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En el año 2142, la ciudad de Neópolis era un desierto de luces de neón y hologramas. No existían las mochilas pesadas ni las bibliotecas de madera; todo el conocimiento del mundo residía en una gran nube digital. Dominick, un niño de once años con el cabello ondulado muy cortito y una cara redondeada que siempre lucía curiosa, caminaba por los niveles inferiores del sector antiguo. Con sus 145 centímetros de altura, era ágil para escabullirse entre los cables de fibra óptica que colgaban como lianas metálicas.
Esa tarde, mientras buscaba piezas de repuesto para su dron, Dominick encontró algo imposible: un objeto rectangular, pesado y cubierto de un polvo grisáceo. No tenía pantalla ni botones. Al abrirlo, sintió el aroma de la vainilla vieja y el bosque seco. Sus ojos marrones se abrieron de par en par. ¡Era un libro! El último libro físico en la faz de la Tierra.
Sabiendo que un hallazgo así debía ser compartido, Dominick convocó a su equipo de confianza en su guarida secreta. El primero en llegar fue Mathias, quien medía exactamente lo mismo que Dominick. Mathias, de piel trigueña y cabello castaño oscuro, se ajustó sus lentes negros con nerviosismo. 'Dominick, esto es material orgánico altamente inflamable según los manuales digitales', advirtió, aunque sus ojos brillaban de emoción.
Pronto llegó Mariano, el más alto del grupo con sus 1,68 metros. Su cabello ondulado y chiquito estaba algo despeinado por la carrera. 'Déjenme ver', dijo con su voz pausada, mirando el objeto con sus profundos ojos marrones. Junto a él, Yoko, una chica trigueña de 1,58 metros, se acomodó sus lentes de color marrón muy claro. Su larga cabellera negra caía por su espalda como una cascada. 'He leído sobre esto en los archivos prohibidos', susurró Yoko. 'Se llama papel, y lo que contiene no son datos, sino alma'.
Priscilla, una niña blanca de 1,61 metros, se acercó con una sonrisa que dejaba ver sus brackets rosas. '¡Es hermoso!', exclamó, mientras sus ojos marrón oscuro seguían las letras impresas. 'Miren estas ilustraciones, no se mueven, pero parecen tener vida propia'. Finalmente, la pequeña Lucero, de apenas 1,35 metros, se asomó por debajo del brazo de Mariano. Sus lentes verde agua reflejaban las páginas amarillentas y su cabello castaño caía sobre sus hombros. 'Dice que es una historia de un reino que no necesitaba electricidad para ser feliz', observó Lucero con asombro.
Sin embargo, la paz duró poco. Las alarmas de los 'Limpiadores de Datos' comenzaron a sonar. En Neópolis, cualquier objeto físico no catalogado era considerado basura y debía ser desintegrado. Los seis amigos sabían que debían proteger el libro. 'Tenemos que llevarlo al Refugio de la Memoria', ordenó Mariano, asumiendo el liderazgo por su altura y calma.
Comenzó una persecución vibrante por los callejones de la ciudad. Mathias utilizaba su tableta para hackear las puertas automáticas, mientras Dominick guiaba al grupo por los conductos de ventilación que solo él conocía. Priscilla y Yoko cuidaban que el libro no se humedeciera con el vapor de las tuberías, envolviéndolo en una chaqueta impermeable. Lucero, siendo la más pequeña, se encargaba de vigilar los rincones bajos donde los robots rastreadores solían esconderse.
En un momento crítico, un dron de limpieza los acorraló en un callejón sin salida. Priscilla, con valentía, usó el reflejo de sus brackets rosas y la luz de una linterna para cegar momentáneamente los sensores del robot, dándoles tiempo para escapar por una trampilla. Yoko recordó un mapa antiguo que había visto en el libro y guio al grupo a través de un pasaje olvidado que llevaba directamente al corazón de la vieja biblioteca central, ahora convertida en un museo de servidores.
Allí, encontraron un pedestal vacío que parecía esperar por ellos. Dominick, con manos temblorosas, colocó el libro en su lugar. Al hacerlo, una luz cálida y anaranjada, muy distinta al frío azul del neón, iluminó la sala. Los seis amigos se tomaron de las manos. Habían salvado la imaginación. Dominick miró a Mathias, Mariano, Yoko, Priscilla y Lucero, y supo que, aunque el mundo fuera digital, ellos siempre serían los guardianes de las historias reales. El último libro de la Tierra ya no estaba solo; ahora tenía seis protectores que aprenderían a leer sus páginas y a contar sus cuentos a las generaciones futuras.
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