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Gratis · elegí una vozLa luz de la luna se colaba suavemente por la ventana, iluminando el rostro de Annabeth. Estaba preciosa, pensó Percy, con el pelo dorado suelto y una sonrisa dulce en sus labios. Se acercó a ella, rodeándola con sus brazos.
"Eres increíble, sesos de alga," susurró Annabeth, inclinándose para besarlo.
"Y tú, lista," respondió Percy, profundizando el beso. El mundo pareció desvanecerse por un instante, solo existían ellos dos en esa burbuja de amor y tranquilidad.
*"¡Waaaaaa!"*
El llanto agudo de Regina rompió el hechizo. Annabeth suspiró, con una mezcla de cansancio y ternura en sus ojos.
"Voy yo," dijo, intentando incorporarse.
Percy suavemente la detuvo, colocando una mano en su brazo. "No, descansa. Yo me encargo." Le dio un beso rápido en la frente y se levantó de la cama.
Entró en la habitación de Regina. La pequeña, con apenas unos meses, estaba sentada en su cuna, con los ojos llenos de lágrimas y el rostro enrojecido.
"¿Qué pasa, mi sirenita?" le preguntó Percy con voz suave, recogiéndola en brazos. "¿Tuviste una pesadilla?"
Regina se aferró a él, sollozando. Percy la meció suavemente, cantándole una antigua canción de marineros que le había enseñado su padre, Poseidón.
"Shhh, shhh... ya pasó, mi amor. Papá está aquí."
La llevó de vuelta con Annabeth, quien la recibió con los brazos abiertos. Annabeth la acurrucó contra su pecho y le cantó una nana en griego antiguo. Poco a poco, Regina se calmó y volvió a dormirse, con la respiración tranquila y pausada.
Cuando Regina estuvo profundamente dormida, Percy y Annabeth salieron de la habitación, cerrando la puerta con cuidado. Se dirigieron a la terraza. La noche era cálida y estrellada. Se acurrucaron juntos en una silla, disfrutando del silencio y la compañía del otro.
De repente, el móvil de Percy vibró, iluminando la oscuridad. Vio el nombre en la pantalla: *Rachel*.
Annabeth frunció el ceño. Rachel Elizabeth Dare era una vieja amiga de Percy, y aunque Annabeth confiaba en él, no podía evitar sentir una punzada de celos. Rachel era una chica hermosa, inteligente y aventurera. Demasiado perfecta, pensó Annabeth.
"¿Quién es?" preguntó Annabeth, con un tono que Percy conocía bien.
"Es Rachel," respondió Percy, sintiendo un nudo en el estómago. Sabía que Annabeth no era fan de Rachel.
Annabeth se levantó de la silla. "Voy a ver si Regina está bien," dijo, sin mirarlo a los ojos.
Percy suspiró y contestó la llamada. "Hola, Rachel... ¿Qué pasa?"
La conversación fue corta y sin importancia. Rachel solo llamaba para preguntarle si necesitaba ayuda con un proyecto de arte que estaba realizando. Pero para Annabeth, cada segundo que Percy pasaba hablando con Rachel era una tortura.
Cuando Percy colgó, fue a buscar a Annabeth. La encontró en la habitación de Regina, de pie junto a la cuna, observando a su hija dormir.
"Annabeth..." comenzó Percy, acercándose a ella.
Ella no respondió, ni siquiera lo miró.
"Sé que no te gusta que hable con Rachel," continuó Percy, "pero es solo una amiga. No hay nada más."
Annabeth asintió, pero su rostro permaneció inexpresivo.
Percy suspiró y suavemente le levantó la barbilla para que lo mirara. Sus ojos grises, normalmente llenos de inteligencia y alegría, estaban ahora nublados por la tristeza y la inseguridad.
"Mírame, lista," dijo Percy con suavidad. "Te amo a ti. Solo a ti. Eres la persona más importante en mi vida. Tú y Regina."
Annabeth lo miró fijamente a los ojos, buscando sinceridad. La encontró.
"Lo sé," dijo en voz baja. "Pero a veces... a veces siento celos. Sé que es estúpido."
"No es estúpido," respondió Percy, acariciando su mejilla. "Es normal. Todos sentimos celos a veces."
Se inclinó y la besó suavemente. Un beso que transmitía amor, comprensión y la promesa de que siempre estarían juntos, enfrentando cualquier obstáculo, incluso los celos marinos.
"Te amo, sesos de alga," susurró Annabeth, apoyando la cabeza en su hombro.
"Y yo a ti, lista," respondió Percy, abrazándola con fuerza. "Siempre."
Se quedaron así, abrazados, hasta que el sol comenzó a asomarse por el horizonte, pintando el cielo de colores cálidos y brillantes. Sabían que la vida estaría llena de desafíos, pero juntos, podrían superarlos todos. Y siempre tendrían el amor, la risa y el llanto ocasional de su pequeña sirenita para recordárselo.
De repente, se escuchó un pequeño gemido proveniente de la cuna. Ambos sonrieron. La aventura continuaba.
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