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Ni bien me quedé dormido comencé a soñar. Soñé con que mi abuela, al verme tan triste, pensó en comprarme la pelota que estaba en el almacén del pueblo. Era una pelota brillante, de cuero cosido con hilos dorados, y cada vez que la veía, un nudo se me hacía en la garganta. No teníamos mucho dinero, pero mi abuela Lala siempre encontraba la manera de hacerme sonreír.
En mi sueño, la vi a mi abuela con su delantal floreado, observándome con esos ojos llenos de amor. "¡No te preocupes, mi niño!", me dijo en mi sueño, "¡Ya verás cómo conseguimos esa pelota!".
Juntos, en mi sueño, comenzamos a trabajar cada día más y más duro en la huerta y en los frutales de la abuela Lala. ¡Qué huerta más maravillosa tenía mi abuela! Limoneros cargados de limones amarillos y jugosos, manzanos con manzanas rojas y verdes, tangerinos dulces y fáciles de pelar, naranjos llenos de naranjas brillantes como el sol, perales con peras jugosas y dulces, durazneros con duraznos suaves y aterciopelados, bananeros con racimos de bananas amarillas, plátanos grandes y verdes, ciruelos con ciruelas moradas y brillantes, ¡y hasta arazales! Era un paraíso de sabores y colores.
Cada mañana, al salir el sol, ya estábamos en la huerta, regando las plantas, quitando las malas hierbas y cosechando los frutos maduros. La abuela Lala era una experta en la huerta. Sabía cuándo regar, cuándo abonar y cómo proteger las plantas del sol y del viento. Yo la ayudaba en todo lo que podía, aprendiendo de sus sabios consejos. Recuerdo que me decía: "La tierra nos da todo lo que necesitamos, si la cuidamos con amor y dedicación".
Todos los días, llegaban vecinos de todas partes a comprar los productos frescos de la huerta de la abuela Lala. Venían desde el pueblo, desde las aldeas cercanas, e incluso desde la ciudad. Les encantaban los limones para hacer limonada, las manzanas para preparar tartas, las mandarinas para el desayuno, las naranjas para el jugo, las peras para la merienda, los duraznos para la mermelada, las bananas para los batidos, los plátanos para freír, las ciruelas para el postre, y los arazales para hacer dulces. Todos sabían que los productos de la abuela Lala eran los más frescos y deliciosos de la región.
Fue así que, en mi sueño, la abuela Lala comenzó a tener más dinero. Cada día vendía más frutas y verduras, y cada día su sonrisa se hacía más grande. Trabajábamos juntos desde el amanecer hasta el atardecer, pero no nos importaba. Sabíamos que cada gota de sudor nos acercaba más a nuestro objetivo: comprar la pelota brillante del almacén.
Tanto dinero ganó la abuela Lala en mi sueño, que le alcanzó para comprar mucha comida rica y nutritiva para los dos. Compró arroz, frijoles, carne, pollo, pescado, huevos, leche, pan, queso, y muchas frutas y verduras. ¡Nunca habíamos comido tan bien! Pero lo más importante es que le alcanzó para comprarme la pelota que tanto quería. ¡La pelota brillante de cuero cosido con hilos dorados!
También le alcanzó para arreglar la casa. Pintó las paredes de colores alegres, arregló el techo que goteaba, compró muebles nuevos, y puso cortinas floreadas en las ventanas. La casa de la abuela Lala nunca había estado tan linda y acogedora. Era como un hogar de cuento de hadas.
Desde el primer día que tuve mi pelota nueva, hice todo con ella. Jugaba en el patio, la pateaba contra la pared, la lanzaba al aire, y la atrapaba con mis manos. Me bañaba con ella en la tina, la limpiaba con cuidado y la secaba con una toalla suave. Comía con ella en la mesa, la sentaba a mi lado, y le compartía mis galletas. Dormía con ella en mi cama, abrazándola junto a mis peluches favoritos. ¡Hasta hacía las compras con ella en el mercado! La llevaba en mi carrito y la presentaba a todos los vendedores.
Nunca había sido tan feliz en toda mi vida. La pelota brillante de la abuela Lala me había llenado de alegría y felicidad. Pero lo más importante no era la pelota en sí, sino el amor y el esfuerzo que mi abuela había puesto para conseguirla. Sabía que ella me amaba con todo su corazón, y eso era lo que me hacía sentir tan especial.
Un día, mientras jugaba con mi pelota en el patio, la lancé muy alto y la pelota cayó dentro de un pozo profundo que no había visto antes. Estaba muy oscuro y lleno de agua. Intenté alcanzarla, pero era imposible. Estaba muy triste. Mi abuela me vio y me abrazó. Me dijo: "No te preocupes, mi niño. Lo más importante es que estás bien. La pelota es solo una cosa, y podemos conseguir otra".
Pero yo sabía que esa pelota era especial. No era solo una pelota, era un símbolo del amor de mi abuela. Entonces, en mi sueño, tuve una idea. Le pedí a la abuela Lala que me ayudara a construir una cuerda larga con nuestras sábanas viejas. Atamos una cubeta al final de la cuerda y la bajamos al pozo. Con mucho cuidado, logré enganchar la pelota en la cubeta y la subimos.
La pelota estaba sucia y mojada, pero no importaba. La limpié con mucho cariño y la abracé con fuerza. Mi abuela sonrió y me dijo: "Ves, mi niño? Con trabajo en equipo y un poco de ingenio, podemos superar cualquier obstáculo".
Desde ese día, valoré aún más mi pelota y el amor de mi abuela. Aprendí que las cosas materiales no son lo más importante en la vida, sino el amor, la amistad y el trabajo en equipo. Y, sobre todo, aprendí que la felicidad se encuentra en las pequeñas cosas, como jugar con una pelota brillante y tener una abuela que te ama incondicionalmente.
Cuando desperté, el sol entraba por la ventana. Corrí a abrazar a mi abuela y le di un beso. Sabía que mi sueño era una promesa de que, juntos, podríamos lograr cualquier cosa.
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