Cuento corto para niños

¡La Qarachupa Preocupada y el Utushcuro Orgulloso!

Una bondadosa qarachupa ayuda a un utushcuro hambriento, pero este, al recuperarse, se vuelve arrogante e ingrato. Mientras tanto, un leñador se enfrenta a Ukumari con la ayuda de un zorro astuto. La qarachupa aprende una valiosa lección sobre la bondad y la importancia de la valentía.

A partir de: [9:22 a.m., 28/6/2025] Magdalena Juipa: LA QARACHUPA Y EL UTUSHCURO Caminaba distraída una qarachupa, cuando reparó en un utushcuro, triste y abatido, que presa de hambre iba jadeante, arrastrándose penosamente por entre las malezas de un matorral. —Oruguita, ¿a dónde vas? —preguntóle la muca. —A roer la raíz de las yerbas —respondió con voz apagada y trémula. Pasó el invierno con sus hielos y sequías, sus inclemencias y rigores; vino la primavera con sus lluvias y rocíos, sus flores y sus frutos. Volviéronse nuevamente a encontrar los camaradas, y ya con la cabeza erguida e inflado de orgullo, el irascible gusano deslizábase infatuado por entre las cañas y mazorcas de un tupido maizal, sin dignarse mirar a la qarachupa, que, sorprendida por ese cambio y extrañada de tanta arrogancia, le interroga… [9:24 a.m., 28/6/2025] Magdalena Juipa: UKUMARI Dicen que había un leñador que había ido al cerro a hacer leña. Estaba haciendo leña el hombre. Cuando estaba trabajando, se le apareció Ukumari y le dijo: “Oye, hombre. Oye, hombre. Apúrate, haz leña. Tengo hambre”. El hombre le contestó: “¿Cómo, pues, señor? Yo mantengo a mi mujer y a mis hijos. ¿Cómo, pues, me vas a comer?” Ukumari le contestó: “Apúrate, apúrate, ya me ha cerrado el hambre”. Ukumari, entonces, se echó a dormir al suelo, y el hombre sufría haciendo leña. Un zorro que venía de lejos se le apareció al hombre. Cuando se apareció, el hombre le dijo: “Señor, este Ukumari está dormido casi junto a mí. Me dice ‘Apúrate, apúrate, que tengo mucha hambre’. Y a mis hijos, y a mi mujer, ¿quién los va a mantener?, le contestó. Así me quiere comer”. Así le dijo al zorro que lo escuchaba callado. Después, el zorro hablo: “Ven, ésto te voy a decir: cuando yo esté en el morro, agárrame al padrillo (de las ovejas). Yo te voy a preguntar: ‘¿No está Ukumari por ahí? Bastantes montoneros estamos buscándole, le vamos a cortar la cabeza’”. Así le dijo el zorro al hombre. Después, se fue al morro y de ahí empezó a hablar: “Oye, hombre, ¿no está Ukumari por ahí? Todos los montoneros estamos buscándolo para matarlo, para cortarle la cabeza”. Entonces, Ukumari se despertó y le dijo al hombre que contestara diciendo que él no estaba. El hombre dijo: “No está aquí, señor”. El zorro volvió a preguntar: “¿Qué cosa es lo que está echado a tu lado?” Ukumari, despacito, le dijo al leñador que contestara: “Es un tronco que está a mi lado”. Entonces, el zorro le dijo al hombre: “A ver, tira con tu hacha al tronco”. Ukumari le dijo al hombre: “Tírame suavecito”. El hombre, entonces, tiró suavecito, con su hacha, una, dos veces, pero a la tercera, le cortó el cuello a Ukumari. Así lo mató. Entonces el zorro bajó. En recompensa al favor que el zorro le había hecho, el leñador agarró un buen carnero y se lo dio. El zorro se lo llevó para comer.

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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Una mañana soleada, una qarachupa, con su caparazón brillante y sus patitas cortas, caminaba distraída entre las flores silvestres. De repente, se detuvo al ver un utushcuro, un gusanito, tirado en el suelo. El pobre utushcuro se veía triste y abatido. Parecía que no había comido en días.

—Oruguita, ¿a dónde vas? —preguntó la qarachupa con su voz suave y melodiosa.

El utushcuro levantó la cabeza con dificultad. Sus ojitos estaban apagados y su cuerpo temblaba.—A roer la raíz de las yerbas —respondió con voz apagada y trémula—. El invierno fue muy duro. Hizo mucho frío y no encontré nada para comer. Ahora estoy muy débil.

La qarachupa sintió mucha pena por el utushcuro. Ella recordaba el invierno. Había sido difícil para todos los animalitos del bosque. La qarachupa era una criatura bondadosa, así que decidió ayudar al pequeño gusano.

—No te preocupes, amiguito —dijo la qarachupa—. Te ayudaré a encontrar comida. Conozco un lugar donde crecen unas hojas muy tiernas y jugosas.

Y así, la qarachupa y el utushcuro se fueron juntos en busca de comida. La qarachupa caminaba lentamente, esperando a que el utushcuro la siguiera. El utushcuro se arrastraba penosamente, pero no se rendía. Sabía que la qarachupa lo ayudaría.

