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Gratis · elegí una vozEn un jardín lleno de colores y aromas dulces, vivía una maceta muy coqueta llamada Margarita. Margarita no era una maceta cualquiera. Ella siempre llevaba con orgullo un enorme girasol amarillo como sombrero. ¡Era su accesorio favorito! El girasol, con sus pétalos dorados, brillaba bajo el sol y hacía que Margarita se sintiera la maceta más elegante de todo el jardín. A Margarita le encantaba charlar con las mariposas que se posaban en su girasol y escuchar las historias de los caracoles que se arrastraban a su alrededor. Su vida era tranquila y llena de alegría.
Un día, mientras el sol calentaba con fuerza, Margarita notó algo inusual. Un pequeño gato, de pelaje gris y ojos grandes y asustados, apareció corriendo entre las flores. Parecía perdido y muy asustado. El gatito, al ver a Margarita con su enorme girasol, pensó que era el lugar perfecto para esconderse. Sin pensarlo dos veces, el gatito comenzó a escarbar rápidamente en la tierra dentro de la maceta, justo debajo del girasol de Margarita. Hizo un hoyo enorme, ¡más grande de lo que una maceta como Margarita jamás había imaginado!
Margarita, al sentir el movimiento y la tierra volando por todas partes, se asustó un poco. “¡Ay, por Dios!”, exclamó Margarita. “¿Qué está pasando aquí? ¡Mi peinado!”. Pero antes de que pudiera decir algo más, el gatito se acurrucó en el hoyo que había hecho y la miró con sus grandes ojos llenos de temor. Margarita pudo ver que el gatito estaba temblando.
“¿Quién eres tú?”, preguntó Margarita con suavidad. “Y ¿por qué estás haciendo un agujero en mi maceta?”.
El gatito, con la voz temblorosa, respondió: “Me llamo Neblina. Me he perdido y tengo mucho miedo. Un perro grande me estaba persiguiendo”.
Margarita sintió lástima por el pequeño Neblina. Olvidándose de su peinado y de la tierra que había ensuciado su maceta, le dijo: “No te preocupes, Neblina. Aquí estarás a salvo. Puedes esconderte todo el tiempo que necesites”.
Neblina se sintió aliviado. Se acurrucó aún más en el hoyo y cerró los ojos. Margarita, con su gran girasol, lo cubrió y lo protegió del sol. Las mariposas, al ver la escena, se posaron alrededor de Margarita y Neblina, formando un círculo de colores.
Pasaron las horas y Neblina se quedó dormido. Margarita, mientras tanto, hablaba con las mariposas y los caracoles sobre el gatito perdido. Los caracoles le contaron que habían visto a una niña buscándolo por todo el jardín. Era una niña con un vestido rosa y un lazo en el pelo.
Margarita, al escuchar esto, tuvo una idea. Cuando Neblina despertó, le dijo: “Neblina, los caracoles han visto a una niña buscándote. Creo que es tu dueña. ¿Quieres que la llame?”.
Neblina, al escuchar esto, se puso muy contento. Asintió con la cabeza y maulló suavemente. Margarita, entonces, le pidió a la mariposa más grande y colorida que volara hasta la niña del vestido rosa y le dijera que Neblina estaba a salvo en la maceta con el girasol.
La mariposa voló rápidamente y encontró a la niña llorando desconsoladamente. Le susurró al oído que Neblina estaba bien y la guio hasta la maceta de Margarita. Cuando la niña vio a Neblina, corrió hacia él y lo abrazó con fuerza. Neblina ronroneó feliz y lamió la cara de la niña.
La niña, con lágrimas en los ojos, le agradeció a Margarita por haber cuidado de Neblina. “Gracias, maceta con girasol”, dijo la niña. “Eres muy amable”.
Margarita se sintió muy feliz de haber ayudado a Neblina. Aunque su peinado estaba un poco desordenado y su maceta llena de tierra, se sentía orgullosa de haber hecho una buena acción. La niña, antes de irse, le regaló a Margarita una pequeña campanilla de viento para que colgara de su girasol. La campanilla, con su suave sonido, llenó el jardín de alegría.
Desde ese día, Margarita y Neblina se hicieron grandes amigos. Neblina visitaba a Margarita todos los días y le contaba sus aventuras. Margarita, por su parte, le contaba historias de las mariposas y los caracoles. Y aunque Neblina había hecho un gran agujero en la maceta de Margarita, ella nunca se lo reprochó. Sabía que lo importante era ayudar a los demás, incluso si eso significaba ensuciarse un poco.
Y así, Margarita, la maceta coqueta con su sombrero de girasol, siguió viviendo feliz en el jardín, rodeada de amigos y llena de alegría, sabiendo que incluso una maceta puede hacer una gran diferencia en la vida de un gatito perdido.
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