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Gratis · elegí una vozLuna era una niña diferente. No era que no le gustaran las muñecas o jugar a la rayuela. El problema era que, bueno, estaba un poquito embrujada. No era una brujería maligna, más bien… juguetona. A veces, los objetos levitaban a su alrededor sin que ella lo quisiera. Otras veces, los animales la seguían a todas partes, formando un pequeño cortejo peludo y emplumado. Sus padres, aunque la querían mucho, siempre estaban nerviosos. "¡Luna, por favor, no hagas volar la vajilla durante la cena!" o "¡Luna, cariño, ¿podrías pedirle a los murciélagos que se vayan de la fiesta de cumpleaños de tu abuela?"
Un día, cansada de ser diferente, Luna decidió ir al cementerio del pueblo. Pensó que allí, entre lápidas y cipreses, tal vez encontraría un poco de paz. Llevaba su vestido morado favorito y un gorro que intentaba esconder su pelo, que a menudo brillaba con un aura azulada cuando se sentía emocionada.
Al llegar al cementerio, sintió un escalofrío, pero no de miedo, sino de… ¿familiaridad? Caminó entre las tumbas, leyendo los nombres grabados en la piedra. De repente, una voz suave la sobresaltó.
"¡Hola! Nunca había visto a nadie tan… colorida por aquí."
Luna se giró y vio… un fantasma. No era un fantasma aterrador como los de las películas. Este era pequeño, casi transparente, y tenía una sonrisa traviesa que iluminaba su rostro pálido.
"¡Un fantasma!" exclamó Luna, aunque en realidad no estaba muy sorprendida. Después de todo, era una niña embrujada.
"¡Y tú eres… brillante!" respondió el fantasma, flotando más cerca. "Me llamo Gaspar. ¿Y tú?"
"Luna," dijo la niña, sintiéndose un poco más tranquila. "Estoy… un poco embrujada."
Gaspar soltó una risita suave. "¡Embrujada! ¡Genial! Yo soy el fantasma más aburrido del cementerio. Todos los demás fantasmas saben cómo hacer ruidos espeluznantes y desaparecer a través de las paredes. Yo solo sé… sonreír."
Luna sintió pena por Gaspar. "Yo tampoco soy muy buena en lo de ser embrujada," confesó. "A veces, las cosas simplemente… suceden."
Así comenzó una amistad improbable. Luna visitaba a Gaspar en el cementerio todas las tardes. Le contaba historias de su escuela, de sus amigos (que a veces se asustaban un poco de ella), y de sus padres, que siempre estaban preocupados.
Gaspar, a su vez, le contaba historias del cementerio. Le hablaba de las personas enterradas allí, de sus vidas, de sus sueños. Le enseñó a leer las inscripciones en las lápidas y a imaginar cómo eran las personas que las llevaban.
Un día, Luna estaba especialmente triste. Sus padres habían decidido enviarla a un campamento para “niños especiales”. Luna sabía que “especiales” significaba “niños raros que necesitan aprender a controlar sus poderes”. No quería ir. No quería dejar a Gaspar.
"No te preocupes, Luna," dijo Gaspar, viendo su tristeza. "Estaré aquí. Y cuando regreses, te contaré todas las novedades del cementerio."
Luna abrazó a Gaspar (bueno, lo intentó, pero sus manos simplemente lo atravesaron). "Te voy a extrañar," dijo.
En el campamento, Luna aprendió a controlar sus poderes. Descubrió que no era la única niña “especial”. Había otros niños que podían hacer cosas increíbles, como hablar con los animales, controlar el clima o incluso teletransportarse.
Pero a pesar de todo, Luna extrañaba a Gaspar. Pensaba en él todas las noches, imaginando su sonrisa traviesa flotando entre las lápidas.
Cuando finalmente regresó a casa, lo primero que hizo fue correr al cementerio. Allí estaba Gaspar, esperándola, con su sonrisa aún más brillante que antes.
"¡Luna! ¡Has vuelto!" exclamó Gaspar, flotando a su alrededor con entusiasmo.
"¡Gaspar! ¡Te extrañé mucho!" dijo Luna, sintiéndose feliz de estar de vuelta. Le contó todo sobre el campamento, sobre sus nuevos amigos y sobre todas las cosas que había aprendido.
Gaspar, a su vez, le contó sobre el cementerio. Le dijo que una nueva familia se había mudado a la casa vecina y que los niños a menudo venían a jugar entre las tumbas.
Desde ese día, la amistad de Luna y Gaspar se hizo aún más fuerte. Luna ya no se sentía tan diferente. Sabía que tenía un amigo, un amigo fantasma, que la quería tal como era, con su aura azulada y su manía de hacer levitar objetos. Y Gaspar, por su parte, ya no era el fantasma más aburrido del cementerio. Tenía una amiga, una niña embrujada, que le hacía reír y le contaba historias increíbles. Juntos, la niña embrujada y el fantasma sonriente, encontraron la felicidad en el lugar más inesperado: un cementerio lleno de historias y de amistad.
Luna aprendió que ser diferente no era malo, sino especial. Y Gaspar, aprendió que incluso un fantasma puede encontrar la alegría en la compañía de un amigo.
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