Después de un rato, llegaron a un pequeño jardín lleno de plantas verdes y exuberantes. La qarachupa señaló las hojas más tiernas y le dijo al utushcuro que comiera todo lo que pudiera.

El utushcuro, agradecido, empezó a comer con voracidad. Comió y comió hasta que su pancita estuvo llena. Se sentía mucho mejor. La qarachupa lo observaba con una sonrisa. Le daba mucha alegría poder ayudar a los demás.

Pasó el invierno con sus hielos y sequías, sus inclemencias y rigores; vino la primavera con sus lluvias y rocíos, sus flores y sus frutos. El sol brillaba con fuerza y los pájaros cantaban alegremente. Todo era vida y color.

Un día, la qarachupa caminaba por el mismo lugar donde había encontrado al utushcuro. Para su sorpresa, lo vio nuevamente. Pero esta vez, el utushcuro era muy diferente. Estaba grande, fuerte y lleno de colores brillantes. Era una oruga hermosa y orgullosa.

Volviéronse nuevamente a encontrar los camaradas, y ya con la cabeza erguida e inflado de orgullo, el irascible gusano deslizábase infatuado por entre las cañas y mazorcas de un tupido maizal, sin dignarse mirar a la qarachupa.

La qarachupa, sorprendida por ese cambio y extrañada de tanta arrogancia, le interroga…

—¡Utushcuro! ¿Eres tú? —preguntó la qarachupa con asombro.

El utushcuro la miró con desdén. —Sí, soy yo. ¿Y qué quieres?

La qarachupa no podía creer lo que oía. ¿Cómo podía ser tan ingrato después de que ella lo había ayudado?

—¿No te acuerdas de mí? —dijo la qarachupa—. Yo te ayudé cuando estabas hambriento y débil.

El utushcuro se encogió de hombros. —Eso fue hace mucho tiempo. Ahora soy fuerte y no necesito la ayuda de nadie.

La qarachupa se sintió muy triste. Se dio cuenta de que el utushcuro había cambiado para mal. La bondad y la gratitud habían desaparecido de su corazón.

La qarachupa suspiró y se alejó en silencio. No quería discutir con el utushcuro. Sabía que no valía la pena. Prefería recordar al pequeño gusano hambriento que había conocido antes.

Mientras tanto, lejos de allí, en las montañas, vivía un leñador que había ido al cerro a hacer leña. Estaba haciendo leña el hombre. Cuando estaba trabajando, se le apareció Ukumari, un oso andino, y le dijo: “Oye, hombre. Oye, hombre. Apúrate, haz leña. Tengo hambre”.

El hombre le contestó: “¿Cómo, pues, señor? Yo mantengo a mi mujer y a mis hijos. ¿Cómo, pues, me vas a comer?”

Ukumari le contestó: “Apúrate, apúrate, ya me ha cerrado el hambre”. Ukumari, entonces, se echó a dormir al suelo, y el hombre sufría haciendo leña.

Un zorro que venía de lejos se le apareció al hombre. Cuando se apareció, el hombre le dijo: “Señor, este Ukumari está dormido casi junto a mí. Me dice ‘Apúrate, apúrate, que tengo mucha hambre’. Y a mis hijos, y a mi mujer, ¿quién los va a mantener?, le contestó. Así me quiere comer”.

Así le dijo al zorro que lo escuchaba callado. Después, el zorro hablo: “Ven, ésto te voy a decir: cuando yo esté en el morro, agárrame al padrillo (de las ovejas). Yo te voy a preguntar: ‘¿No está Ukumari por ahí? Bastantes montoneros estamos buscándole, le vamos a cortar la cabeza’”.

Así le dijo el zorro al hombre. Después, se fue al morro y de ahí empezó a hablar: “Oye, hombre, ¿no está Ukumari por ahí? Todos los montoneros estamos buscándolo para matarlo, para cortarle la cabeza”.

Entonces, Ukumari se despertó y le dijo al hombre que contestara diciendo que él no estaba. El hombre dijo: “No está aquí, señor”.

El zorro volvió a preguntar: “¿Qué cosa es lo que está echado a tu lado?” Ukumari, despacito, le dijo al leñador que contestara: “Es un tronco que está a mi lado”.

Entonces, el zorro le dijo al hombre: “A ver, tira con tu hacha al tronco”. Ukumari le dijo al hombre: “Tírame suavecito”.

El hombre, entonces, tiró suavecito, con su hacha, una, dos veces, pero a la tercera, le cortó el cuello a Ukumari. Así lo mató.

Entonces el zorro bajó. En recompensa al favor que el zorro le había hecho, el leñador agarró un buen carnero y se lo dio. El zorro se lo llevó para comer.

La qarachupa, al enterarse de la valentía del leñador y la astucia del zorro, comprendió que la bondad no siempre es recompensada, pero la valentía y la inteligencia siempre triunfan. Y aunque el utushcuro la había decepcionado, ella seguiría siendo bondadosa con todos los seres vivos.

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Publicado el 14/04/2026

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