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Gratis · elegí una vozLara tenía dos años y un mundo entero por descubrir. Le encantaban los coches rojos que hacían "¡brum, brum!", los aviones que surcaban el cielo dejando estelas blancas, y todos los animales, desde las hormigas diminutas hasta los caballos grandes y fuertes. Pero había algo que a Lara no le gustaba nada, ¡dormir! Prefería mil veces estar despierta, jugando con su mamá y abrazando a Zelda, su perrita dálmata con manchas negras como lunares en un cielo nocturno.
Cada noche, cuando el sol se escondía y la luna asomaba tímidamente, comenzaba la batalla. Mamá decía: "Lara, es hora de dormir". Pero Lara respondía con una sonrisa traviesa: "¡No, mami! ¡Quiero jugar! ¡Con Zelda!". Zelda, con su cola moviéndose sin parar, parecía estar de acuerdo.
Una noche, mientras mamá intentaba leerle un cuento sobre un osito dormilón, Lara miró por la ventana. Vio una estrella fugaz cruzando el cielo. "¡Mira, mami, una estrella!", exclamó. Mamá sonrió. "Sí, cariño. Dicen que si pides un deseo a una estrella fugaz, se cumple".
Lara cerró los ojos con fuerza y pidió un deseo. "Deseo... deseo poder volar en un avión con Zelda y ver dónde van a dormir los aviones".
Apenas terminó de decirlo, sintió un cosquilleo en los pies. Abrió los ojos y... ¡guau! Estaba sentada en la cabina de un avión, con Zelda a su lado, moviendo la cola emocionada. El avión era pequeño y rojo, como uno de sus juguetes favoritos, pero mucho más grande y real.
"¿Dónde estamos, Zelda?", preguntó Lara, un poco asustada pero también muy emocionada.
Zelda ladró suavemente, como si le estuviera respondiendo. De repente, el avión comenzó a moverse. Despegó suavemente, elevándose hacia el cielo estrellado. Lara miró hacia abajo y vio las luces de su ciudad, brillantes como luciérnagas.
"¡Estamos volando!", gritó Lara, riendo de alegría. Zelda ladró de nuevo, como celebrando la aventura.
El avión voló durante un rato, pasando cerca de nubes esponjosas que parecían algodón de azúcar. Lara vio la luna, grande y redonda, y le pareció que les sonreía.
Finalmente, el avión comenzó a descender. A lo lejos, Lara vio un lugar muy especial. Era como un aeropuerto, pero en lugar de aviones despegando y aterrizando, ¡los aviones estaban durmiendo! Había aviones de todos los tamaños y colores, acurrucados juntos como si fueran cachorros.
"¡Mira, Zelda! ¡Los aviones están durmiendo!", dijo Lara, maravillada.
El avión rojo aterrizó suavemente junto a un avión azul grande y brillante. Una puerta se abrió y un piloto con un gorro de dormir salió a recibirlos. Era un piloto muy amable, con una barba blanca y una sonrisa cálida.
"Bienvenidos al Aeropuerto de los Aviones Dormilones", dijo el piloto. "Soy el Capitán Sueño. ¿Vinieron a visitar a nuestros aviones dormilones?".
Lara asintió con entusiasmo. El Capitán Sueño los llevó a recorrer el aeropuerto. Vieron aviones pequeños ronroneando suavemente, aviones grandes roncando fuerte y aviones medianos soñando con volar alto al día siguiente.
"¿Por qué duermen los aviones, Capitán Sueño?", preguntó Lara.
"Los aviones duermen para recargar sus baterías y soñar con nuevas aventuras", respondió el Capitán Sueño. "Cuando duermen, se preparan para volar seguros y llevar a la gente a lugares lejanos".
Lara entendió. Incluso los aviones necesitaban descansar. Entonces, miró a Zelda, que estaba bostezando. Ella también estaba cansada.
"Capitán Sueño", dijo Lara. "Creo que Zelda y yo también necesitamos dormir".
El Capitán Sueño sonrió. "Por supuesto, pequeña Lara. Tengo un lugar muy especial para ustedes".
Los llevó a una pequeña habitación acogedora, con una cama suave y una almohada grande. Había una ventana que daba al Aeropuerto de los Aviones Dormilones, para que Lara pudiera ver a los aviones durmiendo.
Lara se acurrucó en la cama con Zelda a su lado. Miró por la ventana y vio los aviones, tranquilos y en paz. Pensó en el Capitán Sueño, en el avión rojo y en la estrella fugaz. Se sintió segura y feliz.
Cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, no luchó contra el sueño. Se durmió profundamente, soñando con aviones que volaban entre las nubes y perritos dálmatas que movían la cola.
A la mañana siguiente, Lara se despertó en su propia cama. Zelda estaba acurrucada a sus pies. Miró por la ventana y vio el sol brillando. ¿Había sido todo un sueño? No lo sabía. Pero sí sabía que ahora entendía por qué era importante dormir.
Desde esa noche, Lara ya no luchó contra el sueño. Sabía que dormir era como volar en un avión mágico, llevándola a un mundo de sueños y aventuras. Y siempre se acordaba del Aeropuerto de los Aviones Dormilones, donde incluso los aviones más grandes y fuertes necesitaban descansar.
Cada noche, antes de dormir, Lara abrazaba a Zelda y miraba por la ventana. Y a veces, muy de vez en cuando, creía ver una estrella fugaz cruzando el cielo, guiñándole un ojo.
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