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En un jardín soleado, donde las abejas zumbaban y las mariposas danzaban, vivía una pequeña margarita llamada Margarita. Pero Margarita no era como las demás flores. Mientras que las otras margaritas se reían con el viento y estiraban sus pétalos hacia el sol, Margarita se mantenía encorvada, con sus pétalos caídos y su cabecita gacha.
"¿Qué te pasa, Margarita?" le preguntaba la abeja Berta, mientras recolectaba néctar de sus amigas. "¿Por qué estás tan triste?"
Margarita suspiraba. "No lo sé, Berta. Simplemente no me siento feliz. Veo a todas las demás flores tan alegres, y yo… yo solo siento un vacío aquí dentro." Señalaba con una hojita su pequeño centro amarillo.
Berta, preocupada por su amiga, fue a contarle al viejo sauce sabio del jardín. El sauce, con sus ramas largas y sus hojas temblorosas, había visto pasar muchas estaciones y conocía los secretos del corazón de las plantas.
"La tristeza es como una sombra," dijo el sauce con voz grave. "A veces, incluso en el jardín más soleado, una sombra puede aparecer. Margarita necesita encontrar su propia luz interior."
Berta regresó junto a Margarita y le contó lo que había dicho el sauce. Margarita escuchó atentamente, pero sus pétalos seguían caídos. "¿Mi propia luz interior? ¿Cómo la encuentro?" preguntó con voz apagada.
Berta pensó un momento. "Tal vez," dijo, "necesitas algo que te haga sentir importante. ¿Qué te gustaría hacer, Margarita?"
Margarita nunca se había hecho esa pregunta. Siempre había estado tan ocupada sintiéndose triste que nunca había pensado en lo que le gustaba. Cerró sus pétalos y pensó con fuerza. De repente, una idea floreció en su mente.
"Me gustaría… me gustaría ayudar a alguien," dijo tímidamente. "Pero ¿qué puedo hacer? Soy solo una pequeña margarita."
Berta sonrió. "¡Claro que puedes! Puedes ofrecer tu néctar a las abejas cansadas, puedes dar sombra a los pequeños escarabajos, puedes alegrar el día de alguien con tu belleza."
Margarita abrió sus pétalos lentamente. Por primera vez en mucho tiempo, sintió una pequeña chispa de esperanza. Decidió probar. Al día siguiente, cuando una abeja muy anciana, casi sin fuerzas para volar, se acercó, Margarita estiró sus pétalos y le ofreció su néctar. La abeja bebió con avidez y, con renovadas energías, pudo regresar a su colmena.
Margarita sintió una calidez extraña en su interior. Era una sensación diferente a la tristeza. Era… satisfacción. Luego, un pequeño escarabajo se escondió bajo sus hojas para protegerse del sol abrasador. Margarita sintió que su corazón, antes tan vacío, se llenaba un poquito más.
Con el paso de los días, Margarita siguió ayudando a los demás. Ofrecía su néctar, daba sombra, y simplemente se esforzaba por ser una margarita amable y generosa. Lentamente, sus pétalos comenzaron a levantarse y su cabecita dejó de estar gacha. Empezó a notar la belleza del jardín, el canto de los pájaros, el aroma de las rosas.
Pero, una tarde, una gran tormenta azotó el jardín. El viento soplaba con furia, la lluvia caía a cántaros y las plantas se balanceaban de un lado a otro. Margarita luchó con todas sus fuerzas para mantenerse en pie, pero el viento era demasiado fuerte. Una ráfaga la arrancó de la tierra y la lanzó contra una roca.
Margarita sintió un dolor agudo y supo que su tiempo había llegado. Con sus últimas fuerzas, pensó en todos los amigos a los que había ayudado, en la alegría que había encontrado en dar. Ya no sentía tristeza, solo paz.
Al día siguiente, cuando el sol volvió a brillar, el jardín se veía devastado. Las flores estaban caídas, las hojas rotas y la tierra encharcada. Berta, la abeja, buscó a Margarita por todas partes, pero solo encontró un pequeño pétalo blanco junto a la roca. Lloró amargamente.
Sin embargo, unas semanas después, algo sorprendente sucedió. En el lugar donde había caído Margarita, brotaron muchas margaritas pequeñas, más alegres y hermosas que nunca. Parecía que la bondad de Margarita había dado fruto, multiplicándose en cientos de pequeñas flores que llenaron el jardín de alegría y esperanza. Y aunque Margarita ya no estaba allí, su espíritu vivía en cada una de ellas, recordándoles la importancia de ayudar a los demás y de encontrar su propia luz interior. Al final, Margarita, aunque murió, dejó un legado de amor y felicidad que perduró por siempre en el jardín.
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