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Gratis · elegí una vozUna mañana, la tortuga Timotea decidió dar un paseo. Normalmente, Timotea era una tortuga muy valiente, pero hoy, el cielo estaba gris y las nubes parecían gruñir. El camino, que usualmente era alegre y soleado, se veía lúgubre y oscuro. Timotea sintió un escalofrío.
"¡Ay, ay, ay!", suspiró Timotea, mirando alrededor. "Este lugar da mucho miedo. ¡Espero que no aparezca un jumento por ahí! ¡Qué susto me daría!"
Timotea había escuchado historias terribles sobre los jumentos. Algunos decían que tenían dientes afilados como cuchillos, otros que sus orejas eran tan grandes que podían volar, y los más exagerados, afirmaban que comían tortugas para desayunar. ¡Qué horror!
Cada sombra le parecía un jumento escondido. Cada ruido, el galope amenazante de uno de esos animales. Timotea caminaba muy despacio, escondiendo la cabeza en su caparazón cada dos pasos.
De repente, escuchó un ruido fuerte. ¡BUUUUUUUUU! Timotea se escondió completamente en su caparazón, temblando como una hoja. "¡Es un jumento! ¡Me va a comer!", gritó desde adentro.
Esperó un largo rato, pero el ruido no se repetía. Con mucho cuidado, asomó la cabeza. Vio un árbol grande, con ramas gruesas. Una de ellas, movida por el viento, rozaba otra rama, produciendo el sonido que la había asustado. Era solo el viento y las ramas, ¡no un jumento!
Timotea respiró aliviada. "¡Qué tonta soy!", se dijo. "Dejarme asustar por el viento. Pero, ¿y si de verdad aparece un jumento?"
Continuó su camino, aunque ahora un poco más decidida. A lo lejos, vio una figura grande y oscura. Su corazón empezó a latir muy rápido. La figura se movía lentamente. ¡Era un jumento! ¡Definitivamente era un jumento!
Timotea cerró los ojos y se preparó para lo peor. "¡Por favor, jumento, no me comas! Soy una tortuga muy pequeña y no tengo buen sabor", suplicó con voz temblorosa.
La figura se acercó más. Timotea, con los ojos cerrados, sintió que algo grande se detenía frente a ella. Abrió un ojo muy lentamente. ¡Era una vaca! Una vaca grande y marrón, que la miraba con curiosidad.
"¿Muuuu?", dijo la vaca, inclinando la cabeza.
Timotea se sintió muy avergonzada. "Hola, señora vaca", dijo con una sonrisa nerviosa. "Pensé que era un... un jumento".
La vaca soltó una suave risita. "¿Un jumento? ¿Aquí? No, querida. No hay jumentos por aquí. Solo vacas, pájaros y algunas tortugas asustadizas".
Timotea se sonrojó. "Sí, soy un poco asustadiza", admitió. "Es que he escuchado historias..."
"Las historias a veces son exageradas", dijo la vaca con sabiduría. "Lo importante es no dejar que el miedo te impida disfrutar del día".
Timotea pensó en lo que la vaca había dicho. Tenía razón. Se estaba perdiendo de un hermoso día por culpa de sus miedos.
"Gracias, señora vaca", dijo Timotea. "Creo que tiene razón. Voy a tratar de ser más valiente".
La vaca sonrió. "¡Esa es la actitud! Ahora, si me disculpas, voy a seguir comiendo pasto. ¡Que tengas un buen día!"
Timotea asintió y continuó su camino. Ya no tenía tanto miedo. Ahora miraba a su alrededor con curiosidad, observando las flores, escuchando el canto de los pájaros. Se dio cuenta de que el bosque lúgubre ya no se veía tan oscuro. El sol comenzaba a aparecer entre las nubes, iluminando el camino.
Un poco más adelante, vio algo que brillaba en el suelo. Se acercó y vio que era una moneda de oro. "¡Qué suerte!", exclamó Timotea. "Con esta moneda, puedo comprar muchas zanahorias, mi comida favorita".
Justo cuando iba a recoger la moneda, escuchó un ruido detrás de ella. ¡HIP, HIP! Timotea se paralizó. ¿Sería un jumento esta vez? Lentamente, se giró.
Era un conejito, con la nariz temblando. El conejito la miró con ojos brillantes. "¿Has visto mi zanahoria?", preguntó el conejito con voz triste. "La perdí por aquí".
Timotea miró la moneda de oro en el suelo. Luego, miró al conejito. Sonrió. "No he visto tu zanahoria", dijo Timotea, "pero encontré esta moneda de oro. ¿Qué te parece si la usamos para comprarte muchas zanahorias?"
Los ojos del conejito se iluminaron. "¡De verdad? ¡Sería maravilloso!"
Timotea y el conejito fueron juntos al mercado. Con la moneda de oro, compraron una gran bolsa de zanahorias. El conejito estaba muy feliz y Timotea también. Se dio cuenta de que ayudar a los demás la hacía sentir aún más valiente y feliz que encontrar una moneda de oro.
Desde ese día, Timotea ya no tuvo tanto miedo. Aprendió que los miedos a menudo son imaginarios y que la valentía no significa no tener miedo, sino enfrentarlo. Y también aprendió que la amistad y la bondad son mucho más valiosas que cualquier tesoro.
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