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Gratis · elegí una vozEn un pequeño pueblito de los Andes, cuando llegaba el mes de noviembre, las familias se preparaban para una fiesta muy especial: el Día de Todos los Santos. Ese día, los hogares se llenaban del dulce aroma del pan recién horneado.
En la casa de Rosita, su abuela le enseñaba a preparar la tanta wawa, un pan en forma de niño, decorado con colores, caramelos y una carita sonriente.
—"Hijita, la tanta wawa representa a nuestros seres queridos que ya están en el cielo" —le decía la abuela mientras amasaban la harina con cariño.
Rosita escuchaba atenta y formaba con sus pequeñas manos una wawa gordinflona y alegre. Cuando el pan salió del horno, doradito y perfumado, ella le puso una mantita de papel de colores.
Al día siguiente, fueron al cementerio. Rosita colocó su tanta wawa junto a las flores y le dijo a su abuelito que estaba en el cielo:
—"Abuelito, esta wawa es para ti, con todo mi amor".
Esa noche, mientras el viento soplaba suave, Rosita soñó con su abuelito. Él sonreía y sostenía la wawa en sus manos.
—"Gracias, mi pequeña, tu amor me llega hasta aquí", le dijo.
Desde entonces, cada año Rosita prepara su tanta wawa recordando que el pan no solo alimenta el cuerpo, sino también el corazón.
Rosita vivía en un valle rodeado de imponentes montañas, donde el sol brillaba con fuerza y el aire olía a hierbas silvestres. Le encantaba ayudar a su abuela en la cocina, especialmente cuando se acercaba el Día de Todos los Santos. La abuela, con sus manos arrugadas por el tiempo y su sonrisa llena de sabiduría, le transmitía los secretos de la cocina andina.
Un día, mientras amasaban la harina para la tanta wawa, Rosita preguntó: “Abuela, ¿por qué hacemos tanta wawa para los abuelitos que ya no están con nosotros?”.
La abuela, con voz suave, respondió: “Porque el amor nunca muere, hijita. La tanta wawa es una forma de recordar a nuestros seres queridos y de demostrarles que siempre los llevamos en nuestro corazón. El pan es alimento, pero también es símbolo de cariño y de unión”.
Rosita, conmovida por las palabras de su abuela, puso aún más empeño en la preparación de la wawa. Moldeó la masa con cuidado, le puso ojos de caramelo y una boca sonriente. Luego, con la ayuda de su abuela, decoró el pan con confites de colores, creando un diseño alegre y festivo.
Cuando la tanta wawa salió del horno, Rosita sintió una gran alegría. Era la wawa más hermosa que había hecho en su vida. La envolvió en una mantita de papel de colores y la guardó con mucho cariño.
Al día siguiente, Rosita y su abuela fueron al cementerio. El lugar estaba lleno de flores, velas y familias que recordaban a sus difuntos. Rosita caminó hasta la tumba de su abuelito y colocó la tanta wawa junto a las flores. Cerró los ojos y le habló en voz baja:
“Abuelito, te quiero mucho. Esta wawa es para ti, para que sepas que nunca te olvidamos”.
Esa noche, Rosita tuvo un sueño muy especial. Soñó que estaba en un campo lleno de flores y que su abuelito la llamaba desde lejos. Corrió hacia él y lo abrazó con fuerza.
“Gracias, mi niña”, le dijo el abuelito. “Tu tanta wawa es el regalo más hermoso que he recibido. Siento tu amor aquí conmigo”.
Al despertar, Rosita se sintió feliz y tranquila. Sabía que su abuelito estaba bien y que siempre la cuidaría desde el cielo. Desde ese día, Rosita continuó preparando la tanta wawa cada año, no solo por tradición, sino también como una forma de expresar su amor y su gratitud hacia sus seres queridos.
Con el paso del tiempo, Rosita creció y se convirtió en una joven sabia y bondadosa. Aprendió que el amor es el sentimiento más importante de la vida y que nunca debemos olvidar a aquellos que nos han amado. Y cada año, al preparar su tanta wawa, recordaba las palabras de su abuela: “El pan no solo alimenta el cuerpo, sino también el corazón”. Y así, la tradición de la tanta wawa se mantuvo viva en el corazón de Rosita y en el pequeño pueblito de los Andes, uniendo a las familias en un dulce recuerdo de aquellos que ya no están, pero que siempre serán amados.
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