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Gratis · elegí una vozEn un rincón polvoriento de la biblioteca municipal, vivía una tortuga llamada Timotea. Timotea no era una tortuga común; le encantaba observar a los niños jugar al ajedrez. Se escondía entre los estantes, espiando los movimientos de las piezas, aprendiendo estrategias en silencio. Soñaba con jugar, pero era terriblemente tímida. Pensaba que nadie querría jugar con una tortuga lenta y miedosa como ella.
Cada tarde, Timotea veía a un niño en particular, un chico llamado Samuel, llegar a la biblioteca. Samuel era un jugador de ajedrez excepcionalmente talentoso, pero últimamente, parecía triste. Se sentaba solo, sin tocar las piezas, con la mirada perdida en el tablero. Timotea sospechaba que Samuel había perdido su pasión por el juego. Le dolía verlo así.
Un día, Timotea escuchó a Samuel suspirar. "Otro día, otra derrota antes de siquiera empezar", murmuró. Timotea sintió un impulso irresistible. Sabía que Samuel necesitaba un amigo, un desafío, algo que lo sacudiera de su tristeza. Pero, ¿cómo una tortuga tímida podría acercarse a un campeón de ajedrez?
Pasaron los días, y Timotea seguía observando a Samuel. Un día, vio que Samuel, frustrado, golpeó suavemente el tablero y se levantó para irse. En ese momento, Timotea sintió que no podía esperar más. "A veces quien más espera es también quien más necesita dar el primer paso. No pierdas otra partida sin mover una pieza", pensó, recordando una frase que había escuchado a un viejo bibliotecario.
Con determinación renovada, Timotea se arrastró fuera de su escondite. Era un viaje largo y peligroso a través de la inmensa biblioteca, con estantes que parecían rascacielos y alfombras que se sentían como desiertos. Finalmente, llegó al tablero de ajedrez. Usando toda su fuerza, empujó una pieza, un pequeño peón blanco, una sola casilla hacia adelante. Luego, exhausta pero orgullosa, se escondió detrás de una torre de libros y esperó.
Samuel, que estaba a punto de salir de la biblioteca, vio el peón movido. Se detuvo en seco. ¿Quién habría hecho eso? Miró a su alrededor, desconcertado. Al principio pensó que era una broma, pero luego vio algo inusual: un pequeño rastro de polvo que conducía a una torre de libros. Se acercó lentamente y allí, escondida, vio a Timotea.
Samuel se quedó boquiabierto. Una tortuga... ¿jugando al ajedrez? Al principio, sintió incredulidad, pero luego, una sonrisa comenzó a formarse en su rostro. Se arrodilló junto al tablero. "Hola", dijo suavemente. "¿Fuiste tú quien movió el peón?"
Timotea asintió tímidamente.
Samuel rió. Era una risa genuina, la primera que Timotea había escuchado de él en semanas. "Bueno, entonces, supongo que tenemos una partida", dijo Samuel. "Pero, ¿cómo vas a mover las piezas?"
Timotea señaló con su cabeza a una pequeña ramita que estaba cerca. Samuel entendió. Con cuidado, colocó la ramita en las mandíbulas de Timotea. La tortuga, con la ramita en la boca, empujó las piezas con sorprendente precisión, aunque a un ritmo lento.
La partida fue diferente a cualquier otra que Samuel hubiera jugado. Timotea era una jugadora paciente y estratégica. No era rápida, pero cada movimiento era cuidadosamente considerado. Samuel, al principio divertido, pronto se encontró completamente absorto en el juego. La lentitud de Timotea lo obligó a pensar con más detenimiento, a planificar con anticipación.
Jugaron durante horas, hasta que la biblioteca cerró. Samuel no ganó, ni Timotea. La partida terminó en un empate, pero para ambos, fue una victoria. Samuel había redescubierto su amor por el ajedrez, y Timotea había superado su timidez y encontrado un amigo.
Desde ese día, Samuel y Timotea jugaron al ajedrez todos los días en la biblioteca. Samuel aprendió a ser más paciente y reflexivo, y Timotea se volvió más confiada. Otros niños se unieron a ellos, atraídos por la inusual pareja y el espíritu amistoso del juego. La biblioteca se llenó de risas y la silenciosa tortuga tímida se convirtió en la jugadora más querida. Timotea entendió que a veces, el mayor paso es el primero, y que incluso la tortuga más lenta puede cambiar el juego.
Una tarde, Samuel le preguntó a Timotea: "¿Por qué esperaste tanto para jugar conmigo?"
Timotea, usando su ramita, escribió en el polvo del tablero: "Tenía miedo. Pero sabía que tú también necesitabas un amigo".
Samuel sonrió. Sabía que Timotea tenía razón. Ambos se habían salvado mutuamente de la soledad y la inacción. Habían aprendido que, a veces, quien más espera es también quien más necesita dar el primer paso. Y nunca más perdieron una partida sin mover una pieza.
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