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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un jardín lleno de flores de colores y árboles juguetones, dos amigos inseparables llamados Sofía y Tomás. Sofía tenía el cabello rizado como un ovillo de lana dorada y unos ojos brillantes como dos estrellas. Tomás, por su parte, lucía un corte de pelo travieso y una sonrisa que contagiaba alegría a todo el mundo.
Todos los días, después de terminar sus tareas, Sofía y Tomás se reunían en el jardín para jugar. Les encantaba inventar juegos nuevos, construir castillos de arena imaginarios y contar historias de piratas y princesas. Pero su juego favorito, sin duda alguna, era jugar con la pelota. Tenían una pelota de colores brillantes, con franjas rojas, azules, amarillas y verdes, que parecía un arcoíris en movimiento. La llamaban Saltarín, porque siempre rebotaba con mucha energía y alegría.
Un día soleado, mientras Sofía y Tomás jugaban con Saltarín, la pelota salió disparada con más fuerza de lo habitual. ¡Zas! Saltarín rodó y rodó, cruzando el jardín, pasando por debajo de la cerca y… ¡ay no! ¡Saltarín había ido a parar a la calle! Sofía y Tomás se quedaron paralizados, observando con preocupación cómo su querida pelota se encontraba en medio del peligro.
La calle era un lugar ruidoso y ajetreado, llena de autos que pasaban a toda velocidad. Sofía y Tomás sabían que era peligroso acercarse a la calle sin la compañía de un adulto, pero no querían perder a Saltarín. Se miraron el uno al otro, con los ojos llenos de incertidumbre. ¿Qué iban a hacer?
De repente, un auto grande y rojo pasó a toda velocidad por la calle. ¡Crash! El auto pasó justo por encima de Saltarín. Sofía y Tomás gritaron al unísono. Corrieron hacia la calle, con el corazón latiendo a mil por hora. Cuando llegaron al lugar donde había estado Saltarín, solo encontraron pedazos de goma de colores esparcidos por el asfalto. Su querida pelota Saltarín… ¡estaba rota!
Los ojos de Sofía se llenaron de lágrimas. Tomás la abrazó con fuerza, tratando de consolarla. Estaban muy tristes. Saltarín era más que una simple pelota; era su compañera de juegos, su amiga, su fuente de alegría. La habían perdido para siempre.
Regresaron al jardín, cabizbajos y desanimados. El jardín, que antes les parecía un lugar mágico y divertido, ahora lucía triste y vacío. Se sentaron en el césped, sin decir una palabra. El silencio era interrumpido solo por los sollozos de Sofía.
Después de un rato, la mamá de Tomás salió al jardín. Al ver a los niños tan tristes, se acercó a ellos y les preguntó qué había pasado. Sofía, entre lágrimas, le contó la historia de Saltarín y el auto rojo. La mamá de Tomás escuchó con atención y luego les sonrió con dulzura.
"No se preocupen, niños", dijo la mamá de Tomás. "Sé lo mucho que querían a Saltarín, pero no hay que estar tristes por mucho tiempo. ¡Tengo una sorpresa para ustedes!"
La mamá de Tomás entró a la casa y regresó con una caja grande y colorida. Sofía y Tomás la miraron con curiosidad. ¿Qué habría dentro de la caja?
La mamá de Tomás abrió la caja y… ¡oh, sorpresa! Dentro había una pelota nueva, aún más grande y brillante que Saltarín. Tenía los mismos colores, pero aún más vivos y alegres. Sofía y Tomás gritaron de alegría y corrieron a abrazar a la mamá de Tomás.
"¡Gracias, gracias!", exclamaron los niños al unísono. "¡Es la pelota más hermosa que hemos visto en nuestra vida!"
Tomás y Sofía tomaron la nueva pelota y corrieron a jugar al jardín. La pelota rebotaba con la misma energía y alegría que Saltarín. Los niños se reían y corrían, olvidando la tristeza que habían sentido antes. El jardín volvió a llenarse de risas y alegría.
Desde ese día, Sofía y Tomás aprendieron una lección importante: aunque a veces las cosas malas suceden, siempre hay motivos para ser felices. Y aunque perdieron a Saltarín, encontraron una nueva amiga con quien compartir sus juegos y aventuras. Y lo más importante de todo, aprendieron que la amistad y el cariño son los tesoros más valiosos que existen.
Abrazaron la nueva pelota con mucho cariño y siguieron jugando felices en el jardín, bajo el sol brillante y las flores de colores. Y cada vez que veían un arcoíris en el cielo, se acordaban de Saltarín y sonreían, sabiendo que siempre estaría en sus corazones.
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