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En un cielo azul, muy, muy alto, vivía una nube llamada Celeste. Pero Celeste no era una nube alegre y juguetona como las demás. Celeste era una nube triste. Siempre tenía un tic-tac de gotas resbalando por su esponjoso cuerpo, como si estuviera constantemente derramando lágrimas. No le gustaba jugar con el viento, ni bailar con las otras nubes. Solo quería estar sola, flotando sin rumbo fijo, derramando sus tristes gotitas.
Un día, mientras Celeste flotaba solitaria, sintió un calorcito en su "espalda". Era el Sol, radiante y brillante, que la miraba con curiosidad.
"Hola, nubecita," dijo el Sol con su voz cálida. "¿Por qué siempre estás tan triste? El cielo es un lugar maravilloso para jugar y reír."
Celeste, sorprendida de que alguien se dirigiera a ella, respondió con un susurro tembloroso: "Es que... no sé por qué estoy triste. Simplemente lo estoy. Y cada vez que trato de sonreír, ¡más gotas caen!"
El Sol, con paciencia infinita, le explicó: "Todas las nubes tienen diferentes trabajos. Algunas traen la lluvia para las plantas, otras dan sombra a los animales. Tal vez tu trabajo es regar el mundo con tus gotitas. Pero no tienes que estar triste mientras lo haces."
Celeste pensó en lo que el Sol le había dicho. Nunca había pensado en sus lágrimas como algo útil. Siempre había creído que eran una molestia. Pero, ¿y si el Sol tenía razón?
"No lo sé, Sol," dijo Celeste. "Es difícil estar alegre cuando uno está mojado y goteando todo el tiempo."
El Sol sonrió aún más brillante. "Te mostraré algo," dijo. "Cierra los ojos y siente mi calor."
Celeste cerró los ojos. El calor del Sol era reconfortante y suave. Sintió como si sus gotitas se calentaran y se volvieran más ligeras. De repente, sintió una chispa de alegría en su interior.
"¿Lo sientes?" preguntó el Sol.
Celeste asintió. "Sí... siento algo diferente. Es como... una cosquilla."
"Esa es la alegría," dijo el Sol. "Está dentro de ti, solo tienes que dejarla salir."
El Sol tuvo que irse a iluminar otras partes del mundo, pero antes de partir, le dijo a Celeste: "Esta noche, mira a la Luna. Ella te mostrará otra forma de encontrar la felicidad."
Cuando el Sol se fue, Celeste se sintió un poco menos triste. Todavía goteaba, pero las gotas ya no parecían tan pesadas. Esperó con impaciencia a que llegara la noche.
Cuando finalmente la Luna apareció en el cielo, Celeste se sorprendió de su belleza. La Luna era plateada y suave, y brillaba con una luz misteriosa.
"Hola, Celeste," dijo la Luna con su voz suave y melodiosa. "El Sol me contó que estás un poco triste."
"Sí," dijo Celeste. "Pero el Sol me ayudó un poco. Me dijo que mis lágrimas podrían ser útiles."
"Así es," dijo la Luna. "Y yo te mostraré otra cosa. Mira a las estrellas."
Celeste miró a las estrellas. Eran miles, brillantes y parpadeantes. Cada una era diferente, pero todas brillaban juntas en armonía.
"Cada estrella es única," dijo la Luna. "Y cada una brilla con su propia luz. Tú también eres única, Celeste. Y tienes tu propia luz, incluso si está un poco escondida detrás de tus gotitas."
La Luna le explicó que la tristeza a veces es necesaria. Que las lágrimas limpian el corazón y nos ayudan a apreciar la alegría. Le contó historias de estrellas que habían pasado por momentos difíciles y que habían aprendido a brillar aún más después de la oscuridad.
"No tengas miedo de sentir," dijo la Luna. "Siente la tristeza, pero también siente la alegría. Y recuerda que siempre hay luz en la oscuridad."
Celeste miró a las estrellas y luego a la Luna. Sintió una nueva esperanza en su corazón. Tal vez no tenía que ser triste todo el tiempo. Tal vez podía encontrar la felicidad incluso mientras derramaba sus gotitas.
Desde esa noche, Celeste ya no fue la misma nube triste. Aceptó sus lágrimas como parte de sí misma, pero también aprendió a buscar la alegría en las pequeñas cosas. Jugaba con el viento de vez en cuando, saludaba al Sol cuando la calentaba y escuchaba las historias de la Luna por la noche.
Y aunque todavía goteaba, sus lágrimas ya no eran solo de tristeza. A veces eran de alegría, a veces de gratitud, y a veces simplemente porque el cielo era hermoso. Y eso, al final, era suficiente. Celeste, la nube que antes era solo triste, se convirtió en la nube que regaba el mundo con un poco de amor y un poquito de alegría.
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