielo y el gris de un bostezo. Si lo miras fijamente, puedes sentir cómo te despeina el flequillo.
El pequeño Bruno, el más joven del grupo, se mantuvo en silencio hasta el final. Miró a sus amigos con sus ojos grandes y brillantes. —Yo no traigo frascos ni cuadros —dijo tímidamente—. Pero anoche, mientras todos dormían, la Luna me susurró un secreto. Dijo que cada quince días, cuando nos reunimos, el mundo entero se vuelve un poco más brillante porque nuestra alegría sirve de combustible para las estrellas.
Aquella tarde, como todas las tardes quincenales, el grupo de flipados decidió emprender una misión. No necesitaban barcos de vela ni cohetes espaciales de metal; les bastaba con su voluntad. Decidieron que iban a fabricar un Mapa de la Felicidad Invisible. Pasaron horas dibujando rutas que no llevaban a ciudades, sino a momentos: El rincón donde el sol calienta más los hombros, El puente donde los deseos rebotan o El jardín donde las flores te saludan con un guiño.
Mientras el sol comenzaba a esconderse, tiñendo el cielo de naranja y violeta, los cinco amigos compartieron una merienda de pan con chocolate que sabía a gloria bendita. Hablaron de sus miedos, que en ese grupo se volvían pequeñitos como hormigas, y de sus sueños, que crecían hasta alcanzar las nubes. Se dieron cuenta de que lo que los hacía flipados no era estar locos, sino tener el valor de no perder nunca la capacidad de asombro que los adultos a veces olvidan en el fondo de un cajón.
—¿Os habéis fijado? —dijo Mateo de repente—. El mundo parece más grande hoy.
—Es porque lo estamos mirando con ojos nuevos —respondió Valeria, guardando sus pinceles invisibles.
La tarde llegaba a su fin. El ritual de los quince días terminaba, pero la chispa se mantenía encendida. Se despidieron con su saludo secreto: un choque de palmas, un giro sobre un pie y un grito al unísono de: ¡Hasta el próximo asombro!. Cada uno regresó a su casa, caminando de una forma un poco más ligera, como si sus zapatos tuvieran alas. Los vecinos los veían pasar y sonreían, diciendo: Ahí van esos flipados, seguro que han estado salvando el mundo otra vez.
Y en cierto modo, tenían razón. Porque en un mundo que a veces se vuelve demasiado serio y gris, un grupo de amigos que se reúne para celebrar la magia de lo cotidiano es lo más parecido a una liga de superhéroes que existe. Bruno, al llegar a su habitación, se quitó su casco de cartón y miró por la ventana. La Luna le guiñó un ojo, confirmando que las estrellas ya estaban brillando con más fuerza, alimentadas por la risa y la imaginación de cinco niños que se atrevían a flipar con la vida cada quince soles.
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